NO FUI YO, FUE ELLA

NO FUI YO, FUE ELLA

El pasado mes de Julio, las siempre incansables compañeras del Colegio de educadoras/es sociales de Galicia, nos invitaban a una seductora y añorada propuesta, donde explayar y reforzar nuestro quehacer cotidiano para con la profesión y plantear todas aquellas perspectivas de cara a su construcción. “¿Ti qué fas pola Educación social?” llevaba por titulo y Educablog, no podía dejar escapar esa magnifica ocasión para reverdecer alguno de sus orígenes o leiv motif. El fruto de esos trabajos, han sido recopilados en un “libriño” de relatos y la publicación del trabajo ganador del concurso de proyectos Fin de Grado.

Espero que les gusté esta inmersión introspectiva, y refuerce la idea de que la educación social es una extraordinaria aventura tanto personal como profesional.

De cómo la educación social me buscó, me encontró y me atrapó

Puede que suene petulante o incluso ególatra, pero si escarbamos en nuestro pasado, recuperamos nuestras emociones primigenias, echamos la vista atrás y olvidamos los viejos fantasmas de la indefinición, es muy probable que nuestra esencia personal, en esa mezcolanza con la orientación profesional, tenga una razón de ser, mucho más justificada y predestinada de lo que hubiésemos creído a priori. “Nada es azar, todo tiene un porqué”, que dirían los estoicos.

1980: Recuerdo una España gris y embarrada. Edificios en cimientos, carreteras sin asfaltar y colegios a medias. Añoro aquel gentío enorme de felicidad, de querer hacer, inventar, participar. Mucha actividad, donde los parques públicos cobraban vida propia y las calles empedradas formaban su pequeña fauna urbana. Juegos, libertad, aventura, vecindario, fiestas de barrio, etc. Era ciudadanía, era participación, era educación comunitaria en estado puro. De ahí mamé hasta mi juventud, casi mi adultez. El mundo de las responsabilidades fagocita de alguna manera esos sueños y los torna más áridos, más rudos. ¿O será que nuestra infancia no deja de ser un sueño interminable que se recrea y retroalimenta con el tiempo?

Soy hijo de un humilde barrio obrero. Una ciudad postindustrial que languidecía poco a poco tras el esplendor de la metalurgia. Fue ella, quién empleó a mi padre y sustentó a mi familia hasta finales de los ochenta, primeros de los noventa. Mi primer centro educativo estaba en la cima de una montaña, donde no había más que prados, barro y edificios desperdigados. Las aulas eran prefabricadas a modo de barracones, con un basto patio pelado donde las piedras se comían la poca vegetación que sobrevivía. Nuestro troteo pelaba el paraje de manera implacable, dando mayor sensación de aridez a la tierra, convertida en barrizal la mayor parte del invierno.

En aquel lugar, también iniciaba su escolarización Xurxo. De padres emigrantes, sus rasgos asilvestrados llamaron mi atención desde el inicio. Mirada fija y penetrante, de vestuario escaso, vetusto y humilde, su cara sucia con manchas de barro y su pelo cortado a girones, me atrajeron como un imán, hasta el punto de ir en su búsqueda cada final de jornada, aún siendo un año más pequeño que yo y no compartiendo la misma aula. Había días en que mi madre, paciente y eterna acompañante, tenía que aguardar mi saludo o compañía, hasta que no diese por terminada mi acción solidaria con el pequeño Xurxo.

Era un acto inocente, sentido y sin edulcorantes. Le protegía de otros niños, de sus ofensas, de la indiferencia. Le acompañaba en su soledad e incluso recuerdo despedirle con dos besos a diario en la salida del patio, cuando no le acompañaba directamente a los alrededores de su vivienda, siendo yo un púber de 6 años o poco más. Entregado a un apoyo, seguramente asistiendo al niño pobre de la clase. Un acompañamiento vinculante en toda regla, muy probablemente motivado por la caridad o la lástima.

1994: Casi 20 años después nos reencontramos, si la memoria no me juega una mala pasada o el deja vu de turno seguía teniendo algo real, compartiendo partido de frontenis. Espero que me crean, si les digo que hubo feelin o empatía, al menos por lo que a mi respecta.

1995: Historia de barrio, al pie de una barandilla. Félix, mi amigo psicopedagogo, me habla de una nueva carrera universitaria que acaba de surgir. Habla de ayudar a personas en situación de desprotección o en riesgo de exclusión social. Eufemismos postmodernos. Seguramente en aquel entonces, me hablase de pobres, de marginales, de salvar el mundo, de proezas y aventuras. Oigo atento mientras me tintinea el oído. 18 años después, sigue ese sonido en mi cabeza.

Versión en galego (pág. 11 de Boletín)

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