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Se hacen carne. Yo siento un escalofrío.

Cuatro chicas jóvenes, insultantemente jóvenes, se sientan en primera fila. Llama la atención su presencia entre gente más talludita. Destacan por su actitud graciosa, jovial, entretenida frente al rictus más académico del resto de los presentes. Sorprende también que estén ahí, delante del todo, prestas a escuchar e intervenir.

El rector de la facultad es el primero que empieza a hablar. Clásicos mensajes protocolarios de bienvenida y agradecimiento. Ellas mantienen el tipo y salvo algún que otro cuchicheo, se mantienen en su sitio, tanto en un sentido literal como figurado. Después toma la palabra el representante del Colegio. Su tono adquiere tintes más emotivos y parece que afecta a una de las chicas. Posteriormente, hablan los Educadores. Explican el proyecto y detallan una de las historias. Ahí ya la chica que empezaba a emocionarse se rompe del todo y llora a moco tendido. Ella y las otras son las protagonistas de la historia, de la Edusohistoria. Acaban de hacer carne unas páginas impresas.

Yo siento un escalofrío.

La chavala también quiere expresar unas palabras. Nostálgicas, de gratitud. Vívidas. Acaba ella y acaba el acto. El grupo recupera la compostura, su compostura, su cachondeo, su comportamiento divertido. Y tal y como vinieron se marcharon, con un libro bajo el brazo y con la sensación para este que escribe de que algo gordo había sucedido esa tarde en el salón de actos de la facultad.

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Es una mujer madura, enjuta pero de buen aspecto; un poco encorvada pero con un porte digno. Entra en la sala y busca a Arantza con la mirada. Se encuentran y se abrazan. Y hablan bajito. Yo sé que es ella. Ni siquiera me había imaginado cómo sería la madre de Hache y ahora la tengo a escasos metros. Enseguida nos la presenta y, de forma tímida, esta mujer alcanza a agradecernos nuestra presencia y el libro. El sentimiento es recíproco. Por su presencia y por hacer carne a uno de los protagonistas del mismo.

Ella se sienta al fondo. La tengo prácticamente enfrente. La veo, de manera furtiva, desde lo que viene a ser una suerte de estrado en el que nos dirigimos al público asistente. Arantza ha entregado a todos los presentes una fotocopia de un texto escrito por su hijo. Y lo lee. Es emocionante. Además, en diferentes momentos de la tarde, nos referimos a ella y a su hijo. Incluso se le invita a participar. Esto me resulta violento. Ya ves tú. En todo caso, no recoge el guante y su participación, su extraordinaria participación, es estar ahí, esa tarde, acompañándonos, representando, en cierta forma, a Hache.

Yo siento un escalofrío.

Se va como vino. Sin alharacas, de una forma sencilla, discreta, sin hacer ruido. Con un libro debajo del brazo y dejando la sensación a este que escribe de que algo muy gordo había pasado esa tarde en La Casona de la Montaña.

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Quiero pensar que, de alguna forma, las Edusohistorias han trascendido más allá de sus páginas. Que hemos seguido haciendo intervención social y personal a partir de sendos relatos y la presencia real y física de dos protagonistas de los mismos. Quiero pensar que hemos rizado el rizo y hemos generado una especie de obra conceptual. Algo muy loco. A lo mejor no es nada de eso. Simplemente han venido unas personas a las que lo que aparece en diferentes pasajes de esta obra les toca de una forma especial. Y punto. Y no hay que buscarle más pies al gato. Ya está.

No. Quiero pensar que sí, que hemos cerrado una especie de círculo y que sólo por esos dos momentos (y los que puedan venir, si es que vienen, en futuras presentaciones) la coordinación, edición, publicación y difusión de “#Edusohistorias: un viaje por la Educación Social” ha merecido la pena. Y no, de verdad, esto no es una frase de cara a la galería. De verdad, sentí escalofríos.

Imagen vía Paredes que Hablan