LA SERVILLETA

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Corría el año 2001, cuando toque aquel timbre. Sonaba añejo y tintineante, pero funcionaba a la postre, que era al final su cometido. Subí en ascensor hasta la segunda planta de un edificio sesentero, con alicatados cañí. Me esperaba un matrimonio, pareja de educadores que me abrían su espacio y hábitat natural de sus últimos lustros. A partir de allí, todo lo demás ya casi se lo he ido contado en este otro ciber-habitat de lo social.

Este año se descifró uno de los grandes enigmas de la humanidad, nuestro código genético. Con el ADN humano en las manos de los poderosos lobbies farmacéuticos, ya avecinábamos el fin de la especie. No estamos aún a salvo, pero al menos los ecos de la extinción o manipulación genética, han dejado paso a otra serie de confabulaciones. En Septiembre el mundo occidental se tambaleaba en torno a dos edificios colosales. Caían los símbolos del imperialismo, de una cultura occidental incrustada a martillo por todos los rincones del mundo y se detentaba una obviedad: la fragilidad del ser humano (víctimas) y la vileza del mismo (verdugos). También se destapaban grandes escándalos de la iglesia católica a través de los abusos sexuales, sin saber como ni quien pudiera poner fin a esos delitos contra la libertad de las personas y más concretamente la de los/las niños/as.

Recuerdo un hogar al que hoy día tildaría de austero, cómodo y enormemente acogedor. Un grupo de niños/as encantadores, con miradas tristes, entremezclados entre razas, etnias y culturas. También recuerdo como se asomaba el humor de manera cotidiana, con fluidez y ganas de reírnos de nosotros mismos antes que de los demás. No negaremos que también hubo momentos delicados para algunos chicos, dificultades convivenciales motivadas por el simple y honroso hecho de “tener que estar en un sitio que no deseo”. Me pareció esta apreciación un buen y superoptimista punto de partida (aunque parezca una paradoja): Un hogar de acogida donde no estén presentes los seres queridos de los niños/as, casi siempre será un hogar en precario.

Para que luego los educadores sociales intentemos acompañarles en ese tiempo de superación, de reconstrucción no buscada. Apoyando esos procesos de crisis, esos momentos de dolor que te causan innumerables recuerdos y anhelos: ensoñaciones algunas, idealizaciones otras y abandonos las más.

Pero estos días me retrotrae sin cesar, una imagen de aquellos tiempos. Una humilde servilleta azul cielo de tela. En realidad eran 9, donde cada uno de los miembros del Hogar teníamos la propia, con su anilla de plástico y personalizada a color. Era el símbolo de compartir momentos de calidad, de ricas y largas conversaciones en torno a una mesa. Eran lugares de encuentro, de sonrisas sin aditivos. Eran espacios de escucha en el otro, del reconocimiento, también del debate. De la construcción personal, de la interacción compartida. Era una servilleta de color azul cielo, que cada cierto tiempo se impregnaba de nuestras palabras y nuestros paladares. Se anidaban de nuevo todas juntas y tras un leve paso de lavado, volvían a su lugar preferente junto al altillo de una alacena. Con la brillantez y desnudez necesaria para ser usada otras tantas veces como fueran necesarias, en contacto con nuestras manos, nuestros labios, nuestros rostros.

14 años más tarde, sigo considerándome un romántico de mi profesión, la educación social. Llevo más de dos meses recorriendo nuestro país compartiendo las #Edusohistorias y defendiendo una vuelta al humanismo. Pero cuando entro en el hogar residencial actual, más señorial y de ciudad como corresponde a los tiempos, me topo en el comedor con una servilleta de papel, más bien cientos. Blancas, suaves e impolutas para ser consumidas y tiradas a la basura casi en el mismo momento de alzarlas. Sin dueño, pero con destino.