LÍMITE, SANCIÓN O INCOMPETENCIA

LÍMITE, SANCIÓN O INCOMPETENCIA_2

Compruebo, satisfecho para mi indomable raciocinio o pensamiento de la conjetura, como en las últimas semanas llegan artículos y reflexiones cuestionando de nuevo, casi todos los órdenes del día a día educativo: que si los deberes son una muestra de la incompetencia docente más orientada a alargar la jornada académica que a la capacidad de facilitar herramientas (que no contenidos) necesarias para el conocimiento del mundo, que si la deriva social y en consonancia la educativa, se orienta mayormente hacía la competitividad, obviando la cooperación y otros factores mucho más equitativos: solidaridad, humildad y las –ad que al propio lector les sugiera.

Acudo a dichas lecturas como un adolescente al escrutinio decisorio adulto: reservado, curioso y con el hacha preparada. Si me gusta de un tirón, suelo desconfiar: algo oculto en la maraña léxica del autor me ha debido despistar para no confrontar o rebatir algunas de las ideas que allí defienden. Duro, si. Pero enormemente agradecido.

Quedó dicho hace tiempo, que la burocratización en las entidades o proyectos socio-educativos estaba llegando hasta límites sospechosos. Sospechosos de reproducir un control social no declarado y para el que “los polis buenos” de lo social, no nos habían preparado: Registros, Manuales, protocolos, procedimientos, Decretos, políticas calidad-eficacia y eficiencia, son entre otros, parte de nuestra fauna institucional habitual, para justificar nuestros quehaceres. No me voy a explayar mucho más en este debate, porque es estéril y porque el maestro Cosme Sánchez Alber lo sabe ejemplificar mejor que nadie como en el pasado #EdusoDay2014. Repito: Los sujetos de intervención primero, luego ya hablaremos de lo demás.

El eufemismo del día se lo lleva el Registro de aplicación de medidas educativas correctoras. Voy a serles sincero: no me gusta sancionar, pero lo hago cuando lo creo conveniente y va a redundar en un límite claro que permita posteriormente un cierto aprendizaje. Reconozco aquello de que castigando no se aprende, pero me importa más la reflexión y la devolución (en ocasiones, mucho más pesada que la sanción en si misma).

Bastante daño y dolor llevan consigo buena parte de los educandos con los que trabajo, para que encima yo (o mis compañeros) ahonde en sinsabores o amarguras. Hace muchísimo tiempo que soy un fiel defensor de la reparación como método pedagógico. Desde barrer la calle por haber lanzado suciedad a ella, hasta enfrentar al educando con viandantes victimas de bromas o escupitajos, pasando por entrevistas con personal de seguridad de discotecas y retirada de denuncias personales por parte de los propios sujetos.

Cierto es, que en ocasiones las lógicas y el ritmo (ahora medido en Ratios de un tiempo a esta parte) de la acción socioeducativa, demanda respuestas inminentes (un poco, en la línea del famoso lema: “Justicia tardía, justicia baldía”) y así debe continuar ante situaciones de carácter grave, pero no es menos cierto que el límite pasa en ocasiones a un segundo plano, reconvertido fugazmente en sanción, más fruto del calentón personal del adulto que de la reflexión profesional.

Con la instauración de mecanismos tan encorsetados y repetitivos, se puede caer en una deriva vertiginosa, donde la mayor parte de los educadores, no nos paramos ni un segundo a pensar en ellos: Acción-reacción o el viejo conductismo de estimulo-respuesta, cogiendo manuales ya preparados para discernir en un juicio sumario (en reuniones de equipo o bajo el auspicio poco pausado del educador de turno).

Dar respuesta a comportamientos inadecuados es tan lógico y evidente, como la necesidad del educando de situarse en el mundo, en una realidad, en un contexto. Quizás no sea por el deseado, pero mientras vivamos en grupo, respetando las individualidades de cada uno, deben reconocerse lugares y momentos comunes.

Límites, que no reproduzcan sanciones y no provengan de nuestra incompetencia.