educadoras/es sociales: Agentes formadas/os...

Llega el verano y con el, nos asomamos a viejas liturgias universitarias, que también se desarrollan en nuestro ámbito profesional como es la educación social y no por menos, merecen ser detalladas. La primera trata sobre la ya tradición medieval de los actos de graduaciones universitarias, más tarde teatralizadas por la cultura popular estadounidense. Colofón a un ciclo de varios años de formación, de compañerismos, de sensaciones, de aprendizajes, de vivencias; todo ello edulcorado de cierta impulsividad juvenil y desasosiego por un futuro laboral próximo. Tópicos al margen, la educación social y las facultades de Ciencias de la educación de este país en su inmensa mayoría, se han sumado a este pequeño ritual académico, y a su favor he de decir, que además de preciosos y elaborados discursos estudiantiles, me enorgullece ver como los salones de actos se llenan y los familiares en particular (la sociedad en general) van acercándose a este mundo de la profesión, aunque sea en sus primeros pasos. Esto también es hacer educación social y visibilizarla, no lo olviden. Cientos de graduadas y graduados que incluso en estos meses de Junio y Julio se replantean si plantarse y adentrarse en la selva laboral en búsqueda de una oportunidad o por el contrario, alargar un poco más esta formación con un Master, dada la diversidad de enfoques y circunscripciones que sobrevuela la ya mencionada, y poder así especializarse en alguna de ellas, más concretamente. Cerca de 1.000 graduados/as, han debido acabar su formación este año 2017. Y por esa misma puerta de entrada a dichas facultades, se van adentrando aún timoratos las primeras matriculaciones del nuevo curso. Otros 1000 jóvenes (y no tan jóvenes) se amontonan en las secretarias de centro y salas de ordenador para poder iniciar su andadura por...

Va por usted, maestro...

Entraste por la puerta el primer día arrasando, como si de una StartTv se tratara. Una chaqueta a cuadros, algo vetusta y bastante más usada de lo que aparentaba, te envolvía ese cuerpo algo encorvado y zambo. Pero esa mirada traviesa, segura de si misma y de lo que allí acontecería en los próximos meses, vacilaba sin descaro en tu subida al estrado. Tenías el partido ganado, antes de empezar a rodar la pelota socioeducativa. Con un puñetazo al estomago y un zarandeo a nuestras sienes. Así empezabas cada clase, cuando cogías aquel trozo de tiza y anotabas en la pizarra sin mediar palabra, una de tus frases sentenciadoras. Los críticos más avezados, pronto descubrieron que buena parte de tu cosecha, la recolectabas en el por aquel entonces desconocido Mario Benedetti. “Como es imposible dar gusto a todo el mundo, he optado por lo más difícil: dármelo a mi mismo” “Al inadaptado, más que sus palabras, escucha sus silencios” “Empatía¡ Empatía, señoras/es¡¡¡¡” Te siguieron lloviendo críticas feroces por parte de los estudiantes más tecnócratas, los funcionarios de la futura acción social que en calidad de escribanos, cazaban al vuelo cientos de palabras. Daba igual que fueran inconexas o hablasen de la física cuántica, ellos querían sus apuntes. Esas extravagancias literarias que tú osabas robarles jornada tras jornada, con aquel desdén muy tuyo. Entre dandy norteamericano de los setenta y un postlandismo vascongado. Fuiste pionero en una metodología mucho más arriesgada y valiente. Provocadora y a contracorriente: nos enseñaste a pensar, a (re)pensarnos. A destruir nuestros prejuicios y conceptos y reconstruirlos de nuevo. Eras un provocador sin igual, desorganizado, anárquico y extremadamente inteligente. Porque lo que no sabíamos la plebe, era que tú lo tenías todo controlado. Tú eras la jugada maestra y la linterna...