MISCELÂNEA #Parte I (Cuaderno de viaje de un educador social)

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Desde el hontanar celta que arropó mi infancia y ensueña mi adultez, me asomo en este periodo estival de escaso confort climatológico. Una pequeña escapada familiar, corta en duración pero riquísima en matices, instantáneas y momentos de calidad, que tanto anhelamos l@s educadores/as sociales.

Partimos de casi la misma raya lusitana. Hermanadas a través de la historia sobre las extensiones de la antigua Gallaecia y las regiones Transmontanas, más tarde. Tamagani primero, Límicos y Tramontanos compartían y guerreaban a partes iguales, por unos territorios abruptos, ricos en vides y manantiales, extraordinariamente forestados. Hoy pareciera que quedan solo cenizas, tanto de aquellos pueblos de cómo aquellos árboles. Lástima y cruel destino de nuestra especie, en continuo vaivén de autodestrucción.

Mientras avanzamos hacía el Sur desde el valle de Monterrei, dejamos a ambos lados varias fuentes termales de exquisito atractivo. Lástima que no sean nuestro destino, ni Boticas ni Vidago, pero sus respectivos balnearios reconfortarían con sus aguas y remanso de paz, a más de un ejercito.

Nuestro destino es Vila-real, la Ronda malagueña del Norte. Una pequeña ciudad, con vestigios castreños y un enorme tajo que la estrangula entre sus laderas, pero que dignamente ha sabido amoldarse a su orografía. Reconocible por sus carreras de coches, su moderno museo de la imagen y el sonido y un casco antiguo pequeño pero reconocible, a través de sus cestos, artesanías populares y pequeños restaurantes del buen Bacalhau y Frango. Para regarlo, nada mejor que un buen vinho Douro con las carnes o un Vinho Verde si con pescados nos enfrentamos. De la hospitalidad, el descanso, la piscina y un desayuno hortelano, se ocupa la Casa Agricola da Levada. Una esplendida quinta dieciochesca, con aire franciscano y actividad falasterial. El levitar y la composición ensoñadora, se torna irresistible. Como para resistirse a un desayuno ecológico con tomates de la huerta, mermelada de calabacín o pasteles caseros. Aunque la piscina de la Quinta nos retiene, es menester volver a cargar las maletas y acercarse lentamente hacia la región Central.

Nuevamente ese camino se hace delicioso al comprobar la armonía entre los caminos nuevos (aún tratándose de autovías de reciente asfaltado) y los paisajes montañosos que atravesamos. Un continuo tiovivo de laderas y viñedos en perfecta conjunción con el clima y paraje que le rodea. Le llaman el Alto Douro Vinhateiro, pero mi mente solo me retrotrae a la Ribeira Sacra desconocida de Belesar, A Coba y Amandí o Sober. Un acordeón natural de colores, formas onduladas por el terreno y composición de los cultivos, además de por las montañas que las protegen. Pasamos de estar junto a un riachuelo que las riega, a subir a 1200 metros de altitud donde la escasa vegetación y los molinos de viento, son sus únicos moradores. Contrastes que hacen bellos los parajes y transcendentes los momentos.

Nuestras miradas se quedan clavadas, mientras nuestro auto perfila su horizonte en Viseu.