¿Lectura obligada?

DOCUMENTOS PROFESIONALIZADORES
Hoy vengo a recomendaros un documento de apenas 8 páginas, bastante fácil de leer, directo y sin ambages, aunque un poco general, quizá como se le presume que debe de ser.
En algunos momentos puede parecer ciencia ficción, y en algunas partes puede ser discutido y cuestionado, pero mantiene siempre la lógica y el rumbo del timón de nuestra amada profesión.
Estoy hablando, ¡cómo no!, del Código Deontológico del Educador y la Educadora Social.

¿Cuántas de vosotras y vosotros, Educadores Sociales lectores y lectoras de este blog, habéis leído el Código?
Y más allá ¿cuántos y cuántas de vosotras lo tenéis presente en vuestra acción socioeducativa de forma consciente?

Mi intención, desde luego no es reprenderos, ni mucho menos, me conformaría con despertar la curiosidad y la responsabilidad como profesionales. No en vano, este documento tal y como se recoge en su primer capítulo, ha de ser el faro que guíe nuestra acción como profesionales. En sus páginas, cocidas al fuego lento de la reflexión, se encuentran los principios y las normas que han de orientar y dar sentido a nuestros pasos como profesionales y que nos dotan de brújula y de argumentos, ante personas, profesionales, instituciones y situaciones en las que sin estas directrices, nos hemos de ver inseguros, remando con sentido común pero sin el regio remo de las razones que en Código hallaremos.

Somos una profesión que no escribe, que no investiga, que no lee ni siquiera uno de los “pocos” documentos escritos por y para los Educadores y las Educadoras Sociales.
El pasado viernes, acudí como Educador Social, Educablogger y profesor a la jornada organizada por el CEESPV y capitaneada por la comisión deontológica del mismo y en dicha jornada, reflexionamos sobre la condición ética de nuestra profesión y sobre la necesidad en esta línea, de dar una presencia central al Código y a las comisiones Deontológicas.

En principio, un Código Deontológico ha de ser algo dinámico que se vaya adaptando a una sociedad en continuo cambio, pero tal y como se reflejó en la conversación de los distintos Educadores y Educadoras Sociales que habitaban el centro de la sala, si ni siquiera es conocido por todas y todos los profesionales, ¿cómo vamos a afrontar su reforma?.
Éste es un hecho discutible, pero no exento de lógica. No en vano, sería un error seguir los pasos de otras profesiones de mayor trayectoria, que cuál cuadro decorativo, exponen sus Códigos Deóntológicos pero de los cuales poco conocimiento real tienen las personas que integran esos grupos profesionales.

En mi opinión, es un triste destino el de un documento construido para ser faro y que se ha de conformar con mandar haces de luz a un océano, en el que los barcos navegan de espaldas a la costa ajenos a la luz y a su procedencia.

Conocer de dónde venimos para entender dónde estamos y hacía dónde nos queremos dirigir como profesión es esencial, y el código es historia viva de nuestra profesión, es el pilar sobre el que hemos de asentar lo que somos y seremos como Educadores Sociales.
De hacer caso omiso a sus páginas, será común quedarnos sin argumentos, al menos sin argumentos compartidos como profesión, ante las amenazas de mercantilización, de alienación y de pérdida de identidad.

Nos quejamos de que no sabemos cómo explicar qué es un Educador y una Educadora Social y no dedicamos media hora a leer los documentos profesionalizadores en los que están las claves escritas que responden a esa y a otras preguntas “comprometedoras”.

Es cierto, que en mí generación y en otras anteriores y posteriores, no disponíamos de dichos documentos en nuestra formación inicial en la Universidad, pero no es menos cierto, que hemos de apelar a la responsabilidad como profesionales para la formación continua, en la que el Código es una lectura imprescindible.

Leerlo nos dará razones para nuestra acción socioeducativa y en contrapartida nos responsabilizará como profesionales.

Llegados a este punto, quizá haya quien prefiera navegar guiado por el sentido común, tomando sus propias decisiones en nombre de la Educación Social, y quizá tenga la suerte de encontrar tierra en el océano educativo, pero creo que como profesión, estaríamos ciegos si no fuésemos conscientes de los riesgos de una profesión que justifica su acción en el menos común de los sentidos, por otra parte.

Para finalizar, me gustaría agradecer a todas las personas-profesionales que con su esfuerzo y trabajo en los Colegios, en el Consejo General y en especial en las comisiones Deontológicas refuerzan el casco del navío de la Educación Social.

Una profesión que trabaja con personas, no puede negar su naturaleza eminentemente ética y política. Tal negación, sólo puede derivar en la irresponsabilidad.
Un pequeño gesto, dedicar un poco tiempo para la lectura del Código Deontológico por parte de cada uno y cada una de nosotras, es un pequeño gran paso para nuestra profesión.

Y mientras tanto, el faro sigue girando lanzando sus haces de luz hacia el oscuro océano…

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