el video mató a la estrella de la radio...

Ya los Buggles en aquel célebre año 1980, vaticinaban lo que se venía intuyendo. Las herencias del fordismo, como bien apostillaba el observador social Raúl Castillo, se irían apoderando poderosamente sobre la artesanía e incertidumbres del servicio social y la atención a personas en situación de vulnerabilidad. La industrialización frente al humanismo, la tecnocracia contra la ciudadanía, el futuro frente al pasado. Parecen tiempos donde libramos una batalla cruenta, entre las distintas logias de lo social. Cuando no es contra el trabajo social, es la psicología, cuando no la integración social o el magisterio. Poca memoria tenemos, para reconocer que la educación social, somos un poco de todas. Menos veces es con y muchas más, frente a. El cainísmo corporativo en estado puro. Es una guerra de poder, me dicen algunos compañeros. Puede ser, pero me niego a librarla. Defenderé la profesión de la educación social porque lo merece, porque es un trabajo igual de digno y reconocido que cualquier otro. Porque mientras desarrollo la profesión, me desarrollo a mismo, mis cualidades y mis condiciones laborales y las de mis colegas. Son tiempos oscuros siguen lamentándose algunos, mientras permanecen inertes viendo caer los acontecimientos. Cada vez más los encargos institucionales son meramente elementos de control social, basados en la cuantificación de los datos y las memorias, mientras deshumanizamos a los individuos. Son programas testarudamente trazados desde la tecnocracia para dotar de argumentos las políticas de aquel u otro signo. Investigaciones sociológicas mayormente, pasadas por el tamiz del ministerio de hacienda correspondiente, testadas con rigor y contrastadas por el mundo académico. Servicios, ayudas y programas para la gente, pero sin la gente. Desde la educación social, tanto científica como la que se elabora de manera artesanal, aún nos queda mucho discurso, cada vez más, por...