AL FINAL, UNA LUZ

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Agosto 2016. En una aldea remota, allá en el Lugo fronterizo, nos engalanábamos con harapos y abalorios ibicencos, dispuestos a afrontar un verano más, nuestra ya tradicional Ruta do Licor. Una endiablada tradición rural familiar, que pretendía en origen acompañar y compartir festivamente con los vecinos de nuestras parroquias colindantes, las fiestas patronales de San Vitorio y San Agustin.

Un remolque decorado al uso, disfraces variopintos, música de percusión a base de tambores de hojalata, diversión a raudales y unos celebres responsos que a modo de parodia, sostienen nuestra etílica litúrgica. Con estas imponentes herramientas, nos disponemos a la travesía, luchando contra la siesta, pero con el orgullo de proceder a un rato de diversión y dinamización rural.

No llevábamos visitadas 4 casas vecinales, cuando junto a un muro añejo de piedra, asomado entre una portilla semiabierta, aparece el rostro vetusto de un hombre con un extraño color morado en la frente. No pretende molestar, más bien se le nota en la lejanía cierta vergüenza gesticular, procurando decir unas palabras que no atisba pronunciar.

Mónica, compañera de fatigas y mucho más perspicaz, me reclama su atención: “Ese hombre esta sangrando, chorrea sangre por la cara, que si ¡¡¡¡”. Incrédulo, le resto importancia al momento, dado que si necesitase ayuda, era imposible que no la solicitase ni saliese a nuestro auxilio. Craso error. Una casa cerrada a cal y canto en su condición de soledad, comida por los deshechos y residuos, estancias ancladas en el pasado surtidas de escasos recursos y los que hay, podridos por la insalubridad o el paso del tiempo. Al final del pasillo, mientras busco denodado unos paños para contener la hemorragia y un grifo donde recoger agua, aparece una habitación humilde llena de trajes colgados del techo y un charco de sangre en unos periódicos, que en el suelo hacían función de alfombra.

He ahí, la gran dicotomía humana de nuestras personas mayores: la retirada, el exilio social buscado o impuesto, el no ser ni parecer un estorbo, el silencio, la resignación.

El caso de Rosa, me retrotrae a esa cruda y cruel realidad cotidiana. La que engulle a cientos de personas y ejemplos de desamparo, de ignonimia institucional y social, de abandonos, desahuciados, de vivir en condiciones infrahumanas o al menos muy alejadas de unos mínimos exigibles. Son los desheredados de una Ley de Dependencia manuscrita en papel mojado. Los de la retirada, los entregados a un destino inescrutable pero sabido, los antimass-media, los exiliados del sistema, los residuos de un capitalismo voraz y cruel, sin sentimientos.

Es por ello y más que nunca necesario, reforzar la funcionalidad y el protagonismo, de la educación social frente a esta crisis de valores. Luchando por el empoderamiento de la dignidad humana, el reconocimiento y preponderancia del individuo frente al capital. Que no le quepa duda a nadie que en esta aldea, aunque global, no sobra absolutamente nadie. En todo caso, sería el Qué no el Quien.

PD: Sorprendentemente y a pesar de situarse nuestro protagonista en una aldea bastante alejada de las bondades tecnológicas, los servicios sanitarios pudieron llegar al lugar 20 minutos más tarde de nuestro aviso. Nuestro hombre era reacio a salir de su casa, dejando sus escasos animales en el corral y acompañar a los sanitarios. Tras mucho dialogo, accedió a ser atendido en un centro hospitalario y hoy en día se encuentra bien de salud.

PD2: La foto de portada, pertenece a las series del proyecto IMAGO.

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