HOGARES QUE HABLAN

HOGARES QUE HABLAN_2

De cómo un educador sonríe satisfecho tras las paredes de una habitación

Permítanme que abra esta nueva ventana, reciclando el titulo de la honorable página fotográfica (o debería decir literaria?) de nuestro hermano educabloguer, @lucce. Un portal filosófico, de barrio y coloquial, que nos recuerda una máxima en estos tiempos de mass media: la fuerza de la palabra.

El hogar lleva una temporada larga de buenaventura. No quita, como en las mejores familias, incluidas los clan de los Pantoja o los Pujol, que tengamos alguna diferencia, disconformidad o desliz convivencial, amén de los diez residentes particulares y el séquito adulto que los acompaña. “El único rato en el que estoy de vicio en mi casa es cuando estoy solo (sin mujer ni hijas). Y a veces me planteo enfadarme¡¡¡¡” exalta un compañero educador, mientras analizamos la (in)convivencia semanal.

Tras años de grupos, residentes, familias y sujetos de intervención, queda evidenciado que uno de los puntos fuertes y clave del futuro éxito en la acción socio-educativa es la comunicación. Inclinándome más por el exceso que por su defecto. Hablarnos y hablarnos mucho. Luego ya habrá tiempo de desmenuzar y escudriñar cuestiones más relevantes e ir a los aspectos clave de una u otra intervención, la consecución de uno u otro objetivo.

Y si encima, logramos que esa comunicación se genere y dinamice mayormente dentro del contexto del propio grupo de residentes, ya les adelanto que chapeau. La etapa relacional, empieza desde un punto óptimo de partida. Comunicación entre iguales, aún siendo muy diferentes.
Andrés es un infante de 13 años de edad. No quiere hacerse mayor (para no sufrir más?) y encima su desarrollo fisiológico tampoco le ayuda. Juega a cromos, juguetes y enseres de cada moda, mientras sus iguales levitan al paso de una adolescente en proceso de despegue madurativo o flirtean con sus primeros pitis y botellones furtivos. ¿Que hay de malo en ser un niño? Pues mucho, si en realidad no lo eres.

Andrés tiene además un conflicto interno muy fuerte de vínculo y apego familiar. Quiere a su familia, aunque les cueste devolverse ese mismo sentimiento cada vez que están juntos. Materializa dicha relación, sabiendo que quizás no le puedan ayudar en las verdaderas sustancias del valor familiar como ocurre a casi todos los niños de su edad. Tiene un marcado acento de pertenencia, aunque se debate entre el amor y el odio en su círculo más cercano.

Rabia, dolor, frustración, ira, abandono y en ocasiones mucha soledad combatida con su incontinencia verbal o llamadas de atención. Tiene razones para todo esto y más. Casi el 80% de su vida lo ha pasado institucionalizado, que no protegido (difícilmente cuando concurren varios recursos, varias provincias y decenas de profesionales).

Prefiero dormir en la calle con mis padres, en un banco, que tener que estar aquí” refiere tras una apacible cena y sin apariencia de estar fraguándose ningún conflicto interno emocional. Quiere resaltar su valor familiar y la alta estima a sus miembros. Tan lógico, como idealizado. Preferir vivir en una media mentira, suele ser más reconfortante que malvivir en una realidad.

Pero en ocasiones de frustración y clamores al viento, no hay mejor receta que la de tus semejantes. Gente que como tú, viven situaciones muy similares y en un ejercicio de madurez (aún en proceso para nuestro protagonista) te devuelven a la realidad como un espejo que rebota esa imagen que quizás no quieras ver. Sin recriminaciones, ni citas adultas de componente pedagógico o metafísico: “Tu eres chorra. Pero si aquí te dan todo¡¡¡ Aprovecha todo el tiempo que puedas y consigue los mejores estudios. Después quizás te sea tarde” le devuelven dos compañeras adolescentes, en la soledad del trio.

Mientras el educador fluctúa inocentemente tres paredes más allá, pero con la sonrisa en la distancia, los chicos siguen colaborando entre ellos, con las labores del hogar. Un compás armonioso de limpieza, secado y colocación de vajilla; inocente, cotidiano, informal ….pero enormemente transcendental. Historias humanas sin aditivos.