LAS REGLAS DEL “JUEGO” HAN CAMBIADO EL JUEGO #1

LAS REGLAS DEL JUEGO_1

Decía un marinero de pesca, ahora jubilado, que la juventud de ahora no tenía nada que ver con la de su época. Y como dudaba de que su explicación ‎no pudiera ser bien entendida, mostró unas fotografías en la que se veía él y sus compañeros faenando en alta mar frente a las costas de Tarifa, precisamente no pescando con la caña, sino con las manos. Se trataba de la artesanía más primitiva con la que hasta hace poco se capturaban los atunes de forma tradicionalmente; hoy mejorada con la introducción de máquinas, cuya técnica se sigue denominando, la almadraba.

Y bien es verdad, que en aquellas imágenes que el viejo pescador mostraba, y que ahora con su rostro de arrugas en su piel hablaban por sí mismas, se veía una cuadrilla de pescadores subidos en aquellas embarcaciones de madera. Eran verdaderos hombres musculosos que no se definían precisamente por ir al gimnasio a cultivar su cuerpo, sino por su “sacrificado” trabajo que los hacía corpulentamente fuertes; sin querer, y preparados para esa actividad que requería algo más que perseverancia.

Seguidamente, decía este viejo marinero, que antes la vida estaba en la calle, que incluso la gente encontraba trabajo porque había más contacto humano y que el boca a boca funcionaba sin lugar a dudas. Incluso la gente estaba informada de todo lo que ocurría y no precisamente por la presencia de internet (que obviamente en aquella época nadie hablaba de eso), sino porque la gente hablaba en cualquier lugar: en pequeñas tiendas tradicionales, en las puertas de las casas mientras se tomaba el fresco, en los rellanos de los pisos, en el autobús, etc., cualquier lugar servía para hablar sobre algo. Lo que venía a decir, es que entre la calle y su gente, tenía lugar la integración social a través incluso del juego, aquellos juegos que ahora no se ven ni se percibe por ninguna parte de nuestras ciudades.

La nueva generación de hace al menos una década, se caracteriza por la ausencia de niños y niñas jugando en las calles como hacía la generación de finales del pasado siglo. El vociferar anunciaba que los niños estaban emocionalmente integrados en la competitividad de aquellos juegos, hoy tradicionales: saltar a una cuerda que alguien había recogido de algún lugar y había llegado de manera extraña a ellos, y que después se escondía en algún escondite para que al otro día se siguiera jugando aunque LAS REGLAS DEL JUEGO_2quien la encontrara no estuviera presente; o a hacer torres humanas donde los más ágiles trepaban hasta arriba y todos se sentían exitosos de haber conseguido grupalmente hablando, un objetivo en común; o jugar con una pelota de forma grupal tanto niños como mayores; o al fútbol en cualquier lugar y con porterías que podían ser imaginadas entre una señal y una esquina, o amontonando las sudaderas simulando ser referencias a los palos de una portería; o a las canicas o mables, haciendo con la yema del dedo un triángulo en la arena del suelo y jugando una cantidad de esas bolas; se jugaba con chapas al fútbol, lo que suponía que había que ir a bares, buscar por la calle o apremiar a tu familia a beber botellines para obtener las chapas y formar equipos de fútbol; o pintar con un trozo de tiza cuadrados en el suelo para jugar al “piso”.

Entonces era cuando se utilizaba la imaginación y con los colores de los lapiceros se pintaban los equipos sobre el reverso de la chapa; e incluso una simple caja de cartón servía para esconderse, o para construir una cabaña a base de otros restos de chismes u objetos que se encontrarán tirados en cualquier lugar de la calle.

El viejo marinero que se pasaba muchas horas del día en la calle, decía, que él mismo ha ido observando este periodo de transformación social. Que incluso sus nietos son más sedentarios a consecuencia de las nuevas tecnologías, del nuevo orden social con el que se establece que cada vez más se exija más capacitación académica para conseguir un puesto de trabajo. Trabajo que casi nunca se corresponde con los estudios, y cuando se tiene la suerte de que se cumpla el objetivo deseado, se acaba viendo como la realidad no tiene nada que ver con las ilusiones con las que se alcanzó el trabajo.

Por Silvia Martínez y Andrés López, educadores sociales