Autor Asier

mayo 25, 2009

El TxokoCuando los apéndices estomacales empiezan a ser prominentes y la alopecia inunda hasta las testas más pobladas, es momento de cambiar de costumbres e iniciarse en los fogones. La sociedad gastronómica es un templo machista y humeante donde los bisontes del Norte, nos reunimos para degustar los más abundantes y exquisitos manjares.

Una de esas cartas extraviadas de los Servicios Sociales, me ha permitido visitar estos días otro Hogar de Acogida desconocido hasta el momento, y poder conocer en persona a dos de sus educadoras. Después de la presentación afectiva de rigor, la conversación transcurría amena y cordial, desgranando el día a día laboral de ambos recursos. Veinte minutos cocinando la profesión, a fuego lento. Muchas coincidencias y alguna particularidad diferenciada.

En uno de esos virajes de la conversación, a la compañera se le escapa un chascarrillo: «Tengo entendido, que en los Hogares de la Red Básica, los muchachos más complicados suelen residendializarlos en los de la Pública». Yo, por el contrario, replico que he oído la misma historia, pero al revés: «Que casualidad, porque los compañeros de los Hogares de la Red Privada, pensamos que ocurría eso mismo con nuestros usuarios (de mayor problemática)».

En esas, parece que surca por el ambiente un coordinador general (de ambos recursos, tanto de pública como privada) que viene a poner sensatez y luz en esta peculiar disyuntiva: «Nunca habrá una verdad absoluta de la realidad. Aquí al final cada cual, sin querer ver al de al lado, siempre defenderá su txoko».

Es curioso, pero en muchas realidades de la Educación Social, lo problemático prestigia. Allí donde poca gente estaría dispuesta a gastar su tiempo, algunos/as locos inconformistas vemos más luces que sombras y más colores que en el arco iris. Luego el tiempo y las propias personas, se ocuparán de enfocar los caminos de cada cual.

He oído en alguna ocasión por ahí suelta, las dificultades que entrañaban para equipos educativos y educadores en particular, el hecho de recibir a un usuario conflictivo. Formamos un cuadro de matices preconcebidos, que acaban con un llanto laboral amargo, al son de: «¿Cómo nos mandan a fulanito aquí? No se dan cuenta de que va a suponer una referencia muy destructiva para el resto».

Mientras algún compañero/a aporta alguna justificación de algo que no se justifica (es o no es), el txoko ha de ser defendido de posibles elementos externos adversos. Cuando algunos de nosotros seguimos mascullando entre bambalinas, a mí siempre me asalta otra serie de cuestiones paralelas: «Si no somos nosotros/as, ¿quién defiende al indefendible indefenso?». Los queremos altos, guapos y rubios ¿Acaso queremos obviar que trabajamos con personas con dificultades añadidas? Presumimos de compromiso pero en ocasiones parecemos igual de egoístas que el funcionario sin escrúpulos de turno. – trabajo + fácil = – compromiso.

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Asier

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  1. La alopecia no puebla, y te lo digo desde la desoladora experiencia.
    Otra cuestión es la de los «casos difíciles». Yo trabajo en otro ámbito, en un centro residencial en el que atendemos a personas con problemas relacionados con el uso de drogas (vamos, una comunidad terapeutica para drogodependientes de toda la vida)
    Ya hace tiempo que pienso, y comparto este pensamiento con algunos de mis compañeros y compañeras que posiblemente es a estas personas que presentan más complicaciones a las que aportamos más (y ellas a nosotros) pues sus actitudes, sus comportamientos, … hacen que estemos centrados con mayor intensidad en su situación. Los usuarios estupendos, «que dan poco la lata» corren muchos más riesgos de salir como entraron

  2. Pienso que en este asunto siempre es importante ver si la derivacion del personajillo complicado ha sido acertada. En nuestro caso, un recurso residencial para jovenes tutelados donde trabajamos principalmente la insercion social y laboral, nos encontramaos con esa frase de «como nos mandan a fulanito aqui» no por no querer trabajar con fulanito, sino por no tener medios y valorar que nuestra relacion con el va a ser complicada y poco fructifera para el desde el principio ya que sus caracteristicas de «dificil» impediran que saque el provecho que deberia de nuestro acompañamiento, ni el tendra las duficientes herramientas ni nosotros el tiempo (trabajamos de 16 a 18 solo y la mayoria llegan con 16 largos) necesario para calar en el cosas basicas ni la posibilidad de ofrecerle un espacio personal de contencion ni de atencion especializada. Creo que hay que ser conscientes que hay casos que no cuadran en determinados recursos con unas caracteristicas de especializacion en la atencion de ciertas necesidades.
    Un saludo.

  3. De acuerdo en parte contigo, Jordi, y otra no tanto.

    Efectivamente, un análisis y reflexión previa,
    sobre la idoneidad de trabajar con un menor dificil, en un recurso u otro; además de básico e imprescindible, debe ser la base de una buena actuación. Somos coscientes, de que en determinados recrusos un joven con esas dificultades quizás no cuadraría.

    El problema viene, cuando en el analísis de necesidades, anteponemos la dificultad o problematica, al apoyo que necesitaría dicho usuario. En dos palabras. «..como nos mandan a fulanito aquí..»: ¿ Estamos pensando realemente en las necesidades del jovén; o en el marrón que ello implica para el centro, con mayor conflictividad y mayor carga de trabajo para los profesionales?

    Mi respuesta son mis percepciones: Las dos opciones. No idoneidad del recurso, o carga laboral y posible problematica residencial.

    Un saludo Jordi.

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