Autor Asier

enero 28, 2008

CorporativismoEl otro día, en plena batida a duelo con nuestro amigo Monsieur Sera, surgieron bonitas disyuntivas sobre nuestro trabajo, y apareció tímidamente algo referido a lo que podríamos llamar Código Deontológico de la buena praxis en la Educación Social. Que es eso que todo el mundo dice cumplir a pies juntillas en su profesión, con la misma prontitud que tardan en pasárselo por el forro de la chaqueta. Somos una profesión joven, atractiva, pero, en según qué casos, nos faltan esas vivencias en forma de arrugas que los años y la experiencia proporcionan.

En otras profesiones, no cabría duda alguna en afirmar que el compañero de trabajo es bueno y profesional, desde la A a la Z. La buena praxis no se discute entre médicos, jueces, funcionarios o políticos compañeros de partido: “Es bueno per se“, gritan abiertamente a los cuatro vientos.

Nosotros/as, al parecer soplamos contra el viento, o eso parece cuando nos surgen dudas tales como: ¿Debe un Educador Social denunciar en su entorno de trabajo la mala praxis de un compañero/a? ¿Lo hacemos de verdad o miramos a otro lado si no somos nosotros los que se puedan verse salpicados de esa incompetencia? Haber, habrá de todo, como en botica. Pero mientras nosotros lo discutíamos abiertamente en este blog y afirmábamos rotundamente que es dejación de funciones no hacer extensible esa queja o crítica de mala praxis profesional; yo, iluso de mí, intentaba acordarme de alguna ocasión o foro de discusión donde se reflejase eso mismo pero en las profesiones anteriormente citadas.

Nada de nada. Mi mente se queda pensativa deambulando por un desierto imaginario, donde no atisbo a ver siquiera un oasis para descansar o llevarme un poco de agua al gaznate. No consigo recordar a un médico criticando abiertamente a su compañero de ambulatorio, por dejarse embaucar y recetar productos farmacéuticos x a cambio de ostentosos regalos. Que me perdonen los médicos (los buenos, claro) por tomarla con ellos/as, pero bien podríamos hablar aquí de curas (y su ya probada problemática interna de abusos a menores), de cineastas, de toreros, de banqueros (pues buenos son éstos), de arquitectos, de constructores, de historiadores, de músicos, de cocineros, de bomberos, de policías y de mis amigos/as los psicólogos/as, etc, etc…

Pero nosotros, sí. Somos tan guays, liberales, progres, críticos y todo eso, que no podríamos permitir una cosa así. Nuestra conciencia de justicia, equidad, de un mundo mejor, pesa demasiado en nuestras mochilas.

Hoy voy a ser critico con quienes somos críticos (la Educación Social). Dice mi compañera de trabajo (que ésta de buena praxis anda sobrada), que : “Dios habló de hermanos, no de primos“. Hagamos caso, por tanto, aunque sea por una vez, a los caminos irrefutables del Señor, que cantaba el bueno de Krahe, y no seamos primos. Defendamos también nuestra profesión (¿quien lo hará sino por nosotros/as ?) y defendámonos también de las malas praxis. Pero sin ir de guays, de progres, de críticos natura y todos esos rollos.

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Asier

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  1. ¿Debe un Educador Social denunciar en su entorno de trabajo la mala praxis de un compañero/a? ¿Lo hacemos de verdad o miramos a otro lado si no somos nosotros los que se puedan verse salpicados de esa incompetencia?

    Pues creo firmemente que dependerá de si ese compañero de trabajo lo es de profesión, y articular mecanismos que permitan saber si las consecuencias de esa praxis suponen cuestioes técnicas o son constitutivas de algún hecho grave para las personas. Pero para esto creo que está la justicia.

    Ahora, lo que si debería avergonzarnos es el hecho de renunciar y dar por imposible algo que es precisamente el trabajo que hay que realizar. Y eso no es que sea mala praxix. Es simplemente falta de profesionalidad. Y de esto está lleno la educación social y estoy cansado de verlo en «colegas» de «profesión» y en instituciones.

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