Ahmed y Hamma. Esto NO es un cuento de Navidad.

No lo negaré. Cuando abrí el stand, bien temprano, y empecé a llevar los productos y las cajas para recoger el dinero y les vi allí, sentados, en un banco, al lado del mismo, con un tipo que bebía una litrona, desconfié. ¿Vamos a tener que estar pendientes toda la mañana de que no se nos cuelen ninguno de estos dos a la txozna?

A las 10:00 llegó la directora del centro de formación profesional. Este año habíamos quedado en que sus chicos y chicas colaborasen en la feria navideña sirviendo chocolate y bizcochos a cambio de la voluntad. Afortunadamente, un buen número del alumnado se había apuntado a la iniciativa.

– Estos son Ahmed y Hamma y son los que cubrirán el primer turno de la caseta – los presentó.

Eran ellos. Los chicos que estaban al lado de la txozna. Los jóvenes con sus pintas macarras y su color de piel. Y yo, con mis prejuicios y con la imagen que, día sí día también, se transmite de este perfil de chavales desde los medios de comunicación, desde nuestros círculos de barrio o familiares o de amigos incrustada en mi cerebelo. Les recibí y les expliqué en qué iba a consistir su labor.

Ahmed y Hamma habían llegado media hora antes y se pusieron manos a la obra nada más arrancar el turno que les correspondía. Lo hicieron escuchando y proponiendo. Se arremangaron y se pusieron a organizar el stand y, cuando las primeras personas se acercaron a por un chocolate, les atendieron de forma más que amable.

– Buenos días, guapa… Venga ese chocolate calentito… Venga, echa un eurillo más que con ese dinero se va a ayudar a un montón de niños que lo necesitan… Gracias, reina, eres un sol…

Pasó el tiempo al que se habían comprometido y, sin embargo, nos preguntaron si se podían quedar más ya que se lo estaban pasando muy bien. Y llegaron los siguientes chicos y chicas y Ahmed y Hamma se dedicaron a instruir a sus compañeros de una forma eficiente.

– Llena la jarra con esta otra más pequeña y vais llenando los vasos y, con cada vaso, un par de bizcochos y no se os olvide pedirles la voluntad…

El dinero empezaba a acumularse en las cestas que se habían dispuesto para que los asistentes a la feria colaborasen.

– lucce, creo que es mejor que este dinero se vaya guardando en otro sitio porque aquí está demasiado a la vista y en algún momento puede que no controlemos si se nos cuela alguien – sugirió Ahmed.

Al finalizar la mañana, les agradecimos con total sinceridad la implicación que habían demostrado, las ganas que habían puesto y lo bien que habían desarrollado su función.

– ¿Podemos volver a la tarde? – Ahmed y Hamma se volvían a ofrecer a participar, a ayudar a sus compañeros y compañeras y a todos los que habíamos organizado la actividad. Un sábado a la tarde, en la que buena parte de los adolescentes suelen tener otros planes, desconfiábamos que estos dos fuesen a presentarse pero, nuevamente, como a la mañana, ahí estaban, media hora antes.

– Ha venido el proveedor del chocolate pero no nos ha querido dejar los contenedores hasta que no viniese uno de vosotros… Igual se creía que lo íbamos a robar – río Hamma.

Picado por la curiosidad que le generaba la situación que estaba viviendo ese día, también se atrevió a preguntar:

-Pero, entonces, todo este dinero que se saque hoy aquí, en toda la feria, servirá para niños que tienen necesidades, ¿no?

-Sí, así es.

-Venga, pues entonces tenemos que esforzarnos un poco más a ver si podemos sacar el máximo posible…

La feria acabó de forma exitosa. Ahmed y Hamma habían contribuido, sin ninguna duda, a que así fuera. Ahmed y Hamma, después de despedirse, volvieron a sentarse en el mismo banco en el que les vi esa mañana. De noche, departían entre ellos mientras fumaban un cigarrillo. Puede que mucha gente que les viera en esa situación, en la penumbra, con sus pintas y su color de piel, desconfiara de ellos como yo mismo hice apenas unas horas antes. Afortunadamente, la vida, la experiencia me dio, una vez más, un sopapo para sacudirme mis prejuicios.

Esto no es un cuento de Navidad. Esto es una historia real vivida hace pocos días. Esto es un relato de unos hechos que, a ver si me explico, quizá no deberían ser relatados porque no cuentan nada especialmente extraordinario. Que dos chicos de origen norteafricano colaboren desinteresadamente junto a otros jóvenes de su edad debería ser algo a valorar y reconocer en el ámbito más privado (como, por otra parte, también se ha hecho) pero no debería ser noticiable. Si lo hago, si lo destaco es porque, como ya he dicho por ahí arriba, desgraciadamente, Ahmed y Hamma pertenecen a un colectivo o tienen unas características que provocan que tengan presencia en las noticias o en las conversaciones o en la propagación de rumores por otros motivos. Si lo hago es porque me veo en la obligación de mostrar que también podrían aparecer públicamente acciones como éstas. Si lo hago es, efectivamente, con el objetivo de romper con tópicos que, como se ha visto, yo también tengo.

Por eso, tras compartir unas horas con ellos, tras avergonzarme de mis pensamientos previos, he querido escribir este post que quiero acabar con un sincero: GRACIAS, AHMED y HAMMA.

Imágenes vía: Paredes que Hablan

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