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Reflexiones y Augurios de un Proveedor de Apoyo en “lo social”

surreal

Hace escasas semanas tuve la suerte (y digo la suerte con toda la intencionalidad) de asistir a un curso en el que se nos presentaba una herramienta diagnóstica destinada a valorar, medir o evaluar, con la mayor precisión posible, las situaciones de exclusión/inclusión social con las que se trabaja desde el ámbito de los servicios sociales municipales y supramunicipales.

Esta herramienta ha sido validada, en 2013, mediante decreto gubernamental por el, valga la redundancia, Gobierno Vasco. De esta manera, se supone que, desde ese año, todos los servicios sociales de la comunidad autónoma vasca deberían aplicar dicho instrumento en sus valoraciones pero, como suele ocurrir en estos casos, este proceso aún se está implantando con cierta lentitud y, en ese sentido, es por ello por lo que algunos profesionales aún andamos formándonos en su manejo.

En todo caso, no es objeto de este escrito analizar la mencionada herramienta y, sin embargo, sí rescatar algunas reflexiones que la acción formativa recibida suscitó en mi persona al respecto del ámbito de los servicios sociales. Sí diré, en todo caso, que, una vez profundizamos en la conceptualización y justificación de dicho instrumento diagnóstico, me atrevo a aseverar que es un mecanismo trabajadísimo, amparado en la investigación científica y que va a ser muy útil en el desempeño de nuestra labor.

Precisamente, ese adjetivo de científico en el ámbito de lo social es uno de los que más pensamientos me generaron. A pesar de que el diseño y configuración de esa herramienta se haya realizado tras más de tres años de estudio e investigación, el ámbito de lo social sigue adoleciendo del componente técnico, científico o riguroso de otras profesiones. Así, esto se puede ejemplificar con una frase que la formadora, Izaskun Ormaetxea, pronunció y que, personalmente, me impactó.

Venía a hacer una (de varias) comparación con el ámbito sanitario para decir que, muchas veces, en el ámbito de los servicios sociales, actuamos como si a un enfermo diagnosticado con cáncer le anulásemos dicho diagnóstico no basándonos en los estudios empíricos que demuestran la presencia de dicha dolencia si no, simplemente, diciendo que “como no tengo camas en mi hospital, tú, paciente, no tienes cáncer”. O, traduciendo la metáfora, como no contamos con programas o vías de intervención para abordar la situación de exclusión que sufre equis persona, acabamos diciendo que no está en exclusión y listo. Precisamente para evitar situaciones como éstas, han de emplearse herramientas como la que era objeto de estudio en el curso.

Continuando en esta línea, Ormaetxea venía a exponer que en el ámbito sanitario no existe ningún decreto que diga qué es una úlcera. Es decir, no lo dice un gobierno si no la comunidad científica. Sin embargo, en los servicios sociales no pasa lo mismo. Nos cuesta ponernos de acuerdo para decidir qué es exclusión social. De ahí la importancia de homogeneizar categorías o herramientas diagnósticas. Y esto, entre otras cosas, explica nuestra debilidad como sistema: los decretos de los servicios sociales los imponen los políticos, no los profesionales.

Y decimos ahí que “nos cuesta ponernos de acuerdo”. Y muchas veces, para excusarnos a nosotros mismos por dicha incapacidad, atribuimos a los otros ámbitos (sanitario, educativo… ) la responsabilidad de no entendernos, de no coordinarnos bien, etc… Pero, a lo mejor, lo que tenemos que tener clara es nuestra identidad profesional y nuestra propia identidad como sistema.

Un sistema en el que, se nos insistió, las educadoras y educadores sociales (así como otras profesiones) somos proveedores de apoyo social, no proveedores de trabajo o domicilios o aspectos materiales o tangibles. Es decir, debemos centrarnos en lo social, en las competencias personales. Para ello nos hemos formado. Lo que se da (empleos, RGI… ) derivado de las leyes, es un déficit de los servicios sociales o de las atenciones en el ámbito de la exclusión social. Y para ello, para centrarnos en esos aspectos personales e intangibles de las personas con las que trabajamos, debemos seguir poniendo el acento o, a día de hoy, no olvidarnos del plano afectivo, del vínculo que establecemos y sin el cual no habrá diagnóstico posible.

Con todo, quería compartir contigo, querida audiencia de EducaBlog, estas reflexiones que surgieron en el ya mencionado espacio formativo. Alguna más hubo (y, junto a éstas, las cacé a vuelapluma en mi nuevo, personal y flamante – y enésimo – cuaderno de notas) pero creo que las aquí apuntadas pueden estar bien para continuar reflexionando, ahora en conjunto, al respecto de la inclusión, la exclusión y el trabajo que desde “lo social” hacemos al respecto.

Asimismo, redactar este artículo me ha recordado a otro que escribí también en EducaBlog en 2009, titulado ‘La Herramienta, el Instrumento’ que respiraba un poco los mismos aires que emana este post que llega a su fin y cuyos augurios (los de aquel) se están cumpliendo. Espero, con todo, que el avance en la configuración de herramientas como la que hoy os he presentado y las consiguientes reflexiones, nos sirvan para que, dentro de otros cinco años, la situación haya cambiado y muchos de los aspectos a subsanar en nuestro campo efectivamente se hayan solucionado.