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¿Y YO POR QUÉ DEMONIOS TENGO QUE IR AL INSTITUTO?

Vivimos días de efervescencia educativa (1). Una propuesta de nueva ley maltrata de manera burda la escuela catalana, vuelve a proponer la escuela de hace décadas, facilita que ricos y pobres no tengan que ir a la misma, acepta que chicos y chicas no deban compartir el aula, arrincona el pensamiento científico sustituyéndolo por los catecismos, etc. etc. Como mi tema son los adolescentes, sólo me referiré parcialmente a dos manías eternas, especialmente relacionadas con los chicos y chicas de la secundaria, que aparecen cada vez que se hace una “nueva” (en realidad cada vez más antigua) ley de educación: la modificación del currículum y la separación de los estudiantes buenos y malos lo más bien posible.

Resulta casi obsesiva la discusión sobre donde colocar los Reyes Católicos o a Wilfredo el Peludo, si hemos de hablar de la literatura pasada o la del presente, de los teoremas imprescindibles, de la gramática inevitable. Insisten en reducir el fracaso y se apresuran a consolidarlo enviando a los alumnos que ponen en crisis el sistema a vías muertas que no conducen a otro destino que a la explotación laboral acelerada.

Mientras tanto, los chicos y chicas adolescentes van a lo suyo. Soportan la escuela con grados de acomodación diversa y salen de ella con actitudes muy críticas sobre el lugar que el aprender más y el saber más tiene que ocupar en su vida. No parece que las leyes que van inventando piensen en cómo son los adolescentes que están en las aulas. Dan por supuesto que aquello que decretan será asumido, será posible enseñarlo, pasará a formar parte de su vida.

Empiezan para considerar como verdad inamovible que tienen que ir a la escuela y que no hay que tener razones para estudiar. Pero, nada mes lejos de la realidad. Hace tiempo que el primer reto educativo para seguir escolarizando positivamente a un adolescente de 15 años, enamorado o agobiado, para que haga algo en la escuela un lunes a las 8 de la mañana, es poder contestar a la pregunta de “¿y yo por qué tengo que venir al instituto?“. Hace tiempo que las viejas respuestas no sirven y no vale la pena repetir aquello de es tu obligación, ni estudiar sirve para tener un buen trabajo, etc.

Sin embargo, la pregunta no puede obviarse y tendremos que encontrar respuestas pertinentes a sus preguntas impertinentes, interrogarnos sobre la validez de algunas de nuestras pretensiones educativas. Las respuestas tienen que ser coherentes y siempre suponen ofrecer una escuela diferente de la que pretenden las sucesivas leyes y, de nuevo, la nueva. El eterno debate del currículum tiene que empezar para asumir una flexibilidad y diversidad que permita poner juntos el saber, los adolescentes y el conocimiento del mundo que los rodea, que permita educar y aprender, que no pretenda seguir instruyendo para olvidar.

Nuevas y viejas razones

¿Razones para ir al cole? Probemos a hacer una lista. Antes, habrá que asumir como positivo que van a la escuela a estar y a relacionarse, que se encuentran bastante a gusto y valoran la compañía, que eso es bueno para unos y otros. Después, empecemos a descubrir juntos otros motivos, otras razones, teniendo en cuenta que todos y todas tendrán que encontrar más de una razón y que tendrá que mantenerse o substituirse antes de que nos abandonen o los echemos.

Imaginémonos que tenemos ante nosotros la cara adolescente que interroga y ensayemos a decir, convencidos, algunas nuevas razones. Por ejemplo, estas:

1. Puede ser muy aburrido hacer lo contrario. ¿Si no vas el instituto que harás cada día?
2. Tu vida está llena de dudas y tendría que estar llena de curiosidades e interrogantes
3. Encontrar respuesta produce placer. Sabes que no “mola” ser ignorante
4. Si quieres aclararte, a lo mejor vale la vena que ver como se lo montan los otros. Puedes aprender con otros y ayudar a otros a aprender
5. Es posible que quieras ser cómo dicen las revistas o actuar como te proponen los que mandan, pero quizás prefieras aprender a pensar
6. Más allá de la escuela hay vida pero una parte de la vida también está en la escuela. Quién sabe, a lo mejor puedes convencer a algún profesor para que entre la vida y estudiarla
7. Si quieres que te escuchen y te entiendan, tendrás que saber escribir mejor, también al WhatsApps y a una web, para enamorar, para buscar trabajo, para ser reconocido. Necesitas saber hablar, ordenar las ideas y saber expresarlas
8. Antes que tú nacieras han pasado cosas en el mundo, otras personas antes y ahora han investigado, actuado, escrito y tienen otros puntos de vista interesantes, otras experiencias, que hay que conocer
9. Si cuando se acabe la escuela sabes más es posible que te exploten menos.
10. Si sabes más tendrás interés en saber todavía más. Cómo que vives y vivirás en una sociedad cambiante podrás encontrarte mejor en ella si puedes seguir aprendiendo
11. No todos, pero una parte del profesorado es gente sabia, que pueden ayudarte a descubrir, a saber si aquello que dice la wikipedia se cierto. Con ellos podrás aprender metáforas, descubrir por qué contamina un coche, comprender porque los seres humanos se han matado a lo largo de la historia. Quizás, encontrarás profes dispuestos a escucharte, accesibles para ocuparse de tus preocupaciones
12. Ir al instituto también sirve para que te den un título que algún día necesitarás para seguir estudiando sin que otros te arrinconen
13. Una última y poderosa razón. Sirve para que tu padre y tu madre estén tranquilos sabiendo que no estás en la calle o a la cama y así te dejen en paz algún rato.

La lista puede y debe ser más larga. Pensemos con honestidad las nuevas razones. Olvidemos el discurso oficial de ministros y consejeros. Evitemos al menos que, al acabar la ESO, nadie de los que abandonaron o siguieron pueda decirnos: no me interesaba nada de lo que me enseñaban.

(1) Este texto es en gran medida la traducción de dos escritos publicados en catalán en el periódico ARA. Ver versión original, aqui.

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