Autor Asier

enero 10, 2010

SíndromesTanto los Educadores Sociales, como nuestros compañeros de viaje pedagógico, es decir, Psicólogos,Trabajadores Sociales, Profesores, Animadores o Psiquiatras, tendemos a ser escépticos y bastante reacios a las etiquetas, a las generalizaciones o a los diagnósticos clínicos. El ser humano tiene tanto de magia que lo que era a las 8 de la mañana, ya no hay ni rastro de ello a las 3 de la tarde. La individualización de cada persona, cada vivencia, cada caso, hace de ello una realidad insustituible e intransferible a otras personas, vivencias o casos. No se pueden extrapolar los tesoros característicos de cada cual, por metodología o funcionalidad de las profesiones, dado que categorizarlo todo nos llevará en algún momento del camino a errar, y en el peor de los casos a estigmatizar.

Hoy voy a romper esa norma profesional no escrita. Llevo queriendo escribir algo, desde mi realidad laboral más cercana, acerca del Síndrome de Münchhausen. Desde hace tiempo, mejor dicho, desde que lo oí por primera vez hará unos dos años, me entró la curiosidad más perversa y humana de ahondar en esa enfermedad de difícil reconocimiento. Personal y profesionalmente, quería indagar más sobre nuestros miedos y nuestras obsesiones. Conocimiento que permita adentrarme, aunque solo sea literatura profesional, en las relaciones humanas y sus nefastas consecuencias socializadoras de no mediar la mesura, el sentido común y el campo de autonomía o desarrollo necesario para cualquiera, más aún siendo un niño/a. En esta ocasión me ocupa, el síndrome por poderes; una enfermedad caracterizada por la sobreprotección de los padres hacía sus hijos/as, previniéndoles de todos los elementos nocivos externos al círculo familiar. Padres que entienden como elementos nocivos, todas las condiciones habituales de vida y convivencia en una sociedad urbana como la actual: posibles peligros de la calle, ir solos al colegio, psicosomatizar enfermedades, ahondar en fragilidades personales de cualquier tipología, la psicosis por los transportes públicos y el acompañamiento generalizado, concepción de enemistad o maldad hacía el resto de personas.

Si no lo veo, quizás no lo hubiese creído del todo. Hubiese justificado algunas de esas precauciones o hubiese pensado que el interlocutor me estaba exagerando la realidad. No sé vosotros, pero el haber indagado en el Síndrome, a mí me ha servido de mucho. Conozco un poco mejor a la familia que tengo frente a mí y comprendo por las dificultades que puedan pasar. Pero, negándolo u obviando esa problemática (porque es un problema muy dañino para todos y cada uno de sus miembros) no les voy a ayudar mucho. Ante las discusiones, más razonamientos. Ante las acciones dañinas mas sentido común y ante acciones sobreactuadas o psicosomatizaciones, indicaciones más firmes dándole la seguridad en sí mismos que tanto neces(solic)itan.

Al psiquiatra familiar de referencia no le gusta hablar de este Síndrome. Argumenta bien sus dudas o desconfianzas y relata su posicionamiento en otra dirección. Es lícito y lo respeto enormemente. Es el profesional y mayor entendido en dicha materia. Pero no lo comparto. Nuestra diferencia radica principalmente en que dichas visiones divergentes, son concebidas desde las propias vivencias personales y educativas diarias durante el tiempo de convivencia (mi caso) y el conocimiento profesional, sumado a la hora de relación mensual horaria que mantienen en consulta (el suyo). Él lo estudia y conoce desde el laboratorio, pero yo lo veo a diario desde la jaula. ¿Dos visiones distintas de una misma circunstancia o dos circunstancias distintas de una misma familia?

Sobre el autor

Asier

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