De vuelta y media

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Soy de los que les cuesta volver. Reconecto la clavija y como flotando voy moviendo los músculos a ritmo pesado y lento como un astronauta sobre la superficie lunar.
Tampoco soy de los que muestran una euforia inusitada por la vuelta, emocionados e ilusionados por el paisaje que se despliega ante sus ojos.
Más bien, me siento intranquilo, con nervios en el estómago y afloran las conocidas inseguridades que van de serie en el equipamiento del que escribe.

Como tantas otras veces, sigo un ritual para reintroducirme en la piel de Educador, me siento en el despacho, conecto el ordenador y abro el correo electrónico.
Ante mí, las fechas del correo sin leer indican mi última conexión. Borro los “spams” y empiezo a leer en orden de llegada. No me salto ningun correo por muy llamativo que sea el asunto.
Admito que necesito cierto orden para no ponerme más nervioso de la cuenta.

Este año tengo suerte, no hay ningún tema urgente, más allá de la información sobre varios cursos dirigidos a jóvenes y de que Antonio no acudió a su cita con la trabajadora social.
Ya le pillaré por ahí a ver que es lo que pasó.

Después, conecto el móvil no sin habermelo pensado un par de veces…
La conocida señal sonora que anuncia los mensajes de las redes sociales suena un par de veces, abró el whatsapp y descubro cuatro mensajes nuevos.

Miguel me desea felices vacaciones respondiendo a un mensaje mío del último día antes de la desconexión. Maria me pide ayuda para buscar trabajo, en concreto como cuidadora ya que aunque se ha movido, “me consta que es una chica de las que saben moverse por sí misma”, no ha encontrado nada. Me comenta que puso un anuncio en internet y que contactaron con élla para todo menos para trabajar. ¡En fin! Cosas de la red, o mejor dicho, de algunas personas que se esconden en élla.

¡Ya nació! Un escueto mensaje, tan corto como clarificador. Merche a sus 16 años, ha sido madre de un precioso niño del que veo las primeras imágenes captadas por la camara de su móvil.
¿Qué tal todo? ¿Qué tal estas? (Todo ha ido bien, ella dice que está perfecta. Yo intuyo que un poco asustada sí que estará, y ¿quién no?)
Quedo con ella y unas amigas para vernos en unos días y así conocer a Miren, que así se llama la recién llegada.

Jon me pide a ver si le puedo echar una mano para buscar cursos de primeros auxilios o algo relacionado con la rama sanitaria. Le propongo quedar la semana siguiente y pasarle la información. De paso, nos pondremos al día sobre como le ha ido el verano y sobre como respiran sus crisis internas.

Salgo a la calle recorriendo casi sin pensar los caminos conocidos, rapidamente cojo la “trazada buena” y llego al parque. Un saludo a coro y un mosaico de sonrisas me esperan.
Trás contarme los planes de este curso; que si instituto, que si EPA que sí idiomas…aparece Aitor con la pierna escayolada.

¿Qué te ha pasado? Según parece, se puso a trabajar como repartidor y tuvo un accidente con la moto, nada raro teniendo en cuenta como iba “tumbando”, tal y como relató él mismo.
Un mes y medio de baja y sin planes para este curso. Pronostico reservado.

Llego al viernes y sin pensarlo me pongo a organizar mi mesa, ese mueble de madera gris que con tanta efectividad ha almacenado papeles durante estos años.
Empiezo y no puedo parar, necesito organizar y limpiar de textos que nunca leeré mi campo visual. Archivo los documetos que cuentan parte de mi historia como educador, metiéndolos dentro del armario, (quizá algún día interesen a alguién, incluso a mí mismo, ¿quién sabe?)
En un tiempo record, donde había un bloque de edificios multicolor y polvoriento, sólo queda un limpio solar.

Estoy satisfecho, aunque un poco mareado despues de ojear tanto papel.
Para airearme, salgo del despacho y me voy a la calle a seguir poniéndome al día.
Mientrás bajo las escaleras suena el whatsApp, es Mikel, me dice que quiere hablar, ha vuelto a casa y está deprimido.

¿Puedes quedar?
Voy para allá.