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El negociador E.S.

Cuentan que en el barrio del Cubo habitaba un hombre llamado Luís Pedragosa que hacía un par de años que se había prejubilado, hastiado por una vida automatizada en la línea de montaje.

Sólo su implicación en el sindicato le motivó en los últimos años de su práctica refleja como el respirar. Cuando cumplió los 51, en plena crisis estructural del sector, armado de impotencia se apunto al sindicato aún a riesgo de que lo marcasen como oveja negra.

Hasta entonces, Luís había pasado como un robot más entre las máquinas, reproduciendo movimientos mecánicos, incontables hasta para un obsesivo de la cuantificación. Cuando comenzó a trabajar en la fábrica recomendado por un amigo de su padre, no tenía muy claro qué quería hacer con su vida, cayó allí casi por casualidad, como una gota de lluvia en la rendija de una alcantarilla. No se imaginaba entonces que consumiría gran parte de su crédito de tiempo en ese lúgubre pabellón.

Primero le instruyeron en cómo debía apretar una tuerca tras otra en el tiempo preciso y dando las vueltas justas, ni 13, ni 15, 14 vueltas exactas. Al principio, Luís solía soñar con que daba 15 vueltas a la dichosa tuerca y que la pieza salía por los aires hiriendo a un compañero que pasaba por ahí.

La inseguridad del inicio pronto cesó y aprendió a ejecutar su cometido de forma precisa, recibiendo por ello escuetos halagos de su encargado de línea. De las tuercas pasó al embalaje y del embalaje al ensamblaje y del ensamblaje a otra tarea tan automática como las anteriores.

Después de las 8 horas de lunes a viernes, Luís tenía una sensación extraña como de levitar… era como cuando una ola enorme te engulle y ya sólo puedes dejarte llevar desconectado hasta de ti mismo, sin saber cuándo empezó y cuándo terminará. Rodeado de las máquinas de la fábrica, Luís se preguntaba si no sería él una más de sus compañeras metálicas.
Y así pasaron 35 años de movimientos mecánicos que compusieron una monótona y repetitiva banda sonora.

Pero aquel día, mientras desplegaba las cajas de cartón montándolas una tras de otra, una tras de otra, su compañero Carlos apareció frente a él con cara de circunstancias. Carlos era de los pocos con los que Luís había entablado una relación paralela a la de la fábrica en torno a una cerveza fría y a unos cacahuetes salados. No tuvo que preguntar para saber qué le habían echado. Se venía rumoreando hacía varios meses que debido a la crisis los pedidos no hacían más que disminuir…pero Carlos llevaba cinco años más que él trabajando en la fábrica, ¡dónde iría a buscar trabajo con 56!
En aquel momento, algo se quebró en su interior como la rama que soporta un peso largo tiempo y que parece que nunca va a romperse, pero al momento siguiente, sin previo aviso, un golpe de viento precipita lo inevitable.

Al día siguiente Luís acudió 5 minutos antes de la hora de entrada y espero a que Jaime se dispusiera a introducir su tarjeta para fichar, se cuadro delante de él y le soltó un escueto; – Me apunto al sindicato. Jaime reconoció años después que su sorpresa fue mayúscula ya que siempre había pensado que Luís era de esas personas sumisas que se limitan a cumplir con lo que se espera de ellas sin aspirar a levantar la vista en busca de otras posibilidades.
Finalmente había un corazón batiente dentro de ese armazón metálico. Como una fiera agazapada, después de un periodo de observación del funcionamiento del sindicato, pronto mostró sus dotes para la oratoria, en concreto para la negociación.

Ese año despidieron a 12 compañeros sin que hubiese movimientos importantes en la plantilla. Pero al año siguiente, lejos de amainar la tempestad, anunciaron a bombo y platillo “silenciosos” un expediente de regulación de empleo. Fue entonces cuando Luís pidió a Jaime formar parte de la negociación.

Al principio, Jaime no estaba convencido, pero viendo la determinación de Luís no pudo por más que dejarle paso.
Pronto mostró sus dotes, Jaime aún cuenta con emoción cuando dejó sin argumentos a los patronos después de desplegar unos papeles con datos de facturación de la empresa del ejercicio anterior. Argumentos, le decía Luís, hay que darles argumentos que desmonten sus mentiras, hay que buscar por qué es necesario el trabajo de José, los brazos de Julia, por qué sería un desastre que echaran a Marcos, por qué podemos competir con otros países en calidad y en ideas novedosas…mostrarles el camino que no están viendo…¿no crees Jaime? Hay que pensar el camino antes de que ellos lo construyan por ti pero sin ti…

Pero, por un momento dejemos la historia de Luís y volvamos al mundo en él que habita el autor de estas letras…

Como hará unos meses leí en un artículo de Jaume Funes, debemos tener cuidado con convertirnos en “proveedores de argumentos para la resignación” , es decir, en profesionales del control.

En la época actual de crisis, se vuelve aún más prioritario analizar qué encargos nos hacen las instituciones como Educadores Sociales y de estos encargos, cuáles responden a las funciones de la Educación Social y cuáles no.

Es conveniente que como profesionales tengamos una intencionalidad, una posición y que analicemos los encargos y que negociemos con las instituciones cuál es nuestra labor.

En unas jornadas a las que acudí recientemente, Jaume Funes decía a este respecto que como profesionales debemos “vivir en un control tolerable”.

La cuestión es que haya una reflexión anterior, y a tal efecto, que cada educadora y cada educador social tenga claras las funciones y los objetivos en el ámbito en el que trabaja y que los Colegios Profesionales y la Universidad caminen a una para apuntalar este corpus teórico y dotarnos así de “razones educativas” ante los empleadores.

Todos juntos debemos “acompañar” también a esos estudiantes recién salidos de la facultad al igual que hacemos con las personas con las que trabajamos.

Empecemos por educar siendo con y junto a los estudiantes más allá de lo políticamente correcto. Creo recordar que se educa más por lo que se es, que por lo que se dice.

En definitiva, es necesario que los Educadores Sociales ganen en “Razones” para poder negociar desde una posición de mayor poder con el objetivo último de servir a las personas.

Tengo la convicción de que a Luís no le faltaba razón:

“hay que pensar el camino antes de que ellos lo construyan por ti pero sin ti…”

Dedicado a todos los educadores y las educadoras sociales que están en el paro.