Jimmy

Decidimos hacer una obra de teatro sobre las guerras y en concreto sobre la “sinrazón” de las mismas. El estreno sería la segunda semana de febrero dentro de la semana de la cultura que se organizaba todos los años en el instituto. Yo estaba emocionado con la idea de representar la obra. He de decir que en cuanto me ponía a pensar sobre mi nula experiencia en la dirección, el miedo se apoderaba de mí. Pero aún existiendo esa lucha en mi interior, la motivación iba creciendo a medida que avanzaba el proceso creativo. No en vano, aproveché el grupo de manualidades para diseñar un mural junto a ellos y ellas y también colaboraron en la confección del vestuario a base de materiales “nobles” como el cartón, las bolsas de basura y la cartulina. El grupo de teatro me sirvió para reflexionar sobre la violencia, sobre el conflicto y sobre las soluciones alternativas. Pensando con el grupo de manualidades sobre el tema del mural, Damian, un niño pelirrojo que tenía familia en Gernika, nos propuso como tema el cuadro de Picasso que precisamente se titulaba así (Gernika) en referencia a aquel fatídico bombardeo. No hubo discusión alguna y todo el mundo estuvo de acuerdo. Nada más salir, en cuanto llegué a casa, imprimí varios modelos del cuadro completo y de partes concretas para que nos sirvieran de modelo. El 11 de Febrero, el tema central de la Lista de Schindler se colaba entre las butacas pobladas de alumnado en plena algarabía, el salón totalmente a oscuras, sólo se escuchaba el rozar de telas tras el telón que subía ágil impulsado por el juego de poleas. En el escenario, una luz cenital, un único actor, que lentamente alzó el rostro… Entonces me di cuenta de...

¡Qué comience la función!...

-Hola Alex, soy Mike -Hola Mike -Acabo de estar con el padre de Jim. Un silencio pesado, denso como el aire que anuncia una tormenta, ocupó por un momento el espacio dejado por las palabras. -¿y qué tal ha ido? -Bueno, no ha ido mal, he comentado lo sucedido y hemos hablado de que las cosas no pueden quedar así. Le he explicado la propuesta de que Jim participe en las actividades que llevas y me ha dicho que va a hablar con él para que vaya desde hoy mismo, porque ¿hoy tenéis clases, no? -si, hoy tenemos, pero, y ¿Dónde le meto? -¿A qué hora empezáis? – A las cinco. – Bueno, y ¿qué te parece si le digo a Jim que se presente para hablar contigo a las cuatro y media?. Así quedáis de acuerdo en qué taller participará. Y eso sí, dile que si no quiere que se le expulsen, va a tener que acudir y funcionar y que el centro estará pendiente y a la mínima que falle, no se le pasará por alto. -Entendido, pero… -Quedamos en eso, seguimos hablando (Sin dejarme tiempo para pensármelo, colgó el teléfono, y por unos segundos me quedé con el auricular pegado a la oreja sin hacerme a la idea de que Mike ya no estaba al otro lado). Se supone que la medida que le iban a aplicar a Jimmy era más educativa que la expulsión y en eso estaba de acuerdo, ya que aunque llevaba poco tiempo en el centro, en la mayoría de los casos en los que un joven era expulsado, resultaba contraproducente. Además de perder el ritmo y el hilo de las clases, en vez de enfadarse, los jóvenes se lo tomaban como un premio. Lo único para...

¿Marrón u oportunidad?...

Tras la ventana, un sauce llorón se agitaba desprendiéndose de su carga de lágrimas verdes. El viento silbaba y a ratos agitaba la persiana recogida dentro de su caja. Jimmy mantenía la cabeza inclinada hacia abajo mirándome de reojo cuando me dirigía a él. Comencé presentándome como Educador Social, explicando que llevaba las actividades extraescolares del instituto y que mi objetivo en el mismo era ayudar, “echar un cable” a los jóvenes que estudiaban en el Instituto San Francis. La verdad es que por aquel entonces me resultaba muy complicado explicar en que consistía mi trabajo. Me sentía inseguro como el comercial que tiene que vender un producto del que no acaba de entender su razón de ser. Por un momento, el pequeño Jim respiro hondo y relajo los hombros, pero sólo un instante. Su mirada siguió perdida en algún lugar del barniz desgastado de la mesa. – ¿Me conocías Jim? – Si, te había visto por ahí… – y ¿qué te parece mí trabajo? – Bien. -¿Sabes por qué estas aquí? (Jimmy se encogió de hombros) – El orientador del instituto, Mike, está preocupado por ti. (Jim torció el gesto, incrédulo) – Varios profesores se han quejado a la directora de tu comportamiento en clase, e incluso hay sospechas de que consumes marihuana. – ¡Los profesores me tienen manía! ¡Hay otros que se portan peor y no les dicen nada! ¡Por fin me miraba! Tenía la cara tensa de enfado y los ojos le brillaban rebosantes de vida. – Yo no he venido aquí a juzgarte Jim, yo he venido aquí para ofrecerte mi ayuda. Sabes que si estas conmigo, el ambiente se relajará y podrás estar más tranquilo. (Volvió a bajar la mirada hacía el barniz desgastado con el gesto torcido) –...

Ese día ventoso de noviembre le conocí....

No sé si estaba escrito Jack, lo que si es cierto es que tengo la sensación de que, en este caso al menos, los diferentes profesionales que intervinimos no dimos en el clavo, no supimos abordar el caso de una manera conjunta y menos aún de una manera efectiva. Me acuerdo de que hablando un día con Taylor, el Educador Social que estaba al frente del centro joven de ocio y tiempo libre, me comentaba los tiras y aflojas del día a día con la juventud del barrio de la Polvorosa. Entre semana, el ambiente era más tranquilo, no era común que hubiera más de 15 jóvenes en el local poblando los distintos rincones equipados con ping-pong, futbolín, juegos de mesa, consola de videojuegos y media docena de ordenadores. Sin embargo, el fin de semana la cosa cambiaba, no sólo porque el número de jóvenes aumentaba considerablemente, no bajando de los 30 en cualquier momento de la tarde, sino porque los mismos que se mostraban dóciles y colaboradores entre semana parecían quitarse la máscara de ángeles, dejando al descubierto la parte revoltosa, y en algunos casos, incluso maquiavélica. Hacía pocos días, mientras Taylor y su compañera Alice apagaban cual grandes mediadores, la discusión entre dos jugadores de ping-pong, se oyó un gran estruendo fruto de la estampida de un grupo de jóvenes procedentes de la sala en la que estaba la videoconsola. Alice y Taylor salieron disparados en busca del origen del estruendo y se encontraron ante los sofás descolocados y vacíos de la sala. Frente a ellos, la televisión y la consola con la bandeja de los discos abierta. El videojuego había desaparecido, se lo habían llevado. En la sala momentos antes, había un grupo de cinco jóvenes entre los que estaba Jimmy....

Crónica de un delincuente anunciado...

Ya te lo dije Jack, este chaval era carne de cañón, se le veía venir de lejos. Recuerdas con 12 años, cuando fue detenido por los municipales tras abrir un Seat Ibiza con un cordón de zapato y darse a la fuga por medio del barrio de Santa Justa, dando volantazos a diestro y siniestro. En la fuga, acuérdate de que chocó con varios coches a los que dejó sendos arañazos y abolladuras. Todo el barrio estaba asombrado, asustado. No conocían aún a Jimmy, ese pequeño ser latiente y avispado, pelirrojo de nacimiento, de mirada profunda y gesto determinado. Cuando caminaba, siempre a cámara rápida por cierto, las fibras que forraban tirantes sus delgados huesos, se agitaban en un movimiento eléctrico cuál resecas cuerdas a punto de romperse. Al girar bruscamente a la derecha por la estrecha calle de San Paolo, las ruedas del Ibiza derramaron en un chirrido prolongado sus lágrimas de caucho sólo un momento antes de empotrarse de costado contra una farola, que se encajó en la puerta de detrás de Jimmy a dos palmos de su espalda. El estruendo fue profundo, seco… Los municipales frenaron a fondo, salieron del coche patrulla y aún aturdido, lo metieron esposado en la parte trasera del Peugeot 307. No fue la última vez que se sentó en el blando y pegajoso asiento trasero de una patrulla. En el cuello asomaba un morado que ya no le dolía como hacía un rato. Jimmy vivía en el barrio de la Polvorosa en un piso de 73 m2 con sus padres y su hermano pequeño. Sus padres eran alcohólicos desde antes de nacer él. De hecho, durante el embarazo la madre nunca dejó de beber. Pero Jimmy aún así, salió adelante, siempre con un peso y medida...

Mientras degusto un té con aroma a Educación Social…...

El aroma intenso y pegajoso de un té verde de caramelo y canela, junto con el sol cegador de la mañana me trasladan a otro lugar, me distancian de la realidad por un momento… Las merecidas vacaciones están cerca y de sólo pensarlo se me acelera el corazón y se agita mi respiración.,, Ahora que yazco en esta incómoda silla de madera restaurada, parece como si de improviso, todo el peso del “curso” de trabajo se me viniera encima de una vez. Pararse a olfatear, mirar atrás, recordar, degustar, mirarse los pies, las manos, mirar con la vista perdida un horizonte borroso, escuchar hacia dentro, sentir hacia afuera… Mientras respiro hondo, recojo trazos de lo ocurrido y voy recortando los momentos que considero más importantes para formar un vivido “Collage”. Pararse, es… Muchas cosas han ocurrido en distintos niveles de este edificio en continua construcción en él que habito. Por un lado, el proyecto en el que estoy implicado como Educador Social ha tomado un camino comunitario muy interesante. No en vano, hace tiempo que veo necesario volver al trabajo comunitario y más que nunca apostar por el trabajo en red. Quizá haya quien en este momento me tache de utópico, yo me adelanto y me confieso Utópico, realista y hormiga. Aunque mi idea era anterior a la irrupción de la “crisis”, qué duda cabe que es ahora en esta situación de pérdida de derechos y de aumento del riesgo de exclusión en la población, que resulta más necesario tejer redes que salven del golpe a cuantas más personas mejor. Esta sociedad nos ha empujado irremediablemente al precario equilibrio del individualismo más extremo, asentado éste en el tener más que en el ser, abocándonos a una soledad de espíritu que algunos intentan usar para...