“INTERVENCIÓN COMUNITARIA CON ADOLESCENTES Y FAMILIAS EN RIESGO”. Rosa Santibañez, Ana Martínez (Coords.) (GRAO, 2013)...

“¡Bajo, bajo!. Pero vosotr@s también ¡subid, subid!” Rosa Santibañez Ni una, ni dos, quizás tres o más veces nos ha referido esta máxima la siempre locuaz e intuitiva doctora en Pedagogía, a los educadores sociales que compartimos con agrado y gratitud momentos o espacios universitarios del ámbito que nos ocupa. El origen de la misma, es bien conocida por tod@s los profesionales de la acción social: De cómo al mundo universitario aún le cuesta enredarse en la práctica profesional más cotidiana y los educadores sociales vuelcan sus resistencias hacía la teoría y su producción metodológica. Generalizando muy mucho: la Universidad que no baja al asfalto y los profesionales que no suben al ámbito de la investigación y la elaboración de conocimiento. Esta obra desarrollada en 10 capítulos o proyectos, están encuadrados a su vez en tres grandes bloques bien diferenciados: Políticas de intervención, Aproximación teórica y un marco Práctico. El libro, se puede y debe resumir en varios conceptos que a priori, parecieran ser admitidos por todos los actores de la acción social y que sin embargo, en muchas ocasiones son destinados a un segundo plano por su profundidad o son sobreentendidos y asimilados sin el necesario análisis, evaluación y reconstrucción posterior . Términos como Ciudadanía, trabajo Comunitario, Participación, Buenas Prácticas, Resiliencia, cambio, vínculo, trabajo en Red: concepción sistémica o ecológica, barrio y ciudad educadora, etc. son algunos ejemplos del maravilloso universo teórico (si) y práctico (por supuesto) que en él se desarrolla. La única falta de receptividad achacable, tiene que ver con algunos pasajes o momentos circunscritos a proyectos de marcado acento institucional y gubernamental, con organizaciones (macro y micro) que con buena intención tratan de desarrollar las ideas madre de su sentido u orientaciones, pero que por momentos abusan de la excesiva...

DESFILADEROS

Una de las características más recurrente en las profesiones derivadas de las Humanidades, es el material sensible con el que trabajamos. Las personas, particularidades e individualidad de cada sujeto, concentran en un único organismo distintos planos, que van desde un sinfín de oportunidades y potencialidades a un complejo abanico relacional de excepcional sensibilidad. Ambos mundos conviviendo interrelacionados. Acompañar y recorrer el camino a través del trecho constructivo, será parte del éxito en ese proceso personal (sujeto) y profesional (educador/a social). Cuando el trabajo en red es productivo y parte de voluntades eficaces por las piezas que lo integran, los educadores somos de los primeros en remar junto a otros profesionales de intervención directa, traspasando incluso nuestras propias competencias. En acogimiento residencial, tenemos a bien responsabilizarnos de la protección a la infancia y juventud en situación de dificultad familiar. Pero si queremos alcanzar buena parte de los objetivos planteados con cada sujeto protegido, es inconcebible no hacerlo en connivencia con la familia. Como aún no se ha inventado el proyecto donde la familia, como institución, pueda formar parte integra del recurso de acogimiento, es el educador en este caso, quien se propone traspasar la frontera y reconocer la parte más íntima y humana de nuestro joven residente: el hogar familiar. La trabajadora social coordinadora del caso, acepta de buena gana la adhesión, reforzando de esta manera una visión conjunta de la situación y las posibles soluciones a devolver. Si, si, ya se que me dirán que existen los educadores familiares, comunitarios o de medio abierto que se ocupan mas directamente de ese espacio socio-educativo. Que previamente se vino haciendo un recorrido histórico con esa familia (trabajadores sociales, psiquiatras, profesores….), pero que por un motivo u otro, acabó con la salida del niño del ámbito familiar,...

Crónica de un delincuente anunciado...

Ya te lo dije Jack, este chaval era carne de cañón, se le veía venir de lejos. Recuerdas con 12 años, cuando fue detenido por los municipales tras abrir un Seat Ibiza con un cordón de zapato y darse a la fuga por medio del barrio de Santa Justa, dando volantazos a diestro y siniestro. En la fuga, acuérdate de que chocó con varios coches a los que dejó sendos arañazos y abolladuras. Todo el barrio estaba asombrado, asustado. No conocían aún a Jimmy, ese pequeño ser latiente y avispado, pelirrojo de nacimiento, de mirada profunda y gesto determinado. Cuando caminaba, siempre a cámara rápida por cierto, las fibras que forraban tirantes sus delgados huesos, se agitaban en un movimiento eléctrico cuál resecas cuerdas a punto de romperse. Al girar bruscamente a la derecha por la estrecha calle de San Paolo, las ruedas del Ibiza derramaron en un chirrido prolongado sus lágrimas de caucho sólo un momento antes de empotrarse de costado contra una farola, que se encajó en la puerta de detrás de Jimmy a dos palmos de su espalda. El estruendo fue profundo, seco… Los municipales frenaron a fondo, salieron del coche patrulla y aún aturdido, lo metieron esposado en la parte trasera del Peugeot 307. No fue la última vez que se sentó en el blando y pegajoso asiento trasero de una patrulla. En el cuello asomaba un morado que ya no le dolía como hacía un rato. Jimmy vivía en el barrio de la Polvorosa en un piso de 73 m2 con sus padres y su hermano pequeño. Sus padres eran alcohólicos desde antes de nacer él. De hecho, durante el embarazo la madre nunca dejó de beber. Pero Jimmy aún así, salió adelante, siempre con un peso y medida...