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Cifras y letras

Las cifras.

“Un 33% de la población infantil española vive en riesgo de exclusión social”. “Una de cada cuatro mujeres mayores de 35 años es parada de larga duración”. “Dos de cada cinco hogares españoles se mantienen gracias a la pensión de los abuelos”. Etcétera.

Son, por ahora, números. Los números sirven para saber lo que ya sabemos: para convencernos de lo obvio. Los respetamos, creemos que dicen la verdad. Los números son el último refugio de la verosimilitud contemporánea.

Y son, también, el mejor modo de enfriar las realidades: de volverlas abstractas.

(Es la primera vez en la historia que hay datos tan duros, cifras tan aproximadamente precisas sobre los habitantes del mundo: su cantidad, su distribución, su riqueza, sus enfermedades, sus trabajos. Quizás en 50 años el nivel de información actual nos resulte paleozoico, pero nunca hubo nada igual: un mundo pensado como números, explicado – aparentemente explicado – por sus números. Los manejan los grandes organismos internacionales, las corporaciones, los gobiernos del Primer Mundo. Los usan para lo que siempre se usaron los saberes: consolidar diferencias, construir poder, imaginar futuros que les parecen convenientes)”. (Caparrós, Martín. ‘El Hambre’, página 126. 2015. Anagrama)

Estadísticas, números, datos, generalizaciones. Necesarios, sí, pero, a la vez, cosificadores. Silenciadores. Creo que cuando se abusa de lo cuantitativo para exponer problemáticas personales, sociales, humanas…éstas se minimizan, se diluyen. No desaparecen, claro, porque son estos números los que, en cierta forma, empujan (o deberían empujar) a las instituciones a actuar. Pero se esconden.

No es lo mismo, en definitiva, hablar de uno de cada tres que hablar de Esteban Fernández, parado de larga duración, casado con tres niños de 6, 8 y 10 años, que acude semanalmente a la sede del Banco de Alimentos de su ciudad a recoger el paquete de productos no perecederos con el que sus hijos sólo realizan una comida diaria, ingesta que afecta negativamente en su día a día, provocando, por ejemplo, un rendimiento escolar más bajo.

Los números suelen ser, también, lo sabemos, el refugio de ciertos canallas. ¿Y si en lugar de ser 805 millones los hambrientos fueran 100 millones? ¿Y si fueran 24 millones? ¿Y si fueran 24? ¿Entonces diríamos, ah, bueno, no es tan grave? Los números son coartada de un relativismo pobre. Si les pasa a muchísimos es muy malo, si a muchos es más o menos malo, si a pocos no es tan malo”. (Caparrós, Martín. ‘El Hambre’, página 118. 2015. Anagrama)

Las letras.

“La malnutrición estructural en los países en vías de desarrollo es una coyuntura ante la que los estados deben dar una respuesta más enérgica”. No es lo mismo tampoco el uso de palabras rimbombantes para tratar de dulcificar o – de nuevo – esconder parte de la realidad. “No estamos sabiendo dar una respuesta al hambre en los países pobres”.

Los términos técnicos evitan la emoción. Supongamos que lo hacen por conciencia profesional, para definir precisos sus objetos de estudio. O que lo hacen por corrección política, para evitar la ofensa de llamar perro a un perro. Supongamos que lo hacen de onda, para cumplir mejor con su trabajo: el resultado, en cualquier caso, es que los problemas de miles de millones se transforman en un texto que sólo entienden unos pocos, mientras que la mayoría se queda sin saber de qué va la cuestión. En síntesis: el burocratés funciona como una barrera contra el conocimiento generalizado, la forma más fecunda del conocimiento”. (Caparrós, Martín. ‘El Hambre’, página 30. 2015. Anagrama)

Reflexiones estivales sobre cifras y letras, números y palabras a partir de una de mis lecturas de agosto.

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