Jimmy

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Decidimos hacer una obra de teatro sobre las guerras y en concreto sobre la “sinrazón” de las mismas.
El estreno sería la segunda semana de febrero dentro de la semana de la cultura que se organizaba todos los años en el instituto.

Yo estaba emocionado con la idea de representar la obra. He de decir que en cuanto me ponía a pensar sobre mi nula experiencia en la dirección, el miedo se apoderaba de mí. Pero aún existiendo esa lucha en mi interior, la motivación iba creciendo a medida que avanzaba el proceso creativo.

No en vano, aproveché el grupo de manualidades para diseñar un mural junto a ellos y ellas y también colaboraron en la confección del vestuario a base de materiales “nobles” como el cartón, las bolsas de basura y la cartulina.

El grupo de teatro me sirvió para reflexionar sobre la violencia, sobre el conflicto y sobre las soluciones alternativas.

Pensando con el grupo de manualidades sobre el tema del mural, Damian, un niño pelirrojo que tenía familia en Gernika, nos propuso como tema el cuadro de Picasso que precisamente se titulaba así (Gernika) en referencia a aquel fatídico bombardeo.
No hubo discusión alguna y todo el mundo estuvo de acuerdo. Nada más salir, en cuanto llegué a casa, imprimí varios modelos del cuadro completo y de partes concretas para que nos sirvieran de modelo.

El 11 de Febrero, el tema central de la Lista de Schindler se colaba entre las butacas pobladas de alumnado en plena algarabía, el salón totalmente a oscuras, sólo se escuchaba el rozar de telas tras el telón que subía ágil impulsado por el juego de poleas.
En el escenario, una luz cenital, un único actor, que lentamente alzó el rostro…
Entonces me di cuenta de que ese actor no era Jim, algo había fallado, la historia estaba escrita para Jimmy, todo giraba en torno a su personaje… ¡ Qué desastre! ¿cómo podía ser?
Tenía que ser él, no podía ser otro, yo había pensado la historia para él, era su historia, tenía que ser así, no era posible otro guión, no podía encajarlo, ¿Quién era ese impostor? estuve a punto de subir al escenario y ante todo el auditorio gritar con todas mis fuerzas – ¡IMPOSTOR! ¿no os dais cuenta que no es él?

Jim hacía de dictador con poblado bigote negro y traje verde militar intachable.
El tema era que el país en cuestión era muy rico en petróleo y que otro país justifica la declaración de la guerra en represalia por un atentado dirigido a su consulado.
Cuando la guerra es inminente, un periodista llamado Frei, que llevaba trabajando como corresponsal en el país desde hacía 14 años, descubre gracias a sus contactos que el atentado ha sido organizado por el propio país supuestamente atacado para justificar la guerra, derrocar al dictador y poner un dirigente que les abra el camino para la explotación del crudo.
Entonces, Frei lo destapa todo y lo difunde por los medios. Queda demostrado que el presidente estaba enterado y no le queda más remedio que dimitir. La guerra no se produce, además el dictador muere fruto de un infarto y su hijo, un joven de 19 años, renuncia al poder. La obra termina con una gran cola de personas esperando votar en las primeras elecciones democráticas del país.

Recuerdo especialmente una de las pocas sesiones a las que acudió Jim. Ese día estuvimos hablando sobre el conflicto.
Primero vimos un corto sobre violencia escolar ganador de un concurso de cortometrajes a nivel estatal.
En el corto, dos jóvenes que estaban dentro de una discoteca se enfadaban porque uno le había mirado mal al otro y salían fuera para “arreglarlo” a puños.
Al principio, los dos empezaban a intercambiar golpes, pero al de poco tiempo tres amigos de uno de los chicos se metían en la pelea y entre todos lo tiraban al suelo y lo pateaban.
El corto terminaba con la imagen de una ambulancia alejándose a toda velocidad.

Mientras entre todos intentábamos buscar soluciones para evitar lo ocurrido y buscar alternativas a la opción violenta, alguien alzo la voz. -Esa es la única solución en el mundo real (En principio no le reconocí, no en vano era la primera vez que pronunciaba palabra alguna desde que llegara) Jimmy, siguió diciendo que había que defenderse, que si le había mirado mal se lo merecía y que si no se defendía no habría respeto, sería un “padín” según sus propias palabras, “es lo que hay” sentenció.

Todavía hoy veo a veces a Jimmy en medio del escenario agitando su mano de arriba a abajo mientras espeta sonoros insultos ante el respetable.
Jim no estuvo en ese escenario, al menos no físicamente…
Jimmy estaba luchando en su propia guerra, una guerra en la que el dolor era dolor de carne y hueso y en la que las lágrimas de la impotencia estaban esperando a explotar como bombas de racimo.

Años después, nuestros caminos se volvieron a cruzar. Pero esta vez, nos sentamos en el parque de la Florida sin intermediarios y voluntariamente.
Al momento, firmamos la paz con una sonrisa y comenzamos a escribir una nueva obra. En esta ocasión, dejé que fuese Jim quien decidiera el argumento y yo le hice varias propuestas que desembocaban en distintos finales.
Estuvimos dialogando más de dos horas, hasta que la luz de las farolas sustituyó en la escena al astro sol.

– Bueno Jim, me tengo que ir.
-Vale, y…¿y cuando quedamos?