Autor Iñigo

enero 17, 2007

Jóvenes en la CalleCuando digo a qué me dedico, tanto adultos como jóvenes me miran con cara de extrañeza y frunciendo el ceño. “¡Ah, sí, educador de calle!». Se quedan como en fuera de juego y si no fuese un poco perspicaz y a continuación no les explicase en qué consiste, las palabras educador de calle serían borradas de sus mentes por la acción natural del tiempo.

No me extraña que pase esto, partiendo de que yo mismo me veo muchas veces en dificultades para explicarlo de una manera comprensible y coherente.

Me imagino que incluso la conciencia de ser educador de calle tendrá múltiples matices en relación a que persona sea o interprete dicho hecho y sentimiento.

Porque para mí, en primer lugar, hay que sentirse educador de calle, no basta con que nos pongan una etiqueta como a un abrigo en las rebajas. Yo me siento como tal y, siendo así, tengo una manera de ser y hacer, sobre todo respecto a mi trabajo.

En este sentido, ser educador de calle, en mi opinión, viene marcado, como su propio nombre indica, por el mero hecho de trabajar en la calle, en el medio abierto. La mayor parte de la gente tiene un lugar concreto con el que identificar su puesto de trabajo, pero en nuestro caso, el lugar de trabajo está más indefinido, es la calle. Hay gente que bromea sobre este hecho, pero no más allá de vaciles más o menos respetables.

La calle dicta su ley, es decir, en la calle, no tenemos un ordenador o un cubículo en el que escondernos; en la calle estamos desnudos ante la realidad, en primera línea, a cara descubierta y no somos quienes ponemos las normas.

Teniendo en cuenta tal hecho, no resulta extraño que muchos profesionales sientan verdadero vértigo a la hora de trabajar en este ámbito. No en vano, mi percepción es que hoy en día es un trabajo que se está dejando en un segundo plano, a favor de un trabajo más institucionalizado a la vez que más alejado de la realidad de nuestros/as jóvenes.

Pero, dejando a un lado los miedos y prejuicios sobre la educación de calle, quiero decir, con el altavoz que me brinda este blog, que una vez superada esa valla del miedo a enfrentarse a la desnudez e indefensión de la calle, es mucho más lo que introducimos en nuestra mochila de la experiencia de lo que muchos profesionales de un rango ‘supuestamente’ superior introducirán en la suya en toda su vida laboral.

Estando con las cuadrillas de chavales y echando la vista atrás, ajusto mis catalejos, y veo cuanto me han dado. Veo que no sólo conozco su realidad, sino que la siento, veo que tengo una plena empatía con sus problemas y sentimientos y si sigo ajustando los prismáticos, al final, me veo a mí mismo con los miedos y las dificultades de los inicios y con una mochila llena de conocimientos teóricos y prejuicios.

Sólo alguien que haya sido educador de calle podrá entender completamente mis palabras. En definitiva, ser educador de calle es estar lo más cerca de un/a joven de lo que cualquier profesional pueda imaginar.

Educadores de calle: os invito a que compartáis vuestras experiencias con todos/as nosotros/as, hagamos que se conozca la valía de nuestro trabajo.

Sobre el autor

Iñigo

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  1. El peregrinaje que un chaval de la calle comienza a la edad de 7 u 8 años es un camino lleno de encrucijadas posibles que las circunstancias sociales y personales van a irle determinando. Las posibles bifurcaciones erradas de este sendero los conducirán al mundo de la marginación y la inadaptación.

    Cuando el menor está iniciando este caminar, los Educadores de Calle nos proponemos intervenir sobre él partiendo de un planteamiento preventivo, pero entendiendo la intervención en el sentido de calidad de vida.

    El objetivo no es prevenir el comportamiento desadaptado y sus consecuencias para el sistema social, sino de proporcionar al individuo un entorno suficientemente satisfactorio para que pueda desarrollar sus capacidades individuales.

    Se trata de potenciar al individuo en riesgo de marginación, como sujeto en primer lugar de derechos, y más tarde de deberes.

    Se trata de intervenir sobre el individuo cuando todavía es un sujeto en peligro y, no cuando si conducta desadaptada supone una amenaza. Cuando esto ocurre interviene el ordenamiento jurídico etiquetando al muchacho, introduciéndolo en una espiral de sinsabores y malas experiencias que dejarán una honda huella en su personalidad. Lo marcarán como delincuente, vicioso, bárbaro, responsable del mal del mundo, escoria de la sociedad, inmundicia,…y, así el dulce, travieso e inocente chico de 7 u 8 años será abandonado y condenado por los mismos que un día prometieron defender sus Derechos de Niño.

  2. Muy interesante la visión que aportas sobre la educación de calle «animación», sin duda, los educadores somos un puente entre los adolescentes y jóvenes en situación de riesgo y la sociedad de los adultos, dándoles la oportunidad, en algunos casos, de escapar de ese pernicioso etiquetaje que señalas. Incluso, yo iría más allá. Aún estando ya en fase de etiquetaje, cuando ya parece que están destinados, condenados, el educador puede ser el único apoyo que camine a su lado, mejorando en la manera de lo posible la calidad de vida que señalabas.

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