Educador Errante VII: Aruñe Contra el Tiempo
La pequeña Flariz, fiándose del refranero castellano, aprieta poco y abarca mucho. Serán cuestiones baladís, más relacionadas con la detención del tiempo bajo ese sol ardiente, pero el ritmo cansino que se apodera de tod@s nosotr@s durante el mes de Agosto, suele traer como consecuencia la gran amplitud de planes, visitas, degustaciones, fiestas (y si aún sobran unos minutos, algo de descanso) por descubrir. Todo constatado realmente al final del verano, cuando nos invade un halo de frustración al no haber podido realizar todos los planes ansiados en invierno y primavera. Las nuevas pozas de agua caliente de Outariz suelen ser frecuentadas por estas huestes. En una ciudad como Ourense, dibujada entre montañas y adornada por un sinfín de puentes, se agradece que recursos naturales tan mágicos y preciados como son las aguas termales, sepan ser reconocidos y gestionados públicamente para disfrute de sus habitantes y viajeros. Cerca de allí, uno de los templos fetiches de comida casera: Casa da Escola. En ese viejo camino a Reza, ahora asfaltado como merece, se sitúa ese antiguo caserón donde no faltan las delicatessen de la huerta gallega: Cazuela de grelos con chorizo y besamel, pulpitos a la parrilla o pimientos de Padrón. En uno de los extremos de la comarca de la Limia, se sitúa el encantador pueblo de Congostro. Su colección de horreos, hace de él un pueblo singular. De obligado paso, son también las tabernas del casco antiguo de la cabeza comarcal: Xinzo. Sus tapas de ancas de rana , oreja o bandullo con una taza de Ribeiro, son reclamo clásico y agradecido para el paseante. Cuando pasamos la frontera, es de recibo devolverles gratitud y deferencias, al viejo Restaurante A Flor do Tamegá. El pequeño río que va a morir al Duero, da nombre a esta brasería portuguesa del municipio de Chaves, donde las carnes a la piedra y el Leitao (cochinillo) son como una religión monoteista: siempre adorando al tótem con el paso de los años, sin razón de desconfianza. En el mismo país, pero pegada hacía la desembocadura del Miño, se encuentra la fortaleza de Valença. Una curiosa mezcla, muy en boga por otra parte, entre cultura, tradición y comercio. Visionas murallas y casas de época, mientras respiras a fragancia de bazar y textiles al por mayor. Su gastronomía es de valorar y siempre queda en buen lugar, pero luchar contra un arroz con bogavante, es una meta inalcanzable. Clásico en la cercana A Guardia ya en suelo hispánico, bajo el viejo monte de Santa Tecra, sus mariscos y pescados del pequeño puerto, son un reclamo de difícil rechazo. Sus arenales, aunque bonitos, destacan sobre manera por el viento y su lucha contra los elementos. Arena, pinos, cruce de aguas océano y rio, dibujan un cuadro entremezclado con las sombrillas, bikinis y pareos de temporada. Con los estómagos suficientemente satisfechos y la retina repleta de fotos e instantáneas con encanto, es momento de ir haciendo las maletas y buscar nuevos retos: más tiempo y más lugares. Pongámonos manos a la obra… Foto: Yuse Vázquez Publicada por Asier el 27/09/2011

Categoria: Reflexiones
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