La frustración de los Súper Padres

Ilustración de Cinta Arribas: http://www.cintarribas.es/

Ilustración de Cinta Arribas: http://www.cintarribas.es/

“Los padres, cada vez más fieles a sus hijos, a medida que el ideal de pareja declina, parecen identificar a éstos como sus salvavidas y, al mismo tiempo, los hijos les generan angustia y miedo a equivocarse y a no cumplir con su parentalidad positiva que se les recomienda (burn-out parental)” (Ubieto y Pérez, 2018)

A más manuales en papel o en PDF, a más micro píldoras en formato vídeo, a más escuelas de madres y padres, a más revistas especializadas en crianza, a más recursos, en definitiva, para facilitar la tarea educativa, ¿más presión para unos padres que buscan alcanzar una especie de ideal de perfección que, como no puede ser de otra manera, a menudo choca con la cruda realidad?

Evidentemente, no es, per sé, algo negativo la existencia de este tipo de materiales. Siempre puede venir bien, en un momento de duda, acudir al elemento que sea para tratar de resolver lo que nos acucia. Son muchos y muy buenos los recursos que tenemos disponibles las madres y padres para consultar que nos ayuden a mejorar la relación con nuestros descendientes, cómo comunicarnos mejor con ellos y ellas, etc… el problema está en seguir a pies juntillas todo lo que en ellos aparezca y en que, como materiales genéricos que son en su gran mayoría, pueden caer en una homogeneización que no atiende la peculiaridad o subjetividad de cada niño o niña y de sus familias.

Mi hijo no tiene por qué responder de la misma manera que la tuya ante un mismo acicate, ante una misma motivación… habrá críos que requieran de un mayor seguimiento y otros que necesiten más libertad de movimientos, etc… puede sonar de perogrullo pero incluso hasta las tendencias educativas más progresistas, co-educativas o lo que sea que está ahora de moda, cuando se imponen en cierta forma, no atienden, en ocasiones, a estas subjetividades y, lo que es peor, las madres y padres tomamos lo que se dice como las Sagradas Escrituras y, por tanto, nos cuesta ver o identificar lo que nos puede venir a nosotros mejor, sobre todo cuando contradice al gurú de turno.

En ese sentido, ser sujeto pasivo o exclusivamente receptor de pautas y orientaciones, espectador acrítico, que compra todo lo que recibe y, en consecuencia, trata de ponerlo en práctica porque es lo que toca, porque ahora lo que se lleva es super padre, super madre… ¿qué puede ocasionar cuando la aplicación de las doctrinas asumidas como lapidarias no generan los resultados esperados?

Y es que no podemos olvidar que pese a que haya una ciencia o disciplina que respalde y que enmarque la práctica educativa (la Pedagogía) y muchas corrientes adyacentes e influenciadas desde otros ámbitos científicos, la aplicación de muchos de sus preceptos teóricos no es equivalente a lo que ocurre, por ejemplo, con las matemáticas.

Es ante esta evidencia, cuando, muchas veces, a las y los profesionales nos toca atender a la desesperación o, mejor dicho, a la frustración de los padres y madres suscritos a los mejores canales educativos de Youtube, activos seguidores de todos los preceptos marcados desde el sancta sanctórum de la parentalidad positiva, etc… cuando se encuentran con que los actos que aplican siguiendo las pautas administradas por los popes pedagógicos no tienen efecto en sus vástagos.

Es ahí cuando nos toca volver a recordar que, muchas veces, ejercer la tarea educativa implica asumir el ensayo-error; cuando toca, de hecho, animar a los padres a equivocarse y animar a los padres a que animen a sus hijos a equivocarse.

Y es que el problema en todo esto es que, quizá por las mencionadas influencias (parece que a veces ofrecidas en un precioso packaging, vendidas como el remedio para todos los males de crianza… ¿acaso los inabarcables tentáculos capitalistas tocan también el ámbito de lo educativo?) parece que los padres y las madres perseguimos el ideal de perfección que, para que se cumpla, requiere de los hijos e hijas perfectas y esto, a todas luces es imposible, como bien atestiguan, de hecho, todos esos blogs de habilidades parentales.

Y el problema radica también, a partir de la mencionada indisoluble dicotomía (para poder ser padre perfecto se requiere un hijo perfecto) en que más allá de la frustración que cargamos como padres, transferimos a nuestros hijos e hijas esa tremenda presión, de modo que acaban saturados de actividades extraescolares, de clases de idiomas y demás… colonizando, desde el mundo adulto, el mundo infantil… un mundo adulto que ya busca, en general, la excelencia en muchos ámbitos y que, al llevarlo al mundo de los más pequeños, no hace sino robarles un tiempo y espacio sagrado y precioso para ellos y ellas.

Con todo, insisto en que no es intención de este artículo depauperar los múltiples (y muy positivos) espacios que orientan y aconsejan a los padres sobre cómo mejorar la relación con sus hijos o cómo acompañarlos en su tránsito hacia una vida adulta lo más idónea posible. En realidad, el llamamiento de este post es a los padres y madres bombardeados por ese ideal de perfección para que se den cuenta de que no es nada grave que, por un día, nos saltemos los mandamientos de Montessori o de que no respondamos a nuestros vástagos desde una perspectiva de disciplina positiva.