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A pesar de nuestra bisoñez académica y profesional, la educación social ha podido participar y aprehender de distintas disciplinas, numerosa terminología y corrientes psicopedagógicas, sociológicas y filosóficas. Es lógico, que entendamos nuestro quehacer cotidiano como una suma de sinergias técnicas y profesionales, que ahonden en nuestro corpus de conocimiento: desde la resiliencia y empoderamiento clásicos, a los más recientes de coaching o consultoria social y mediación.

Últimamente (aunque sea de los años 50), llama la atención el nuevo mantra de las constelaciones familiares. Endiosadas y sospechosas a partes iguales. Hasta el momento, las formaciones o talleres al respecto, se han distinguido por ser costosas y envueltas de un halo misterioso, cuasi religioso.

Sin llegar a profundizar mucho en la materia, se atisba cierto ahondamiento y desarrollo en las historias familiares y genogramas clásicos, para entender y clarificar las realidades personales del sujeto. Se intuye una corriente que fija sus herramientas de acción desde la persona, no tanto como sujeto sino más bien como objeto, parte de un todo, que no es otra que su familia, tribu y sentido de pertenencia a la misma.

Sobrevuela sin reparo, el recurrente determinismo social que envuelve a muchas de las personas en riesgo de exclusión: “Nada es azar, todo tiene un porqué”.

Llegado el momento, también se hace necesario, nombrar y ponderar otras herramientas sociales con las que poder ayudar a entender y acompañar mejor a los sujetos de la acción socio-educativa, tales como el vinculograma (mapa personal y social, que localiza y enfatiza las relaciones vinculantes con relevancia de afinidad, con o sin consanguineidad). O la propia resiliencia o afán de superación personal, como antídoto a la corriente determinista.

La constelación familiar, redunda en una serie de hechos y sucesos acaecidos, que condiciona el discurso sobre la propia libertad del individuo y su derecho a decidir, ya que los hechos (actuales o futuros) vienen condicionados por esa historia. Además, hemos de recordar afortunadamente, que las personas tenemos la capacidad de superar las dificultades (ejemplos hay miles, de distinta tipología y características) a pesar de que las condiciones ambientales no sean las más apropiadas.

De alguna manera, la constelación familiar defiende aquel postulado que rezaba que “para influir en la educación de un niñ@, hay que empezar cien años antes de que nazca” evidenciando el respeto a las particularidades personales de cada individuo. ¿Perteneciendo dos individuos al mismo grupo e historia familiar, ha de esperarse un mismo presente o futuro?

PD. Aunque no sea lo más oportuno ni prudente, este artículo ha sido redactado desde una manifiesta ignorancia y con ciertos juicios preconcebidos, con la única pretensión de poder desarrollar un debate al respecto y conocer mejor esta corriente psicológica.