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QUE DIÓ, SUS VENDIGA ¡

QUE DIÓ, SUS VENDIGA

Hace pocos días, oía de boca de mi compañero y hermano @lucce, que seguramente una de sus frustraciones profesionales se podían deber al hecho de no haber compartido el apasionado y en ocasiones nebuloso, mundo de la psicología. Viniendo de un educador, me parecería un verdadero atropello a la esencia pedagógica de nuestro ser profesional, más tangible y cotidiano si me lo permiten. Pero viniendo de un hermano, su representatividad baja de intensidad hasta el grado de anecdotario.

A mí por contra, me pica la antropología desde tiempos inmemoriales. Cuando osaba a cazar zapaburus con un arma asesina de destrucción anfibia (amén de mis amig@s burgaleses) hecha a base pinzas, gomas y palos de chupa-chups. Hasta que de adulto leí a Claude Lévi-Strauss y acabe de enamorarme del todo: la sociedad en toda su extensión, analizada bajo la lupa de un biólogo pero con la cercanía de un tendero de golosinas de barrio.

Miro, rebusco, analizo y en ocasiones, mal que me pese, profetizo. Social Animal, que dirían los modernos. Vouyeaur pusilánime, para la gran mayoría.

Paseando de esta última forma por mi ciudad de origen, nos topamos con un joven, reciente ciudadano del Hogar. Su mirada algo esquiva, sin ser de desprecio, me transmite ciertos miedos o reticencias a la relación pasada. Lo llamo, efecto institucionalización: el hecho de sufrir una situación de desarraigo familiar e ingresar en un centro de acogida (sea de la tipología que sea), suele crear un mecanismo de autodefensa personal, de reticencia, desconfianza previa si me apuran. Con el tiempo, se suele mitigar o por el contrario se acentúa de manera exponencial.

Aquí sin embargo, pese a los dolores de cabeza que nos dispensaba con su idiosincrasia calé, le recordamos con agrado y cariño. Horas eternas encadenado a un celular que le transportaba puertas afuera de la que pudiese considerar su cárcel. Conversaciones triviales pero llenas de vida y oxigeno, para un muchacho desacostumbrado a la responsabilidad, el compromiso o la compartición de tareas. A menudo, le vislumbramos paseando por los pasillos con un delantal, unos guantes de latex y el teléfono salvavidas en la mano, clamando aquel estatus de chacha del hogar. Era un chico, que nunca mejor dicho, nunca había fregado un plato, porque previamente los había roto todos.

Su pecado evangelista, era no acudir al centro escolar y desatender cotidianamente las consideraciones familiares. Una familia, como tantas otras, con una madre coraje a la que no le llegaban más sus habilidades, rodeada de cierta soledad a pesar de la multitud de miembros que la componen. Padre ausente y no por su físico (más de dos metros de altura), sino por dejación.

Un joven con unas necesidades claras y evidentes, alejadas a las emocionales y cercanas a las normativas. Al que no le fue difícil relacionarse y vincular con los “profesores”, dado su notorio don de lenguas y verborrea. Los pocos llantos que emitía, fueron producto de cierta ansiedad y miedo, a una soledad residencial fuera de su círculo etnográfico y a un estrangulamiento del mundo pre-adolescente que se había creado a su libre albedrio. De ahí que abriese las ventanas de su habitación de par en par y poder respirar así algo de aire limpio, no instructivo, queriendo recuperar su identidad robada.

Más delgado, igual de coqueto que entonces y a la moda como gustan los jóvenes, me aprieta la mano y sonríe tímidamente mientras le ataco con frases conciliadoras y chistes eufemísticos. Todavía no estás preparado para ser el padrino de tu último sobrino, ya que antes has de hacerte un hombre– le digo.

Mientras su hermana y su padre (ya presente en cuerpo y creo que también en alma) se ríen, el cabeza de familia me responde que desde entonces no sale de su lado. Que el joven ha encontrado en él, a alguien a quien quizás desconocía y por momentos, parece haberlo recuperado. Un padre: tan obvio y tan difícil, sin embargo.

Nos despedimos finalmente con un nuevo apretón de manos y un mensaje socio-educativo y religioso, que augura nuevos encuentros y buenas recetas para futuros acompañamientos: ¡ Que Dió sus vendiga, profesó ¡