¿Marrón u oportunidad?...

Tras la ventana, un sauce llorón se agitaba desprendiéndose de su carga de lágrimas verdes. El viento silbaba y a ratos agitaba la persiana recogida dentro de su caja. Jimmy mantenía la cabeza inclinada hacia abajo mirándome de reojo cuando me dirigía a él. Comencé presentándome como Educador Social, explicando que llevaba las actividades extraescolares del instituto y que mi objetivo en el mismo era ayudar, “echar un cable” a los jóvenes que estudiaban en el Instituto San Francis. La verdad es que por aquel entonces me resultaba muy complicado explicar en que consistía mi trabajo. Me sentía inseguro como el comercial que tiene que vender un producto del que no acaba de entender su razón de ser. Por un momento, el pequeño Jim respiro hondo y relajo los hombros, pero sólo un instante. Su mirada siguió perdida en algún lugar del barniz desgastado de la mesa. – ¿Me conocías Jim? – Si, te había visto por ahí… – y ¿qué te parece mí trabajo? – Bien. -¿Sabes por qué estas aquí? (Jimmy se encogió de hombros) – El orientador del instituto, Mike, está preocupado por ti. (Jim torció el gesto, incrédulo) – Varios profesores se han quejado a la directora de tu comportamiento en clase, e incluso hay sospechas de que consumes marihuana. – ¡Los profesores me tienen manía! ¡Hay otros que se portan peor y no les dicen nada! ¡Por fin me miraba! Tenía la cara tensa de enfado y los ojos le brillaban rebosantes de vida. – Yo no he venido aquí a juzgarte Jim, yo he venido aquí para ofrecerte mi ayuda. Sabes que si estas conmigo, el ambiente se relajará y podrás estar más tranquilo. (Volvió a bajar la mirada hacía el barniz desgastado con el gesto torcido) –...

Ese día ventoso de noviembre le conocí....

No sé si estaba escrito Jack, lo que si es cierto es que tengo la sensación de que, en este caso al menos, los diferentes profesionales que intervinimos no dimos en el clavo, no supimos abordar el caso de una manera conjunta y menos aún de una manera efectiva. Me acuerdo de que hablando un día con Taylor, el Educador Social que estaba al frente del centro joven de ocio y tiempo libre, me comentaba los tiras y aflojas del día a día con la juventud del barrio de la Polvorosa. Entre semana, el ambiente era más tranquilo, no era común que hubiera más de 15 jóvenes en el local poblando los distintos rincones equipados con ping-pong, futbolín, juegos de mesa, consola de videojuegos y media docena de ordenadores. Sin embargo, el fin de semana la cosa cambiaba, no sólo porque el número de jóvenes aumentaba considerablemente, no bajando de los 30 en cualquier momento de la tarde, sino porque los mismos que se mostraban dóciles y colaboradores entre semana parecían quitarse la máscara de ángeles, dejando al descubierto la parte revoltosa, y en algunos casos, incluso maquiavélica. Hacía pocos días, mientras Taylor y su compañera Alice apagaban cual grandes mediadores, la discusión entre dos jugadores de ping-pong, se oyó un gran estruendo fruto de la estampida de un grupo de jóvenes procedentes de la sala en la que estaba la videoconsola. Alice y Taylor salieron disparados en busca del origen del estruendo y se encontraron ante los sofás descolocados y vacíos de la sala. Frente a ellos, la televisión y la consola con la bandeja de los discos abierta. El videojuego había desaparecido, se lo habían llevado. En la sala momentos antes, había un grupo de cinco jóvenes entre los que estaba Jimmy....