Ese día ventoso de noviembre le conocí....

No sé si estaba escrito Jack, lo que si es cierto es que tengo la sensación de que, en este caso al menos, los diferentes profesionales que intervinimos no dimos en el clavo, no supimos abordar el caso de una manera conjunta y menos aún de una manera efectiva. Me acuerdo de que hablando un día con Taylor, el Educador Social que estaba al frente del centro joven de ocio y tiempo libre, me comentaba los tiras y aflojas del día a día con la juventud del barrio de la Polvorosa. Entre semana, el ambiente era más tranquilo, no era común que hubiera más de 15 jóvenes en el local poblando los distintos rincones equipados con ping-pong, futbolín, juegos de mesa, consola de videojuegos y media docena de ordenadores. Sin embargo, el fin de semana la cosa cambiaba, no sólo porque el número de jóvenes aumentaba considerablemente, no bajando de los 30 en cualquier momento de la tarde, sino porque los mismos que se mostraban dóciles y colaboradores entre semana parecían quitarse la máscara de ángeles, dejando al descubierto la parte revoltosa, y en algunos casos, incluso maquiavélica. Hacía pocos días, mientras Taylor y su compañera Alice apagaban cual grandes mediadores, la discusión entre dos jugadores de ping-pong, se oyó un gran estruendo fruto de la estampida de un grupo de jóvenes procedentes de la sala en la que estaba la videoconsola. Alice y Taylor salieron disparados en busca del origen del estruendo y se encontraron ante los sofás descolocados y vacíos de la sala. Frente a ellos, la televisión y la consola con la bandeja de los discos abierta. El videojuego había desaparecido, se lo habían llevado. En la sala momentos antes, había un grupo de cinco jóvenes entre los que estaba Jimmy....