LA ABUELA

Paseo por la ciudad sin rumbo fijo. Un museo a mi derecha, me provoca e invita a adentrarme en sus salas con la visita de Goya, y unos lienzos de la nobleza vizcaina de siglos pasados. Con una Mirada profunda, quizás aviesa, una mirada atrevida y sociológica, con un toque vouyeaur; en definitiva una Mirada edusa. Antes de entrar, me recreo en el cuidado de una señora de avanzada edad y lo que seguramente fuesen sus dos nietos. Con serenidad, con cariño y sobre todo, incondicionalidad. Pienso en la estampa y me retrotraigo a mi cuasi prolongada trayectoria profesional: ¿ cuantas abuelas has llegado a conocer en este oficio ? ¿qué labor personal y familiar desempeñan en contextos de desprotección de sus descendientes? ¿por qué ellas y no otros/as? Brotan en mi, decenas de sensaciones y recuerdos, mayoritariamente constructivos, de orgullo y reconocimiento. Abuelas, otrora madres, que en su dia tuvieron que lidiar y convivir con desajustes convivenciales, luchar contra buena parte de consumos y formas de vida libertarias que iban corroyendo tanto la economía familiar como la salud de sus protagonistas. Madres coraje con escasos recursos, que hacían valer sus escasos conocimientos existenciales para intentar sacar adelante un hogar humilde, trabajador y en el mayor de los casos, migrante y desarraigado. Hijos de un contexto industrial en declive y unas ciudades en construcción donde la sostenibilidad o el bienestar y calidad de vida, no estaban entre sus prioridades. Esos hijos/as libertarios, algunos acuciados/as por hábitos poco saludables, acabarían siendo padres y madres, en un momento existencial en el que muchos/as de ellos/as estaban más preparados/as para ser cuidados que para ejercer de cuidadores/as. Hijos/as que creerían poder compatibilizar el estatus juvenil y la vida de ocio nocturna ( incluso diurna) con un minimo de desarrollo parental. Al poco tiempo, siguiendo el mantra determinista al que se ven abocados, acabarían cediendo su responsabilidad. Ahí retoman las abuelas. Madres de otras madres y padres, que habiendo transitado por desiertos y penurias familiares o sociales, no cejan en su caracter vital y recogen a sus retoños con las mejores intenciones. A los padres ausentes, se les suman muchas veces abuelos ausentes. O fallecidos por preteritas condiciones insalubres o ahuyentados por más responsabilidades y su incapacidad para la crianza, no se les oye, ni ve, en esas nuevas organizaciones familiares. A ellas, si. Ellas salen, ellas buscan, ellas luchan, piden ayuda, sobreviven con pensiones de viudedad o pequeñas contributivas; y se empeñan en acoger a esos nuevos mochuelos hacía su nido. Las abuelas suelen ser la mejor representación protectora en el ámbito de la infancia y juventud, anótenlo. Si estuviera en mi mano, propondría la inclusión de una figura profesional como esta, en todos los centros, hogares e instituciones protectoras. Humanizaríamos mucho más los recursos residenciales. Dedicado a mis dos ejemplos y sacrificios de vida: mi abuela Toña y mi abuela...

LA SERVILLETA

Corría el año 2001, cuando toque aquel timbre. Sonaba añejo y tintineante, pero funcionaba a la postre, que era al final su cometido. Subí en ascensor hasta la segunda planta de un edificio sesentero, con alicatados cañí. Me esperaba un matrimonio, pareja de educadores que me abrían su espacio y hábitat natural de sus últimos lustros. A partir de allí, todo lo demás ya casi se lo he ido contado en este otro ciber-habitat de lo social. Este año se descifró uno de los grandes enigmas de la humanidad, nuestro código genético. Con el ADN humano en las manos de los poderosos lobbies farmacéuticos, ya avecinábamos el fin de la especie. No estamos aún a salvo, pero al menos los ecos de la extinción o manipulación genética, han dejado paso a otra serie de confabulaciones. En Septiembre el mundo occidental se tambaleaba en torno a dos edificios colosales. Caían los símbolos del imperialismo, de una cultura occidental incrustada a martillo por todos los rincones del mundo y se detentaba una obviedad: la fragilidad del ser humano (víctimas) y la vileza del mismo (verdugos). También se destapaban grandes escándalos de la iglesia católica a través de los abusos sexuales, sin saber como ni quien pudiera poner fin a esos delitos contra la libertad de las personas y más concretamente la de los/las niños/as. Recuerdo un hogar al que hoy día tildaría de austero, cómodo y enormemente acogedor. Un grupo de niños/as encantadores, con miradas tristes, entremezclados entre razas, etnias y culturas. También recuerdo como se asomaba el humor de manera cotidiana, con fluidez y ganas de reírnos de nosotros mismos antes que de los demás. No negaremos que también hubo momentos delicados para algunos chicos, dificultades convivenciales motivadas por el simple y honroso hecho de...