Autor Iñigo

julio 15, 2008

Inesperada protagonista“Ke tal Alex, hace mucho ke no se nada d ti, ke t parece si tomamos algo 1 día de estos. Tengo ganas d hablar contigo, 1 besazo, Maria…”

– Este es el mensaje que me envió, justo cuando me estaba besando con Sonia, más inoportuno no podría haber sido Fran.
– ¡Ya te digo!

Estábamos en el metro, dirigiéndonos a diferentes destinos, mi amigo a comprar un regalo para su novia y yo a mi colegio del alma, a trabajar.

Conocí a Fran el año en el que cursaba 2º de BUP. Por entonces empecé a acudir a un club de tiempo libre en el que encontraría a la que sería mi nueva cuadrilla, después de abandonar mi casa en un barrio del centro de la ciudad.

Aunque en un principio no me resultó fácil entablar una relación de confianza con él, poco a poco se fue convirtiendo en uno de mis mejores amigos, como si el propio esfuerzo hubiese dotado de valor a nuestra relación.

Fran mostraba cara de incredulidad mientras le contaba a salto de mata mis escarceos amorosos.

– ¡Qué fuerte Alex! A mí ya se me han olvidado estos líos de mujeres. Ya sabes, con la vida monacal que llevo.
– ¿Y tú qué harías Fran?
– Pero, ¿a tí te gusta mucho esa María? ¿No me habías dicho que te dio plantón?
– Sí, pero la verdad es que me gustaba mucho, y no sé, igual me explica lo del otro día y lo de desparecer de la faz de la tierra.
– No sé, tú verás, pero si te gusta la Sonia esta, y es buena gente, yo no me complicaría.
– Pero es que sino, igual me quedo con la cosa de no haber quedado, y…

Por los altavoces distorsionadores del sonido, una voz robótica pronunció el nombre de mi destino interrumpiendo nuestra conversación, una más en la vida diaria de un vagón de metro.
Con un lacónico “ya estaremos, que te vaya bien” nos despedimos separados por el pitido, la puerta y el pequeño abismo entre el metro y el andén.

Me dirigí con paso decidido hacia el colegio, aunque en mi mente bullían las dudas.
No podía presagiar que lo acaecido ese día iba a desplazar esos pensamientos a la sección standby de mi cabeza.

Todo fue más o menos normal, hasta que se enzarzaron Cristina y Chema en medio del campo de futbito.

Yo, que por la dichosa casualidad, me encontraba por ahí, y aunque no me apetecía nada, sobre todo absorto como estaba en mis propias cavilaciones, no tuve más remedio que despertar, correr, agarrar, levantar, separar y de paso recibir algún que otro arañazo y golpetazo por parte de los dos púgiles.

A la izquierda, Cristina, con 48 kilogramos de peso pluma, una altura de 1, 60 metros y apodada “garra de diamantes” y a la derecha, Chema, con 51 kilogramos de peso fibroso, una altura de 1,61 metros y apodado “el potro de Fanegas”.

La situación, no hubiese sido distinta de tantas veces y se hubiese solucionado con el tiempo como mediador y con un diálogo con los implicados una vez calmado el asunto, pero esta vez, otra protagonista entró en escena dando un giro inesperado al discurrir de los acontecimientos.
Miriam, mi compañera de 3ºC vino hecha una furia, con la lengua desatada, acusando de forma directa y frontal a Chema como único culpable de la pelea y envalentonando a Cristina, que esbozaba una muda sonrisa de complicidad.

Chema se quedó sorprendido, pero no menos que yo, que me quedé inmóvil por un instante, mientras mi presa intentaba defenderse torpemente diciendo con gran originalidad, que la culpa era de Cristina.

Me costó entrar en acción, e intenté calmar los ánimos, posponiendo el tema del conflicto para más adelante, pero Miriam no parecía oírme y agarró a Chema por los hombros, con tal fuerza, que a duras penas mantuve el equilibrio. Apunto estuvo Chema de echar a llorar, pero el timbre del patio le dio aire y se deshizo del nudo de mis brazos como una escurridiza culebra, no sin tener que oír la voz sentenciosa de Miriam decir:

– Esto no quedará así Chema, tendrás tu castigo, ¿me oyes?

Miriam se dirigió a la entrada, sin ni tan siquiera mirarme a la cara. No entendía nada y tenía que hablar con ella. Me sentí aplastado por el peso de la impotencia, no me parecía bien, no lo asimilaba, esa actitud…

Me adentré en las fauces del colegio, un tanto atolondrado, descuadrado y aturdido, sin estar preparado para lo que iba a suceder…

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Iñigo

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  1. Jo, tote, siempre nos dejas en lo mejor… ¿qué paso con el del plato de macarrones? (creo que nunca lo contaste)jajaja

    Supongo que es parte del misterio…

  2. Hola Tote, muy interesante tu entrada. A mi me sugiere una pregunta, que es casi un tema de debate. Independientemente del caso que explicas: ¿es siempre buena per se, o aplicable, la mediación? ¿o a veces es injusta, y lo que hay que hacer es buscar al culpable?

    Un saludo.

  3. Santi, tienes razón en cuanto a que es parte del misterio, porque casi todo acaba sabiéndose, pero hay cosas que nunca se sabrán. La vida es así.

    Quique, muy interesante el tema de buscar culpables. Aunque en estas situaciones, siempre hay más de un culpable, y aunque sus culpas sean asimétricas. Por lo tanto, para ser justos, hay que analizar el conflicto sin prejuicios, comprender los intereses de ambas partes y entonces repartir responsabilidades y culpas.
    Creo, que no son tantos los casos en los que haya un culpable puro.

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