MANDRILES

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Nos desapegamos de un año, un insignificante número que sin embargo deja atrás un rastro de dolor y vergüenza difícil de digerir. Mientras aún resuenan las últimas doce campanadas patrias y el recuerdo por las casi cincuenta mujeres asesinadas por sus parejas o exparejas, dos mujeres más han sido asesinadas en las primeras 24 horas del recién estrenado periodo. En definitiva, hombres ejerciendo la violencia contra mujeres, aprovechando su perversa superioridad física. 690 en los últimos 5 años.

Pido de entrada perdón a todos/as, tanto mujeres como hombres, si durante mi reflexión se produjese algún tipo de conjetura, duda o malinterpretación en todo lo que a continuación pretendo narrar. Es una cuestión lo suficientemente relevante, como para tratarlo con el mayor respeto (principalmente a las victimas y sus familias), condición que no exime de equivocarme. Pues precisamente, este artículo versa sobre mi educación, la cultura patriarcal recibida, los estereotipos adquiridos y en muchas ocasiones reproducidos. Soy yo y mis consecuencias, en una especie de proceso de conversión que algún día pretendo alcanzar.

Presumo históricamente de mantener una excelente relación con todas las mujeres con las que he tenido oportunidad de relacionarme, o al menos con una inmensa mayoría. Siempre queda aquel resquicio humano de la “imposibilidad de agradar a todo el mundo”. A mi tampoco me agradan todas las personas con las que trato, lo reconozco. Las respeto, pero no congeniamos. Ya ven que una cuestión tan simple y meridianamente normal, como el relacionarse con la/el otra/o, puede iniciarse ya como una interpretación de un logro del cual presumir.

Muestra de ello, aunque suene a campaña publicitaria post-navideña, es que a mi enlace matrimonial con mi actual, presente y futura pareja, invité a dos de mis exparejas más significativas, acudiendo una de ellas al evento. Gozo de una excelente madre, aunque siga ejerciendo su rol de hiperparentalidad más allá de mis 40, es un privilegio tener presente aún a mis dos abuelas y disfruto mucho, aunque compartamos en ocasiones puntos de vista diferente (menos de los que piensan), con todas mis compañeras educadoras sociales. Con ellos, comparto aún menos criterios (ironía modo on).

Cada vez que suena el término (Cuestión/Identidad/Violencia de…) Género en mi profesión de la educación social, me surgen dos sentimientos encontrados: el primero es el de la aventura, la ingenuidad, el intento de empaparme y aprender de un territorio por el que he transitado muy escasamente. Soy y fui un mandril, recuerden. Tanto dentro como fuera de mi profesión, difícil disasociación. La otra sensación es la de la prudencia e incluso llegando en algún momento al respeto temeroso. Respeto a intentar cuadrarme políticamente (correcto y cívicamente) y miedo o temor a no cagarla, a decir una mandrilada (que seguramente y en muchas etapas de mi vida, he pensado si no practicado).

Leo sobre el lenguaje sexista, sobre la mala praxis periodística en buena parte de los tratamientos mediáticos de esta lacra, sobre los estereotipos, sobre el Pedrochismo, el antiPedrochismo y el Post-Pedrochismo. Me conmueve un artículo tan simple y contundente como el de la discriminación de la mujer y falta de reconocimiento, en los callejeros de nuestras ciudades. Sigo conferencias, escucho tertulias o programas temáticos como el pasado Salvados y poco a poco voy leyendo, lo que creo va a ser una obra de referencia en la materia, al menos en lo que al mundo eduso se refiere: Machismos de micro nada, publicado por varias educadoras sociales gallegas, en su mayoría pertenecientes al Colexio de Educadoras e Educadores Sociais de Galicia.

Y me siento como un naufrago en un terreno heteropatriarcal (término millenial que desconocía hasta hace poco), en una especie de ejercicio espiritual y filosófico autodidacta, inédito en mi persona (aunque beba de muchas fuentes, como bien sabe mi querido hermano Cienfiebres). Unas navidades familiares, de confort diría yo, entregadas a la contemplación, la relación interfamiliar y la lectura. Intentando buscar otra mirada que no tenía, que percibo pero me es confusa con parte de mis actos o pensamientos pretéritos.

Una conversación profesional con una educadora social sevillana que cual 8 Apellidos vascos se vino al norte, me remueve por dentro ciertas estructuras o viejos tópicos que creía superados. Bajo la simple apariencia de un piropo, lo que se puede esconder. Dudo, defendiendo en la medida en la que creía, que el halago personal o una palabra bonita (si no fueran solo explicitas sobre el físico) debería ser normal en cualquier sociedad y gusto por las personas, sean hombres o mujeres.

Y no, no crean que por influencias externas o espaciales, solamente. En la construcción identitaria como persona y como hombre, hay y ha habido mucho de cosecha propia. Solo puedo pedirles perdón en mis faltas y esperar que algún día pueda reparar dichos desajustes aportando algo más de reconocimiento y por ende, igualdad.

PD1: Varias son las ocasiones, en las que personas (principalmente mujeres) nos han referido la nula representatividad femenina en el organigrama de Educablog, en contra de la mayoritaria presencia que existe en la profesión. No nos incomoda ni nos molesta la pregunta, ni mucho menos. Tampoco intentamos justificarnos con el hecho, muy significativo eso si, de que una de las fundadoras de Educablog fuese Mertxe, quien muy a nuestro pesar falleció hace ya unos años. Educablog es la unión de cuatro personas, que podrían ser hombres o mujeres, animando desde aquí a que surjan y convivamos con muchas más plataformas que defiendan y representen en la medida de sus posibilidades, a la educación social. De lo que no cabe duda es de la participación y seguimiento de la gran familia Educablog, donde, y miren que no me gusta cuantificar las cosas; en FB por ejemplo, las mujeres representan la inmensa mayoría.

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PD2: Mandriles hace alusión al nombre con el que el grupo de amistades varoniles del barrio de toda mi vida, se inscribe en el mundo Whatsapp.

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