Crónica de un delincuente anunciado

Cúbito fisurado

Ya te lo dije Jack, este chaval era carne de cañón, se le veía venir de lejos.

Recuerdas con 12 años, cuando fue detenido por los municipales tras abrir un Seat Ibiza con un cordón de zapato y darse a la fuga por medio del barrio de Santa Justa, dando volantazos a diestro y siniestro.

En la fuga, acuérdate de que chocó con varios coches a los que dejó sendos arañazos y abolladuras.

Todo el barrio estaba asombrado, asustado. No conocían aún a Jimmy, ese pequeño ser latiente y avispado, pelirrojo de nacimiento, de mirada profunda y gesto determinado.

Cuando caminaba, siempre a cámara rápida por cierto, las fibras que forraban tirantes sus delgados huesos, se agitaban en un movimiento eléctrico cuál resecas cuerdas a punto de romperse.

Al girar bruscamente a la derecha por la estrecha calle de San Paolo, las ruedas del Ibiza derramaron en un chirrido prolongado sus lágrimas de caucho sólo un momento antes de empotrarse de costado contra una farola, que se encajó en la puerta de detrás de Jimmy a dos palmos de su espalda. El estruendo fue profundo, seco…
Los municipales frenaron a fondo, salieron del coche patrulla y aún aturdido, lo metieron esposado en la parte trasera del Peugeot 307.

No fue la última vez que se sentó en el blando y pegajoso asiento trasero de una patrulla. En el cuello asomaba un morado que ya no le dolía como hacía un rato.

Jimmy vivía en el barrio de la Polvorosa en un piso de 73 m2 con sus padres y su hermano pequeño.
Sus padres eran alcohólicos desde antes de nacer él. De hecho, durante el embarazo la madre nunca dejó de beber. Pero Jimmy aún así, salió adelante, siempre con un peso y medida menor de la que le correspondía para su edad, eso sí.

Desde que tuvo memoria, le pegaron, primero el padre por que no le hacía caso, después la madre porque hacía caso al padre.

Primero le dolían mucho los moratones y rozadoras en la piel. Después dejaron de dolerle, al menos las heridas externas…

A menudo, los vecinos oían los gritos del pequeño Jim que gritaba a los cuatro vientos con desgarradora voz vestida de impotencia.

Por aquél entonces, ya hacía varios años que la familia Deep River visitaba los Servicios Sociales del barrio de la Polvorosa.
El año anterior, una Trabajadora Social visitó la casa y después de un concienzudo informe, se desestimó el separar al pequeño Jim de su familia.
Era cierto que se adjuntaban varios informes de ingresos de ambos progenitores por intoxicaciones etílicas y que había diversos partes de lesiones de Jim; moratones, nariz rota y fisura en el cúbito como resultado de parar la silla de madera que su padre dirigía contra él.

“Se valora como prioritaria la permanencia del menor en el núcleo familiar, recomendándose la continuación de la intervención familiar por parte de los Servicios Sociales de la zona en la que residen y la asistencia del menor a un recurso para su valoración psiquiátrica”.
(Así rezaba categórico el informe)

Ya te lo dije Jack, por aquél entonces quizá hubieran estado a tiempo de salvar al pequeño Jim. Y la cuestión es, que permaneció en aquella lúgubre vivienda del barrio de la Polvorosa tal y como recomendaba el fundamentado y razonado informe.

Jack me miró con gesto torcido y sentenció…
Alex, ahora empiezo a entender como a acabado todo, estaba escrito.

(Próxima entrega en Diciembre del 2013)