Autor Iñigo

abril 4, 2008

Niño cabreadoPor la noche, a veces me despertaba sobresaltado por un timbre en mi cabeza. Jadeante, me incorporaba y tras unos momentos de desconcierto, recordaba el tacto de las sábanas, la oscuridad de mi habitación y me volvía a sumir en un sueño que sólo sería interrumpido por el timbre, esta vez sí, del despertador.

No hubiese imaginado que soñaría con el trabajo, pero supongo, que ahora que éste ocupaba una parte importante en mí día a día, era normal.

Llevaba prácticamente un mes en el comedor y aunque todavía no controlaba del todo, tampoco se podía decir que no hubiese aprendido nada.

Empezaba a pillarle el tranquillo a los chavales y me llevaba bien con algunos como Ander, que era muy tranquilo y alegre, con Chema, a pesar de sus tajadas de lomo escapistas y con Silvia y Patricia, que más de una vez me echaban un cable en el comedor conteniendo a sus propios compañeros.

La bajada al patio, estaba más o menos controlada y respetaban más o menos mi autoridad, aunque todos tenemos malos días y ni ellos ni ellas eran una excepción.

Ese día me sentía un poco extraño, como si estuviese alerta. Hay días en los que parece que barruntas que va a pasar algo, miras hasta a tu sombra por si algo te pudiera revelar.

Yo ese día, sentía un cosquilleo, no sabría explicarlo, pero era nítido y claro.

En la salida de clase, no perdí ojo y estuve lo más atento posible…pero no sucedió nada. En el patio, me mantuve en una posición estratégica, para poder observar todos los rincones…pero no sucedió nada.
Parecía que mi cabeza me había jugado una mala pasada y quizá todo hubiese sido fruto de un mal sueño de un déjà vu, o de x, y o z.

El caso es, que estaba agotado de estar alerta de todo, y cuando oí el timbre, sonó punzante en mi cabeza abotargada por el sobreesfuerzo.

Camino al comedor, estaba como desorientado, pero mi compañera Isabel me rescato con una palmada en el hombro.

– ¿Te pasa algo?
– No tranquila, es que hoy he dormido mal, gracias por preocuparte compañera (con una sonrisa)

Los alumnos y alumnas se ordenaron en las mesas con una habilidad digna de un ballet que ha ensayado una y otra vez cada paso. Cogí un vaso, me serví agua y di cuenta de ella en un trago largo y sostenido. Suspiré y me despejé un poco, dispuesto a empezar con la función.

El primer plato llegó; lentejas. Yo me encargaba de las mesas 1 y 2 e Isa de las 3 y 4. Coloque las fuentes en las mesas y empecé a repartir a diestro y siniestro. Como era costumbre, algunos refunfuñaban al ver el menú mientras otras se relamían o a la inversa.

El rancho no entendía de gustos diferentes y todo el mundo debía de comer.

En la mesa dos, Antonio dijo que no le gustaban las lentejas y que no pensaba comer. En estos casos, se nos había dicho que tenían que comer aunque fuese un poco, ya que sino, todo el que quisiera, tendría derecho a negarse a comer algo en un determinado momento. Así que le serví sólo la mitad del plato y le dije que tendría que comer por lo menos lo que le había servido. Proseguí mi trasvase de lentejas, hasta dejar prácticamente seca la fuente. Antonio estaba de brazos cruzados con la mirada hacia abajo y con gesto de enfado.

Le deje por el momento, comente algo sobre la final de un reality que habían dado en la tele la noche anterior con Isabel, y me dispuse a ir recogiendo el primer plato. Pero Antonio no se había movido ni un ápice, como las personas-estatua que se colocan en los paseos, sólo inmutadas por el ruido de la lluvia de monedas. En mi caso, sustituí lo mejor que pude las monedas por las palabras.

– Antonio, hombre, que está acabando todo el mundo, haz un esfuerzo, que el segundo plato seguro que te gusta más.
– ¡No pienso comer esta mierda! (sin siquiera mirarme)
– Ya sabes que es así para todos, tenemos que comer de todo, son las normas.
– Yo no me las como y no me las como, ¡comételas tu!

En ese momento, cogió el plato (parecía como si lo viese todo a cámara lenta), lo levanto y lo estampó contra la pared. El plato se partió al caer al suelo dejando trozos de loza diseminados por el suelo y lentejas formando un círculo perfecto en la pared, lentejas entre los pies, lentejas entre la loza y lentejas en mi retina.

Por un instante, como si el tiempo se hubiese congelado, la estancia se mantuvo en silencio, para un momento después explotar en una melodía poblada de carcajadas, gritos y exclamaciones.

– Pe…pero Antonio, ¿Qué te pasa? ¿Por qué has hecho eso?
– Te he dicho que no me las iba a comer y punto.
– Bueno, tu mismo, pero te vas a quedar castigado para empezar.

No dijo ni “mu”, y se mantuvo en su postura de cabeza gacha y morro salido. Recogí los cascotes y las lentejas del suelo, ya que Antonio no estaba por la labor, pero dejé el círculo de la pared para cuando se hubiesen ido sus compañeros.

Después de unas pechugas un tanto rígidas y una pieza de fruta, los pies golpearon frenéticamente el suelo del pasillo buscando el aire vallado del patio. Todos los pies, menos los de Antonio, que aún después de irse sus compañeros, seguía en su sitio con la boca cerrada y con el estomago vacío.

Me acerqué a el sin saber muy bien que iba a decirle…

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Iñigo

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  1. Hola Tote, ¿Qué tal por New york? jejej Buena la entrada como siempre, estas situaciones o parecidas a mi también se me han dado en comedores escolares, y a veces ahora en la comunidad terapéutica en la que trabajo, narras muy bien la experiencia del día a día, de algunos días.

    Saludos

  2. Ya me imagino que parte del encanto de la entrada es no contarnos cómo acaba la historia…
    Pero siempre es interesante saber cómo actúa la gente ante un «estallido» de este tipo…
    ¿Cómo darle la atención que pide sin que al día siguiente a todo el mundo le parezca super divertido lanzar platos contra la pared?

  3. Hola Aitzi y Santi.
    Por cierto, es Lucce el que se ha ido a New York, ¡Ya me gustaría!
    Por otro lado,tranquilo Santi, porque la entrada tendrá su continuación dentro de la categoría de diario de un educador.
    Sin embargo, quien quiera, puede proponer como lo haría. Él cómo lo hará Alex, en el próximo capítulo.
    Un saludo.

  4. Uy Tote me había liado, no se porque de repente pensé que eras tu el que habías estado en NY, pos nada, ya veo que ha sido Lucce,

    Saludos

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