¿Marrón u oportunidad?

Miedo profesional

Tras la ventana, un sauce llorón se agitaba desprendiéndose de su carga de lágrimas verdes. El viento silbaba y a ratos agitaba la persiana recogida dentro de su caja.

Jimmy mantenía la cabeza inclinada hacia abajo mirándome de reojo cuando me dirigía a él.

Comencé presentándome como Educador Social, explicando que llevaba las actividades extraescolares del instituto y que mi objetivo en el mismo era ayudar, “echar un cable” a los jóvenes que estudiaban en el Instituto San Francis.
La verdad es que por aquel entonces me resultaba muy complicado explicar en que consistía mi trabajo. Me sentía inseguro como el comercial que tiene que vender un producto del que no acaba de entender su razón de ser.

Por un momento, el pequeño Jim respiro hondo y relajo los hombros, pero sólo un instante. Su mirada siguió perdida en algún lugar del barniz desgastado de la mesa.

– ¿Me conocías Jim?
– Si, te había visto por ahí…
– y ¿qué te parece mí trabajo?
– Bien.
-¿Sabes por qué estas aquí?
(Jimmy se encogió de hombros)
– El orientador del instituto, Mike, está preocupado por ti.
(Jim torció el gesto, incrédulo)
– Varios profesores se han quejado a la directora de tu comportamiento en clase, e incluso hay sospechas de que consumes marihuana.
– ¡Los profesores me tienen manía! ¡Hay otros que se portan peor y no les dicen nada!

¡Por fin me miraba! Tenía la cara tensa de enfado y los ojos le brillaban rebosantes de vida.

– Yo no he venido aquí a juzgarte Jim, yo he venido aquí para ofrecerte mi ayuda. Sabes que si estas conmigo, el ambiente se relajará y podrás estar más tranquilo.
(Volvió a bajar la mirada hacía el barniz desgastado con el gesto torcido)
– Como sabrás, llevo varias actividades de extraescolares y podrías apuntarte, a mí me gustaría y las cosas se tranquilizarían.
– No quiero.
-Bueno, ¿pero sabes que actividades hay?
-No.
– Tenemos un grupo de teatro, un grupo de manualidades y otro de apoyo escolar.
(Por un momento alzó la mirada mirándome como las vacas al tren)
– Yo passso…
– Piénsalo Jim, por probar no pierdes nada, la gente está muy contenta en los grupos.
-¿Me puedo ir ya?
-…Claro, piénsatelo Jim y cualquier cosa, cuenta conmigo si necesitas algo, estoy aquí para ayudarte.
-…si, gracias Alex

Como empujado por el viento que silbaba dentro de la caja de la persiana, salió escopetado del despacho. Mi cara, un poema.

El sauce llorón soltó una remesa de lágrimas. No se puede decir que la entrevista hubiera sido un éxito.
Eso le transmití a Mike cuando me citó para hablar sobre el encuentro con Jimmy.

El viento cesó y la inercia de la intensa actividad del instituto me impulso hacia delante. Seguí en mi lugar como una ficha de puzzle, pero después de más de dos semanas tras la entrevista…Sonó el teléfono.

-Alex, soy Mike.
-¡Es urgente! ¿puedes venir a mi despacho?
– Si, pero ¿de qué se trata?
– Ven y te lo cuento en persona (colgó sin esperar respuesta)

Mi corazón aceleró su marcha de manera inconsciente y apreté el paso hacía el tercer piso como quién busca una prenda el primer día de rebajas con miedo a que se la quiten.
Abrí la puerta, Mike me esperaba de pie con gesto de preocupación.

– Siéntate Alex.
– Cuéntame Mike.
– Es Jim.
– Bueno ¿qué ha pasado?
– ¡Esto no se puede quedar así!
– Pero ¿qué ha pasado?
– Ayer a las ocho de la tarde el conserje encontró a Jim saliendo de la secretaría con un ordenador portátil, no pudo cogerle, pero hoy hemos hablado con su padre que dice que vendrá al mediodía.
– ¡vaya! (no se me ocurrió nada más ingenioso que decir, estaba pasmado)
– Tenemos que hacer algo, la directora quería denunciarle pero he conseguido apaciguarle y le he convencido que como primera opción sería mejor algún tipo de medida educativa.
– Si desde luego.
– Había pensado en ti.
-… eh…bien (¡tierra trágame!)

Empezó a descender húmeda y fría una gota de sudor por la espalda, ¡vaya marrón! , Aunque bien pensado, era una oportunidad y en cierta medida me halagaba que Mike hubiera pensado en mí. Pero… no sabía si sería capaz de ayudar a Jim. Por un momento empecé a hiperventilarme como consecuencia del agobió que brotaba en mí.

– Bueno y ¿Qué se supone que voy a hacer yo?
– Había pensado en que Jim acudiese a una de esas actividades de extraescolares que llevas.
-…eh…pero Jim no quiere ir… (Mike me interrumpió)
– Ahora no le va a quedar más remedio si no quiere verse en problemas más graves.
– Pero, que vaya de manera obligada…no se…
– Seguro que luego le coge el gusto. Seguro que puedes con ello Alex, no puedes decir que no. Jim está en tus manos.

Para entonces, las gotas de sudor habían organizado una carrera en mi espalda y yo agitaba mi pierna derecha compulsivamente bajo la lustrada mesa.

– Haré lo que pueda. Y ¿en qué grupo le meto?
– Confío en tu criterio. Una vez que hable con el padre de Jim te llamaré para informarte. Ahora si me disculpas, tengo que preparar la reunión.
– …cla…claro, hasta luego entonces…

Volví sobre mis pasos arrastrando mi ser, abatido, impresionado, superado por la situación.
No había sido capaz de reaccionar, no me lo esperaba de ningún modo.

¿Cómo iba yo a poder ayudar a Jim? Si además él no tenía ningún interés en los grupos. Si venía obligado, ¿cómo le iba a motivar?

¡Qué agobio tenía encima! me sentía desencajado, tenía ganas de huir de ahí. Quería borrar los últimos 10 minutos de mi vida arrastrándolos al abismo del olvido, ¿no iba a ser capaz de afrontarlo?
Un nudo se iba apoderando de mí estómago haciéndose más y más fuerte alimentado por mis miedos.

El padre de Jimmy no acudió ese día, pero el miércoles de la semana siguiente el teléfono volvió a sonar vibrando sobre la desgastada madera de la mesa.

Descolgué el teléfono.