A Contracorriente

Como en cualquier ámbito de la intervención social, el elemento central y directo de la intervención es la persona. No obstante, dicha actuación tiene una intencionalidad y efecto indirecto sobre el entorno de dicho usuario, es decir, desde un abordaje sistémico, se tienen en cuenta los diferentes contextos interrelacionales. Cualquier proceso de intervención conlleva la elaboración previa de unos objetivos, los cuales, en el caso de los educadores sociales, deben ser a medio y largo plazo. A diferencia de otras profesiones, en las que los resultados tienen un carácter inmediato, el profesional de la educación, al intervenir en problemáticas de índole social, requiere de un proceso más prolongado para el logro de dichos objetivos. Este hecho puede provocar en el profesional cierto sentimiento de frustración, ya que no existen unas pautas generalizadas a todo tipo de problemáticas, con la dificultad añadida de que la “materia prima” con la que la que trabajamos son personas con realidades sociales muy diferentes e interiorizadas. Además, esta situación se ve agravada, ya que, teniendo en cuenta que el objetivo último del educador social es lograr una inclusión plena, deberíamos ser conscientes de que, como profesionales, navegamos “a contracorriente” de un sistema que, en su nivel macrosistémico, genera exclusión, dificultando el logro de dicho objetivo. Las experiencias previas, prejuicios y actitudes del educador social tienen una importante influencia a la hora de desempeñar su labor. De hecho, en base a éstas y a lo que en él suscite la persona con la que vaya a intervenir, determinará la direccionalidad de sus acciones. Aquí es donde se pone a prueba la capacidad del educador para “atravesar” la fachada de la persona y, por consiguiente, llegar al origen del problema. Para que el educador adquiera esta competencia debe “vaciarse de sí...