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“Aporofobia, el rechazo al pobre”. Adela Cortina [BIBLIOTECA EDUSO]

“Las realidades sociales necesitan nombres que nos permitan reconocerlas para saber su existencia (…) Si permanecen en la bruma del anonimato, pueden actuar con la fuerza de una ideología, entendida en un sentido de la palabra cercano al que Marx le dio: como una visión deformada y deformante de la realidad, que destilan la clase dominante o los grupos dominantes en ese tiempo y contexto para seguir manteniendo su dominación”.

“Resulta urgente poner nombre al rechazo al pobre, al desamparado, porque esa actitud tiene una fuerza en la vida social que es aún mayor precisamente porque actúa desde el anonimato. Justamente porque su realidad incontestable no tiene una existencia reconocida, no se la puede desactivar”.

Y Adela Cortina se empeñó en ello. Se afanó en desactivar dicha realidad o, al menos, sentar una base semántica a través de la cual identificar la existencia del odio al pobre. Y engendró el término Aporofobia, concepto que da título que a la obra hoy traemos a nuestra biblioteca Eduso y nombre que, finalmente, se incluyó en la RAE y que fue elegida palabra del año en 2017.

Con todo, una aproximación a definir de forma sencilla y directa el término Aporofobia consistiría en lo que ya hemos mencionado, esto es, el rechazo al pobre. Una fobia que se distingue bien de otras primas hermanas, como por ejemplo la xenofobia, pese a que a menudo se les puede confundir. En ese sentido, Cortina distingue extranjeros aceptados con los brazos abiertos (turistas, deportistas de élite, magnates foráneos) y aquellos que no lo son (todos los migrantes que cruzan el estrecho, aquellos que se embarcan al Mediterráneo tratando de llegar a las costas occidentales en busca de un futuro mejor, etc…)

Pero, más allá de entenderlo en contraposición a otros conceptos, la verdadera miga del libro “Aporofobia, el rechazo al pobre” (Paidós, 2017), en mi opinión, se fundamenta en analizar el concepto y el fenómeno en base a la realidad social circundante, a la historia, a los elementos incluso biológicos y, sobre todo, en acabar proponiendo medidas con las que acabar con esta aporofobia.

De este modo, Cortina, en las casi doscientas páginas que componen su obra, analiza los delitos de odio al pobre (recordándonos algo que no debemos olvidar y que, a veces, ingenuamente, lo hacemos: “El odio existe (…) Es preciso superar el ‘buenismo’ y aceptar la existencia del odio. (…) La clave del odio reside en quien odia, no en el colectivo objeto del odio. (…) Quien lleva incorporada una fobia siempre la justifica culpando al colectivo al que desprecia, lo cual no deja de ser una coartada”) Para superar esos delitos de odio, entiende la filósofa valenciana, se tiene que construir la igualdad desde la educación (formal e informal), desde las instituciones políticas y económicas y también, llegado el caso, recurriendo al derecho, no sólo en su faceta punitiva (que también) sino porque tiene una función comunicadora. Asimismo, esta construcción se tiene que complementar con la sociedad civil, quien tiene que ser uno de los principales agentes instigadores que demanden la reducción de las desigualdades y el cultivo del sentimiento de igual dignidad.

Cortina también nos recuerda que, pese a que la pobreza no es un rasgo de identidad de las personas, es decir, existen causas naturales y sociales que provocan la pobreza, en la vida cotidiana, normalmente, tomamos una posición a favor de los mejor situados. “En la sociedad contractualista y cooperativa del intercambio se excluye al radicalmente extraño, al que no entra en el juego del intercambio, porque no parece que pueda ofrecer ningún beneficio como retorno. Parece que tenerle en cuenta implique perder capacidad adaptativa biológica y socialmente. Este es el caldo de cultivo, biológico y social, de la aporofobia”.

Afortunadamente, el ser humano se adapta y va aprendiendo y es aquí donde aparece el papel de la educación como elemento clave que nos permita adquirir conciencia y generar una reputación que, a su vez, nos lleve a “discernir y actuar sin someterse al imperativo de lo socialmente correcto. En caso contrario, sólo se repudiarán las fobias socialmente proscritas y se darán por buenas las que la fuerza social acepte”.

Por ello y partiendo de una cita de Nietzsche que dice que “nos las arreglamos mejor con nuestra conciencia que con nuestra mala reputación”, Adela Cortina propone que “si es verdad que actuamos de forma más prosocial cuando nos sentimos observados por otras personas, sería conveniente ir mandando mensajes claros de que nuestras sociedades rechazan las conductas aporófobas y apuestan por las actuaciones que empoderan a los pobres, publicitar que apreciamos las acciones que tienden a incluir en vez de a excluir, que se ocupan de acoger y no rechazar a los que parecen no tener nada que devolver a cambio”.

En todo caso, la autora no desdeña que la motivación para tratar de erradicar fobias como la tratada tenga que basarse exclusivamente desde el punto de vista del reconocimiento o desde la fuerza de la reputación, sino que está el papel de la obligación moral o interna (no cumplir obligaciones sólo con los demás sino también con uno mismo), aunque, a partir de muchos estudios, dice que algunos autores han entendido que la educación por sí sola no ha tenido el éxito deseado para mejorar la moralidad de la población (individual y colectiva) y es por ello que Cortina dedica un episodio completo a una alternativa a la disciplina pedagógica: la biomejora moral, concluyendo en el mismo que es un imperativo avanzar en la biomedicina para intentar mejorar la motivación moral, complementando así la educación.

Por último, la autora valenciana hace hincapié en el hecho de que la pobreza es falta de libertad, que hay que proteger a la sociedad pero, sobre todo, empoderar a las personas, y que estos objetivos no se tienen que perseguir con una perspectiva caritativa o de limosna sino desde un punto de vista de justicia de forma que se implique a la comunidad política y económica y, en ese sentido, propone una serie de medidas: no gravar, por ejemplo, con aranceles las mercancías de los países peor situados para proteger el propio mercado, eliminar la economía clientelar y las prácticas de corrupción; apostar por la economía real reduciendo el papel de la financiera; afinar el sistema fiscal proporcional como un instrumento básico; reforzar las políticas sociales que introdujo el Estado del Bienestar o la renta básica de ciudadanía… todo ello con el deber de protección de los derechos humanos por parte de gobiernos y empresas, agentes estos a los que también se sugiere una mayor responsabilidad social y un mayor pluralismo en sus modelos (empoderamiento de las personas, mayor cooperación, etc…)

Con todo, creo que este aclamado “Aporofobia, el rechazo al pobre” de Adela Cortina tiene razones para recibir ese calificativo, para ser reivindicado y, desde aquí me gustaría animar a todas las compañeras y compañeros que nos dedicamos a la Educación Social (y a cualquier persona en general) a que lo lea. Todos y todas somos responsables de tratar de erradicar este fenómeno al que ahora, gracias a Cortina, somos capaces de ponerle nombre. Y es que…

“Una educación a la altura del siglo XXI tiene por tarea formar personas de su tiempo, de su lugar concreto y abiertas al mundo. Sensibles a los grandes desafíos, entre los que hoy cuenta el sufrimiento de quienes buscan refugio en esta Europa, que ya en el siglo XVIII reconoció el deber que todos los países tienen de ofrecer hospitalidad a los que llegan a sus tierras, el drama de la pobreza extrema, el hambre y la indefensión de los vulnerables, las millones de muertes prematuras y de enfermedades sin atención. Educar para nuestro tiempo exige formar ciudadanos compasivos, capaces de asumir la perspectiva de los que sufren, pero sobre todo de comprometerse con ellos”.