La frustración de los Súper Padres

“Los padres, cada vez más fieles a sus hijos, a medida que el ideal de pareja declina, parecen identificar a éstos como sus salvavidas y, al mismo tiempo, los hijos les generan angustia y miedo a equivocarse y a no cumplir con su parentalidad positiva que se les recomienda (burn-out parental)” (Ubieto y Pérez, 2018) A más manuales en papel o en PDF, a más micro píldoras en formato vídeo, a más escuelas de madres y padres, a más revistas especializadas en crianza, a más recursos, en definitiva, para facilitar la tarea educativa, ¿más presión para unos padres que buscan alcanzar una especie de ideal de perfección que, como no puede ser de otra manera, a menudo choca con la cruda realidad? Evidentemente, no es, per sé, algo negativo la existencia de este tipo de materiales. Siempre puede venir bien, en un momento de duda, acudir al elemento que sea para tratar de resolver lo que nos acucia. Son muchos y muy buenos los recursos que tenemos disponibles las madres y padres para consultar que nos ayuden a mejorar la relación con nuestros descendientes, cómo comunicarnos mejor con ellos y ellas, etc… el problema está en seguir a pies juntillas todo lo que en ellos aparezca y en que, como materiales genéricos que son en su gran mayoría, pueden caer en una homogeneización que no atiende la peculiaridad o subjetividad de cada niño o niña y de sus familias. Mi hijo no tiene por qué responder de la misma manera que la tuya ante un mismo acicate, ante una misma motivación… habrá críos que requieran de un mayor seguimiento y otros que necesiten más libertad de movimientos, etc… puede sonar de perogrullo pero incluso hasta las tendencias educativas más progresistas, co-educativas o lo que sea que está ahora de moda, cuando se imponen en cierta forma, no atienden, en ocasiones, a estas subjetividades y, lo que es peor, las madres y padres tomamos lo que se dice como las Sagradas Escrituras y, por tanto, nos cuesta ver o identificar lo que nos puede venir a nosotros mejor, sobre todo cuando contradice al gurú de turno. En ese sentido, ser sujeto pasivo o exclusivamente receptor de pautas y orientaciones, espectador acrítico, que compra todo lo que recibe y, en consecuencia, trata de ponerlo en práctica porque es lo que toca, porque ahora lo que se lleva es super padre, super madre… ¿qué puede ocasionar cuando la aplicación de las doctrinas asumidas como lapidarias no generan los resultados esperados? Y es que no podemos olvidar que pese a que haya una ciencia o disciplina que respalde y que enmarque la práctica educativa (la Pedagogía) y muchas corrientes adyacentes e influenciadas desde otros ámbitos científicos, la aplicación de muchos de sus preceptos teóricos no es equivalente a lo que ocurre, por ejemplo, con las matemáticas. Es ante esta evidencia, cuando, muchas veces, a las y los profesionales nos toca atender a la desesperación o, mejor dicho, a la frustración de los padres y madres suscritos a los mejores canales educativos de Youtube, activos seguidores de todos los preceptos marcados desde el sancta sanctórum de la parentalidad positiva, etc… cuando se encuentran con que los actos que aplican siguiendo las pautas administradas por los popes pedagógicos no tienen efecto en sus vástagos. Es ahí cuando nos toca volver a recordar que, muchas veces, ejercer la tarea educativa implica asumir el ensayo-error; cuando toca, de hecho, animar a los padres a equivocarse y animar a los padres a que animen a sus hijos a equivocarse. Y es que el problema en todo esto es que, quizá por las mencionadas influencias (parece que a veces ofrecidas en un precioso packaging, vendidas como el remedio para todos los males de crianza… ¿acaso los inabarcables tentáculos capitalistas tocan también el ámbito de lo educativo?) parece que los padres y las madres perseguimos el ideal de perfección que,...

HOGARES QUE HABLAN

De cómo un educador sonríe satisfecho tras las paredes de una habitación Permítanme que abra esta nueva ventana, reciclando el titulo de la honorable página fotográfica (o debería decir literaria?) de nuestro hermano educabloguer, @lucce. Un portal filosófico, de barrio y coloquial, que nos recuerda una máxima en estos tiempos de mass media: la fuerza de la palabra. El hogar lleva una temporada larga de buenaventura. No quita, como en las mejores familias, incluidas los clan de los Pantoja o los Pujol, que tengamos alguna diferencia, disconformidad o desliz convivencial, amén de los diez residentes particulares y el séquito adulto que los acompaña. “El único rato en el que estoy de vicio en mi casa es cuando estoy solo (sin mujer ni hijas). Y a veces me planteo enfadarme¡¡¡¡” exalta un compañero educador, mientras analizamos la (in)convivencia semanal. Tras años de grupos, residentes, familias y sujetos de intervención, queda evidenciado que uno de los puntos fuertes y clave del futuro éxito en la acción socio-educativa es la comunicación. Inclinándome más por el exceso que por su defecto. Hablarnos y hablarnos mucho. Luego ya habrá tiempo de desmenuzar y escudriñar cuestiones más relevantes e ir a los aspectos clave de una u otra intervención, la consecución de uno u otro objetivo. Y si encima, logramos que esa comunicación se genere y dinamice mayormente dentro del contexto del propio grupo de residentes, ya les adelanto que chapeau. La etapa relacional, empieza desde un punto óptimo de partida. Comunicación entre iguales, aún siendo muy diferentes. Andrés es un infante de 13 años de edad. No quiere hacerse mayor (para no sufrir más?) y encima su desarrollo fisiológico tampoco le ayuda. Juega a cromos, juguetes y enseres de cada moda, mientras sus iguales levitan al paso de una...