PROTOCOLOS: Una silenciosa máquina de abandono social. I...

Aurelia tiene 64 años y reside en un centro para personas mayores. Aquejada de unas dolencias, es trasladada en ambulancia al centro hospitalario de Úbeda (Jaén). Hasta allí es acompañada por una profesional de dicha residencia, quien realiza la gestión pertinente de entrada en el registro de Urgencias de dicho centro. 12 horas más tarde, Aurelia fallece: tumbada en una camilla de las Urgencias hospitalarias, sola, sin ser atendida, “ni localizada”. La triste noticia se asoma en estos días de felicidad artificiada, donde los reencuentros familiares y ejercicios de solidaridad composturado, van casi de la mano. Mientras los procedimientos judiciales deberán arrancar para dar respuesta a nuestra mecánica institucional, la reflexión moral y social necesaria, parece abocada a la afrenta exculpatoria, cuando no al escapismo más despreciable. No nos engañemos, desde el conductor de la ambulancia, hasta el personal residencial acompañante, la dirección de dicho centro, el personal administrativo sanitario de urgencias, pasando por el personal médico : celadores, auxiliares, enfermeros o médicas hasta los órganos rectores hospitalarios llegando incluso a los responsables políticos de Sanidad (autonómicos y estatales) , nadie absolutamente tendrá un llanto o motivo de autocrítica por la perdida de Aurelia. La más que (re)probable acción reflexiva recurrente, será la de definir cartográficamente en que eslabón de la cadena procedimental o protocolaria, tuvo lugar la fatídica disfunción por la cual Aurelia, permaneció sola y doliente en un centro sanitario durante medio dia. O como pérfida y castizamente relata nuestra literatura popular autóctona, puede sonarnos a aquello de entre todos la mataron y ella sola se murió. No es un caso aislado, por mucho que los procedimientos y protocolos que inundan nuestra geografía, hayan tenido a bien, solventar cientos o miles de problemáticas y casuísticas sociales o humanitarias. Son las formas, idiota....

De Hermano Mayor a Proyecto Bullying. Parte I...

Transcurría la sesión de forma dinámica e interactiva. En ocasiones, los profesionales de la educación social, al no estar muy en contacto con la academia o el arte de la docencia en la misma, podemos cometer la imprudencia apriorizada, de recrear cierta ensoñación y proyectarla como un lugar idílico, espacio de encuentro y reflexión, adalid del conocimiento…Y si, pero en otras ocasiones, no. Es un grupo de alumnas y alumnos de 1ero, con unas ganas fervientes de morder el hueso del asfalto y embarrarse en la acción socio-educativa. Agradecido por esa parte de disfrute mutuo, nos acercamos a una joven entusiasta, serena aunque algo cohibida y casi sin intercambiar cuatro palabras, logro arrancárselo de cuajo: “Yo ansío ser educadora social, gracias principalmente al programa de Hermano Mayor”. Puñetazo al mentón, seco. Sin poder esquivarlo aunque con una buena retahíla de argumentos para invitarla a reflexionar. Más tarde, desde el reposo de la escalinata junto al estrado, lo encuentro muy respetable y profundamente honroso. En sus gestos y palabras denoto convicción, ideales, actitud. Valores tan o más valiosos que los recurrentes vocación, militancia, transformación o acompañamiento. Despejo el envoltorio efectista del reality, e intentó adentrarme en su más allá. En la raíz de su mirada social, tan apreciativa como la de muchas y muchos compañeros que comparten su aula y pronto, profesión. ¿Que le habrá removido? ¿Cómo se sitúa frente a su futura profesión? ¿Porque escoge ese elemento referencial? Mucho se ha hablado y dicho del mencionado programa de telerealidad en el mundo socio-educativo. Principalmente para dejar constancia de un malestar generalizado, motivado por la hipotética perversión de la práctica socio-educativa a través de la visualización televisiva de la misma. Es cierto que las prácticas desarrolladas traslucen infinidad de teatralizaciones, pero también lo es que...