De soledades…

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Mientras disfruto de la vista de tejados que desembocan en el río de la Plata, degusto mi soledad con fruición, respiro hondo una y otra vez y miro más allá.
Por ahí donde no llega mi mirada, al otro lado del agua, Buenos Aires se esconde en la distancia.

La soledad, es mi amiga y mi lugar, a ratos me invita a recogerme en mí mismo y tal hecho es un ejercicio que me gusta practicar, sintiéndome a gusto, al menos, la mayoría de las veces.
Se puede decir que me llevo bien con mi persona y que cuando discuto hacia adentro, casi siempre, suele haber conciliación.

No todas las personas lo llevan tan bien y ¿que me decís de los y las Educadoras Sociales?

Hace poco, he vuelto a quedarme sólo como Educador Social. Es decir, sólo ante el peligro, sólo en mi quehacer como educador de calle.

Aún recuerdo cuando hace tiempo hablaba de los educadores y las educadoras sociales como islas en el océano. Hablaba del aislamiento al que nos condenaban o quizá al que nos condenábamos nosotros mismos.

Esta vez es distinto.

Esta vez, no estoy en la misma etapa como profesional, al menos, no me siento igual que en anteriores aventuras profesionales en solitario.
Si bien es cierto que no puedo negar cierto vértigo y sobre todo la sensación de no llegar hasta donde me gustaría, desbordado por una realidad inabarcable, no es menos cierto que la actitud es muy diferente.

Desde luego, paso de victimismos y de lamentos, no van conmigo, lo afronto como oportunidad para seguir creciendo como profesional y como persona y con una intención muy clara…Tejer redes.

Tejer redes, tocando puertas a dos manos, descolgando el teléfono como si un muelle tuviese incorporado, participando de actividades organizadas por otros profesionales, conversando hasta gastar la saliva, escuchando hasta el límite del tiempo y buscando…buscando con el gps alerta…alerta a las sonrisas y a quienes no rehúyan la silla y se ofrezcan…se ofrezcan a ser compañeras y compañeros en este viaje educativo.
No estoy sólo, a mi lado hay personas, profesionales que tienen los mismos o parecidos objetivos.

Es cierto que la actividad diaria nos imbuye, pero no es menos cierto que en el aislamiento como profesionales, nosotros mismos tenemos la última palabra.
Hasta en el desierto más árido se puede hallar un oasis y lo digo con conocimiento de causa. ¡Agarremos lo que podamos y continuemos juntos!

Soy consciente de que deberemos desarrollar la capacidad de pedir, que deberemos estar dispuestos a decepciones, a juicios y a mostrar alguna que otra de nuestras miserias, pero… ¿qué tenemos que perder?

Yo ya transité por la vía de la soledad y es un viaje a ninguna parte…
Creerme si os digo que prefiero el “Omnibus” con sus baches y sus botes. Aquí me siento más cómodo mientras converso animosamente con el conductor, la señora del vestido beige y el vecino del tercero.

– Iñigo, si te encontraras ahora con tu antigua Soledad…¿Qué le dirías?
– No sé, así de sopetón… quizá…le diría que he conocido a otra, o… la verdad es que no sabría que decirle…
– Ya…
– Igual le diría… lo tengo que pensar, ya te llamaré…

claro que la soledad no viene sola

si se mira por sobre el hombro mustio

de nuestras soledades

se verá un largo y compacto imposible

un sencillo respeto por terceros o cuartos

ese percance de ser buena gente

Mario Benedetti

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