TITIRITRASTOS: HISTORIA DE UNA HISTORIA NUNCA CONTADA

Titiritrastos

Titiritrastos son hijos de un globo y una maleta. El globo, español, y la maleta sin duda francesa, aunque nacionalizada colombiana. Entre sus parientes cercanos estaban Marcel Marceau y los mimos comediantes de Tricicle. Luego se añadieron más, pero ya como parientes políticos y no tanto de sangre, hablo del Soleil y quizás algúno que otro más. Titiritrastos antes de ser colombiano fue parisino, inglés, italiano, malgache, indio y haitiano. Internacional, pues.

La gente pregunta “¿y ese nombre de dónde viene?“. Y yo creo que ese nombre le perteneció desde el comienzo de los tiempos, aunque a mi mente llegó después, cuando me perdí una vez entre los arrozales de Madagascar buscando el camino a una montaña que había visto en el horizonte aquella misma mañana y a la que no sabía cómo llegar. Tenía todo el tiempo del mundo para mí mientras atravesaba ríos y aldeas. Ya había formado allí una tropa circense con algunos muchachos de la calle, acróbatas extraordinarios.

Me gusta pensar que el nuestro fue el primer circo que jamás hubo en Madagascar. Tan desconocidos eran los circos, como nosotros los entendemos, que cuando aparecíamos en público, en los barrios más pobres que imaginarse pueda, con la cara pintada, en vez de payasos, magos y acróbatas, ¡la gente decía que había llegado Papá Noel! No sé de dónde sacaban tal conexión. Pero en mi inolvidable caminar de aquel día, iba yo pensando en un nombre para alguna futura tropa circense en la América Latina de mis sueños. Y desde el primer momento lo quise. “Este es” me dije. TITRITRASTOS.

Entonces, cuando llegue a Medellín en el 96, Titiritrastos ya existía aunque solo como un pensamiento, al igual que nosotros existimos ya mucho antes de nacer como un pensamiento en la mente de Dios. Luego llegaron Robinson y Tití, Lara y Danilo, y por primera vez Titiritrastos se presentó como tal ante un público. ¡Y no un público cualquiera! Pues nuestra primera audiencia fueron los niños de la calle en el entonces Patio de Ciudad Don Bosco.

Eran tiempos de magia y payasadas, y ropajes de circo ambulante, mitad maravilla y mitad de segunda mano. Nos pintábamos con pinturas de carnavales y cualquier cosa nos servía para armar un cuadro, nada de andar perfeccionando el arte, no. Este salía a borbotones, y más nos reíamos nosotros armándolo que el público viéndolo. Hay una foto de aquel día, que el Soleil en todo su esplendor no ha llegado a superar. Tití hacia equilibrismos con una escoba en su nariz, yo hacía unas magias, más bien patéticas, con el entusiasmo del gran Houdini sumergiéndose en el rio Hudson. Lara y Danilo derrochaban finura escénica y ese dia se presentaron por primera vez el cuadro de la pintada de un muro, original hasta el día de hoy, aunque no haya llegado a Broadway.

Ese día vimos que Titiritrastos tenía futuro y nos lanzamos a su conquista. Creció como crece un niño, sin que apenas se note. Llegó Didier y llegó Anderson, nuestro eterno Chiquito, pues chiquito desde luego era. Como casi nadie nos invitaba a actuar nos invitábamos nosotros mismos. La escuela Hogar de la Alegría fue nuestra casa, una escuela para valientes, para chiquillos rotos y recompuestos una y mil veces, para Soñadores, así con mayúscula, pues mayúscula fue nuestra pobreza pero mayor aun fue nuestro tesón.

Como olvidar a Yeimi y Soraida, o a Ana y Alejandro. Como olvidar a Asier vestido de domador, con rasguños de tigre pintados a lápiz, o a Luz María y Juan Carlos quienes descubrieron su amor al volante de nuestro carro imaginario, que siempre se iba sin nosotros.

Maestros y alumnos actuábamos juntos, a veces éramos más los actores que el público, pero lo bueno de aquel Titiritrastos era que todo valía y todos cabían. Tanto es así, que hasta Héctor, un hombrecito de 30 años, con una edad eterna de 3, encontró su lugar entre nosotros con su trajecito de dinosaurio y su caminadito de payaso profesional, que cualquiera diría que había estudiado en Moscú.

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Un buen dia decidimos que había que dar un salto, uno de esos saltos que se dan pocas veces en una vida, y nos encontramos a Luigi y a Cachivache, y Titiritrastos dejó su ropero de circo de pueblo perdido y se vistió de colores. Con 30 mimitos y mimitas se armó una lluvia de puros mimos, y comenzó la tormenta.

Allí estaban Juan Andrés, Jimmy, Julián, Elmer, Gustavo, Juan Carlos, Wilson, Faber, Marcela y tantos más. Allí estaban las tardes de polvo y refresco en el patio de atrás de nuestro Hogar estrujándonos los sesos en un intento de armar algo medianamente presentable. Internet todavía no había llegado para desvelarnos los secretos de todo lo que existe. Allí lo que contaba era la imaginación en su forma más pura y cualquier sombrero era bueno para sacarle un conejo.

Poco a poco Titiritrastos se fue definiendo. Llegaron Santiago y Edison, malabaristas pequeños en estatura pero gigantes en su arte. Elmer aprendió diábolo y el Didier se nos hizo mago, como herencia que yo le dejaba. Seguíamos creciendo a partir de lo que se nos iba ocurriendo y de lo que ya sabíamos, o queríamos aprender. Salieron algunas actuaciones aquí y allá, y finalmente una invitación para ir a Bogotá. Y nos fuimos, con nuestras 10 maletas y la ilusión de viajar.

El viaje de 9 horas duró como 14 porque la carretera estaba bloqueada, en Bogotá hacia frio y nuestra obra, por primera vez llamada “Corazón de Circo” apenas ensayada. Fue un viaje memorable y bien pagado. Titiritrastos recibió cariño en cantidades y como gran final volvimos a Medellín en avión. Fue una sorpresa para los chicos, quienes en llegando al aeropuerto pensaban que era la terminal de buses y no se acababan de creer que iban a volar.

Y si, volamos. Recuerdo el avión casi vacío, solo nosotros y un mundo de nubarrones sobre la inmensa tierra verde que tanto llegué a querer. Quizás sea de aquel día la conexión entre nuestra aventura y la canción de Silvio RodríguezNo Hacen Falta Alas”. Lo cierto es que esa letra fue nuestro himno desde entonces en adelante.

Los chicos seguían creciendo y recuperar el estudio fue una prioridad, aunque en medio de inmensas dificultades. Se conjugaba el estudio con el futbol y con algún que otro paseo a los bosques y riachuelos de Piedras Blancas, nuestro eterno destino. También se intentó que los chicos abrieran sus mentes a otras cosas y otras expresiones artísticas a las que, como gente de gueto que éramos, no estábamos acostumbrados. Nos fuimos a ver películas culturales, a escuchar música celta y a escuchar conferencias de mimos internacionales. Se comió pizza, lasagna, panzerotis, crepes, pan francés y cientos de kilos de arroz, a veces con frijoles, pero siempre con alegría y la conciencia de ser una sola familia, un solo corazón, una sola alma.

En el 2005 yo me fui y los dejé huérfanos. Dudé muchísimo si el haberlos metido en este cuento había sido lo más acertado, o si por el contrario les había vendido un circo imposible. Solo el tiempo lo diría. Antes de irme le pedí a Carlos Alvarez que les echara una mano para que no se vieran solos del todo, pues la juventud de los chicos era mucha y la incertidumbre del futuro una amenaza constante a su supervivencia artística. Poco conocía yo a mis gigantes.

Titiritrastos sobrevivió al naufragio y siguieron su camino. Se unieron a Carliche y de ahí llegó la carpa y un modo de vida que continúa hasta hoy. Yo los he seguido de lejos, con profunda admiración y un orgullo que pocos padres conocen.

Por mi parte yo también seguí mi camino y le fui dando hermanitos a Titiritrastos…. Pero esa es otra historia


Dedicado a Didier, que vivió y soñó con nosotros