Ese día ventoso de noviembre le conocí.

No sé si estaba escrito Jack, lo que si es cierto es que tengo la sensación de que, en este caso al menos, los diferentes profesionales que intervinimos no dimos en el clavo, no supimos abordar el caso de una manera conjunta y menos aún de una manera efectiva.

Me acuerdo de que hablando un día con Taylor, el Educador Social que estaba al frente del centro joven de ocio y tiempo libre, me comentaba los tiras y aflojas del día a día con la juventud del barrio de la Polvorosa. Entre semana, el ambiente era más tranquilo, no era común que hubiera más de 15 jóvenes en el local poblando los distintos rincones equipados con ping-pong, futbolín, juegos de mesa, consola de videojuegos y media docena de ordenadores. Sin embargo, el fin de semana la cosa cambiaba, no sólo porque el número de jóvenes aumentaba considerablemente, no bajando de los 30 en cualquier momento de la tarde, sino porque los mismos que se mostraban dóciles y colaboradores entre semana parecían quitarse la máscara de ángeles, dejando al descubierto la parte revoltosa, y en algunos casos, incluso maquiavélica.

Hacía pocos días, mientras Taylor y su compañera Alice apagaban cual grandes mediadores, la discusión entre dos jugadores de ping-pong, se oyó un gran estruendo fruto de la estampida de un grupo de jóvenes procedentes de la sala en la que estaba la videoconsola. Alice y Taylor salieron disparados en busca del origen del estruendo y se encontraron ante los sofás descolocados y vacíos de la sala. Frente a ellos, la televisión y la consola con la bandeja de los discos abierta. El videojuego había desaparecido, se lo habían llevado.

En la sala momentos antes, había un grupo de cinco jóvenes entre los que estaba Jimmy. Por aquel entonces el pequeño Jim contaba con 10 años. Taylor me decía que era un chaval educado, muy amable con los adultos, pero que era muy nervioso y que si se metían con él, era fácil que saltara de improviso y que reaccionara de forma violenta. En aquella época, me decía, sólo era de manera aislada, en general se comportaba muy bien y tenía un buen vínculo con las Educadoras y los Educadores Sociales.

Ahora bien, había dos cosas que ya preocupaban a Taylor. Por un lado, la falta de higiene de Jim. Es cierto que solía ir hecho un pincel, y con el pelo repeinado hacia atrás, pero eso sí, grasoso y falto de un buen champú. Por otro lado, había empezado a andar con un grupo del barrio al que como me decía Taylor “se le veía venir”. Ya para los 12 años que contaban (eran mayores que Jimmy) se habían visto envueltos en algunos pequeños robos en tiendas del barrio y tenían desatendidos a sus pupitres en la escuela.

Cuando Jim empezó a acudir al local con 8 años, venía con varios vecinos suyos que eran chavales, en apariencia al menos, “normalizados” o al menos no eran dados a la búsqueda de problemas. Taylor cogió por banda a Jim una tarde de martes y le pregunto la razón de por qué había cambiado de amigos. Jimmy se encogió de hombros y de carrerilla, casi sin respirar, como quién dice la tabla del tres, soltó lo que sigue… “Estos si han demostrado ser mis amigos cuando tengo problemas me defienden y no me dejan tirado“. Acto seguido, se levantó y se fue corriendo cual presa que teme el próximo zarpazo de la rapaz perseguidora.

Días después de esta conversación, les expulsaron a los cinco por una semana tras detectar un fuerte olor a marihuana en los baños. Ellos eran los últimos en haber estado en ellos, pero ninguno admitió la culpa.

Bueno Alex, ¿y cuándo conociste tú a Jimmy?

Por aquel entonces, yo empecé a trabajar en el instituto de San Francis llevando las actividades extraescolares. Y a este centro, acuden los jóvenes del barrio de la Polvorosa.

No fue hasta bien entrado el curso que conocí a Jim. Recuerdo aquel día con una nitidez cristalina, era miércoles, estaba activada la alerta naranja por viento de componente sur, los árboles se agitaban en violentos espasmos, costaba caminar erguido, y el aire se te metía hasta los tímpanos.

La noche anterior, una fuerte ráfaga de viento se llevo de cuajo el tejado del polideportivo. Al día siguiente el viento se resistía a abandonar el papel protagonista y en la radio local no paraban de relatar sucesos relacionados con su fuerza inusual.

Ese día ventoso de noviembre le conocí.

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