Y, ¿CÓMO SE FOTOGRAFÍA EL VÍNCULO?...

El mismo día de mayo que a mí me toco “predicar” en la nueva Facultad de Educación de Bilbao (UPV-EHU) sobre los “profesionales inútiles” (en el 20 aniversario de la puesta en marcha de la Educación Social), Asier me regaló “Imago”. Coincidencias de la vida, yo hablé de las miradas y este pequeño libro también habla de ellas, aunque son miradas que sirven para enfocar una cámara, recogidas en retinas digitales. El libro y yo, creo que defendemos como esencia de la profesión el saber mirar. En la conferencia insistí en que la educación social se definía por una “forma singular de estar, mirar y atender”. Ni en la práctica profesional ni en la cámara que registra vidas, caben las etiquetas, los indicadores de riesgo ni la beneficencia que pixela colores para crear buenas impresiones. Imago nos recuerda que, con cámara o sin ella, siempre somos espejo. La mirada de nuestros ojos o la foto que devuelven al otro la dignidad de una persona que existe, que no se diluye en el paisaje, que es vista como persona. La mayoría de las veces no hace falta que hablemos. Miramos receptivos e interesados por saber de otras vidas. Al mirar vemos y retratamos retazos de historia con argumentos, damos existencia a sus relatos. Miradas y fotos intentan decir a la otra persona “tu me importas”. Como cualquier foto de una persona querida colgada en la habitación, vamos acompañando recorridos, tiempos y etapas. Estamos allí y a ratos, cuentan con nuestra ayuda. Nuestro expediente se compone de imágenes y no de informes, tratando de imaginar la cara que pondrá la persona o el grupo cuando sugerimos un itinerario, una propuesta de cambio, una ilusión vital diferente. Como las cámaras automáticas, no podemos dejar de obligarnos a...

¿Y YO POR QUÉ DEMONIOS TENGO QUE IR AL INSTITUTO?...

Vivimos días de efervescencia educativa (1). Una propuesta de nueva ley maltrata de manera burda la escuela catalana, vuelve a proponer la escuela de hace décadas, facilita que ricos y pobres no tengan que ir a la misma, acepta que chicos y chicas no deban compartir el aula, arrincona el pensamiento científico sustituyéndolo por los catecismos, etc. etc. Como mi tema son los adolescentes, sólo me referiré parcialmente a dos manías eternas, especialmente relacionadas con los chicos y chicas de la secundaria, que aparecen cada vez que se hace una “nueva” (en realidad cada vez más antigua) ley de educación: la modificación del currículum y la separación de los estudiantes buenos y malos lo más bien posible. Resulta casi obsesiva la discusión sobre donde colocar los Reyes Católicos o a Wilfredo el Peludo, si hemos de hablar de la literatura pasada o la del presente, de los teoremas imprescindibles, de la gramática inevitable. Insisten en reducir el fracaso y se apresuran a consolidarlo enviando a los alumnos que ponen en crisis el sistema a vías muertas que no conducen a otro destino que a la explotación laboral acelerada. Mientras tanto, los chicos y chicas adolescentes van a lo suyo. Soportan la escuela con grados de acomodación diversa y salen de ella con actitudes muy críticas sobre el lugar que el aprender más y el saber más tiene que ocupar en su vida. No parece que las leyes que van inventando piensen en cómo son los adolescentes que están en las aulas. Dan por supuesto que aquello que decretan será asumido, será posible enseñarlo, pasará a formar parte de su vida. Empiezan para considerar como verdad inamovible que tienen que ir a la escuela y que no hay que tener razones para estudiar. Pero, nada...