Autor Iñigo

April 25, 2008

ClaquetaAntonio mantenía el ceño fruncido, la mirada gacha…respiré hondo, estábamos los dos solos en la estancia ahora desierta, como si de un bis a bis de una cárcel se tratase, o quizá sería más propio decir, que era como una sala de interrogatorios, aunque desentonaban los restos de comida aquí y allá y que faltaba el foco deslumbrando la cara de Antonio, al más puro estilo de una película de cine negro.

Me senté frente a él, y el tiempo antes detenido, empezó a discurrir tras el sonido seco de una claqueta imaginaria (“Diario de un educador, capítulo 13, toma 2”)

– Bueno Antonio, vamos a hablar de lo sucedido (no movió ni un músculo)
– Antonio, ¿es que no piensas hablar?
– …
– Antonio, venga, no podemos dejar el tema así ¿no te parece?
– Por favor, mírame a la cara, me siento incómodo hablando con una estatua…
Alargué el brazo y pose la mano en su hombro. Antonio, casi instintivamente, se convulsionó rechazando mi puente-brazo, pero entonces estalló a hablar.
– Ya te dije que no iba a comer las lentejas, no me gustan, no las aguanto…y tú querías hacérmelas comer a la fuerza, que quieres, lógico que las tirase, no me has hecho caso.
– Haber Antonio, yo entiendo que no te gusten, pero eso no justifica que las tires contra la pared, y ¿si le hubieses hecho daño a alguien? Piénsalo bien, además yo puedo entender que no te gusten, pero sabes que un mínimo tienes que comer, porque sino todo el mundo podría negarse a comer lo que le viniese en gana y todos tenemos que respetar las mismas normas ¿no?
– No me escuchas, te he dicho que no soporto (con énfasis) las lentejas ¿Querías que lo echase todo?
– No es eso.
– Ya, lo que pasa es que me tienes manía y ya está.
– Pero Antonio, ¿Cómo puedes decir eso? ¿Crees que no hubiese castigado a alguien que hubiese hecho lo mismo que tú?
– No lo sé, ¡Déjame en paz!
– Pero Antonio, ¿Te pasa algo?
– ¡Qué me dejes! (Esto lo dijo casi gritando, echo la cara hacia un lado, cruzo los brazos…parecía estar a punto de llorar)

Estuvimos así todo el descanso, Antonio mirando las migas diseminadas por el suelo y yo mirando hacia las ventanas, sin que mi vista atravesase los cristales. Pensando, en si había afrontado bien el problema. ¿De que valía ahora la teoría de la carrera, almacenada ordenadamente en los estantes de mi cerebro? Me sentía incómodo, falto de carácter y de recursos para actuar, me había quedado sin palabras o gestos, la situación con Antonio había llevado a vía muerta y no sabía como seguir adelante. Así que simplemente, deje correr el tiempo dentro de aquella sala de interrogatorios que ahora se asemejaba más bien a una escena de teatro alternativo cuyo nombre fuese “incomunicados”…

Ya no hubo claqueta que indicara el fin de la escena, fue el timbre el que rompió el silencio. Me di la vuelta y Antonio ya corría por el pasillo.

Sobre el autor

Iñigo

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  1. Bienvenido de nuevo, Alexiño. Y tranquilo, hoy son lentejas y mañana serán verduras o el pescado.

    ¡¡¡ Y es que, solo a los adultos se nos ocurre poner esas comidas tan indeseables a los niños/as ¡¡¡

  2. yo, antes de haberle dado las lentejas, le habria preguntado porque razon no le gustan las lentejas, las probaria delante de el y despues (y si estan buenas) le diria que las pruebe

    a mi, desde que el melocoton en almibar me hizo vomitar (teniendo unos 9 años), me dejo de gustar, y desde entonces, me produce nauseas cada vez que lo huelo

    puede que a Antonio le haya pasado algo parecido a lo que me paso a mi, pero con las lentejas, como, por ejemplo, que alguna vez que las probo estuviesen mal hechas, o en malas condiciones, o le sentasen mal….y desde entonces siempre que huele las lentejas le den nauseas o algo o le siente mal

    pensad tambien que cuando el cuerpo rechaza un tipo de comida es por algo

  3. Hola Tote,
    yo creo que es un tema cultural que hubiera necesitado un mediador intercultural. Seguro que el niño tenía interiorizado que “las lentejas, si las quieres las comes y si no las dejas”.

    Ánimo y paciencia.

  4. Efectivamente no le gustaban, quizá por aversión como explica pelanas o por cultura como dice Sera,…

    Me encantan estos pos de Diario de un educador

    Saludos

  5. Gracias por vuestros comentarios, pero la cuestión es que aunque entiendas que a un chaval no le guste una comida, en un comedor si el compañero ve que si hace un poco de teatro se puede librar de comer algo que no le gusta o simplemente que no le apetece, corres el riesgo de que te digan. A Antonio le dejaste no comer ¿por qué a mí no?

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