Autor Asier

mayo 19, 2010

Colores

Desde tiempos inmemoriales, el ser humano ha viajado y emigrado por el planeta tierra (y parte de su extrarradio interplanetario) igual o más, que cualquier otra especie animal. A día de hoy, no tenemos constancia de gaviotas en la Luna ni de hombres en las profundidades abisinias, pero ambos compartimos la corteza terrestre como si de nuestro nido se tratase.

En todos estos siglos y milenios, los matices y colores siempre han estado presentes. Para bien (intercambios comerciales y culturales) y para mal (guerras étnicas, raciales y religiosas). Aún hoy persistimos en la tozudez de no dejar ver el arco iris humanista en todo su esplendor (ejemplarizado en la célebre y terrorífica cita de Bush Jr.: «conmigo o contra mí«)

Para no perdernos en las profundidades o la generalidad de la sociedad actual, vayamos a lo concreto del día a día, para ver rasgos y peculiaridades que demuestran que es más lo que compartimos que lo que nos separa. Un hogar de acogida, hoy en día, puede servir perfectamente como laboratorio de pruebas. Con los recientes movimientos migratorios, a nadie escapa que en la actualidad un recurso de este tipo, pueda asemejarse a la muletilla de inicio de un chiste cotidiano de los 90: «Esto es un inglés, un francés y un español…». Cambien las nacionalidades (exceptuando la ultima) y les saldrá la formula de la gaseosa.

Hace escasas fechas me reunía con una trabajadora social veterana. Tiene la difícil tarea de coordinar el caso de muchos menores en situación de desprotección y dotarles de los servicios o herramientas necesarias para su correcto desarrollo: personal, familiar, formativo… El caso que nos ocupaba era el de un niño de 4 años de familia africana. Afortunadamente, la madre pudo solventar los problemas que le impedían ejercer como tal y por tanto dar a sus hijos los cuidados necesarios.

En una conversación personal con ella, le refiere que en el Hogar de Acogida quizás se le estuviese mimando un poco a su hijo, dado que su cultura africana es menos cariñosa o afectiva en los gestos y en los actos. Además, tras la vuelta familiar se observaba cierta delgadez en el niño, producida por el hábito alimentario más irregular, que era al que estaban acostumbrados hasta ese momento con la repartición de la olla familiar diaria de sémola o arroz con carne desmigada. En una palabra, «que estabais ablancando al niño«.

Sentimos informar a todas las autoridades e instituciones, que tenemos prohibido por ley lavar o duchar con lejía a los niños y menos si son de color. Ni siquiera destiñen, y encima el único caso sabido no ha tenido un final muy feliz que digamos. Por tanto, muy a pesar de la madre y su coordinadora, seguiremos con la mala costumbre de alimentar a los menores tres veces al día.

Ismael es un preadolescente de etnia gitana, que quiere aparentar los veinte años que no tiene y hacer las cosas que le da la gana, como ha hecho hasta el momento. Es un joven consentido y sobreprotegido por la familia (féminas en su mayoría) y con un padre ausente. Dice que el culto le ayuda mucho a controlarse y saber razonar, pero la verdad es que no sabe comunicarse con la personas y antepone su cultura a cualquier rasgo o característica común de convivencia. Su proceso va muy, muy, muy despacio (llegando incluso a desesperar pedagógicamente a los educadores) pero la semana pasada, al menos por un momento, llegó a la conclusión de que los payos no son tan malos e incluso se atreven a bailar mejor, en plena feria de Abril, que cualquier otra gitana que él hubiese visto. Durará 20 minutos la aseveración, porque al final, siempre se acordará de un consejo que le dio una amiga, residente en otro centro: «Ja, allí te hacen payo, chico«.

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Asier

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  1. Gracias a vosotros, Kaesar y aaaa.
    Mientras todavia podamos reirnos un poco de nuestro trabajo, haciendo las cosas medianamente bien o con sentido comun, nos daremos por satisfechos, aqui en el tierra como en el cielo (y no digamos ya en las profundidades abisinias , que NO abisales) ajajajjajajaj.
    Un saludo

  2. Hola… Considero que la actividad de ayudar aquellos desposeídos de su realidad, es un acto de valiente y me quito el sombrero por su tenacidad y sensibilidad por no violentar la cultura del inmigrante sino por respetarla ya que han sufrido por la búsqueda de una nueva vida en libertad. Algo que me pone a pensar es que la persona inmigrante está interactuando con la sociedad y gradualmente perderá y olvidará algo de sus raíces por tener que acomodarse a otra cultura. Con lo anterior pretendo decir de que además de respetarle su condición de desposeído, también es darles un proceso de inclusión a la nueva cultura y derechos sociales que le brinde una cierta igualdad social frente a la ley y a los hombres en casos de violencia racial o ideológica. En cuanto a los niños no puede desvalorar el hecho de que ellos pueden asimilar mejor la nueva cultura ya que su proceso de concepción de una realidad está aún en proceso de formación y se hace necesario de que pueda lograr un proceso de aprendizaje más sencillo pero claro sin cambiarle su origen, su procedencia y por supuesto con el consentimiento de los padres.

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