Autor Asier

febrero 7, 2011

La Puerta Giratoria

“Las arrugas de la frente, son las medallas que te da el haber vivido”

– ¡¡ Y un pimiento !! – exclamó – Serán nostálgicas, bonitas, serán orgullo de much@s y todo lo que tú quieras, pero las medallas, dejad que me las ponga yo mismo, gracias.

Cuando en nuestras frentes empiezan a vislumbrarse los primeros pliegues y muescas, al estilo de una botella de gaseosa y nuestros cueros cabelludos perennifolios empiezan a poblarse de tintes para disimular la coloración plateada que le correspondería, es momento de detener el tiempo y preguntarse por el paso del mismo. ¿O quizás no?

En Educación social, un@ es o se siente algo veterano cuando empieza a trabajar en un nuevo caso o recibe la visita de una nueva familia y al levantar la vista de los papeles y reconocer visualmente a los otr@s interlocutores, se encuentra a ciudadanos reconocidos, viejos amigos del servicio o antiguos educandos. La vieja teoría de la pescadilla que se muerde la cola, en versión actualizada: compartiendo vida social y virtual en todas las redes sociales (tuenti, twitter, messenger…) y con todas las nuevas tecnologías celulares a su alcance (iPhone, Android, Black Berry) El viejo y maldito determinismo social, en primeras personas, con nombres y rostros (pero con móviles de última generación)

Estas semanas atrás, ha iniciado el ciclo de acogimiento residencial una joven de nombre Janire. Janire tiene 10 años, de los cuales 9 ha vivido dentro de un esquema de familia extensa, donde se sabe quién es el referente de primer orden pero no se atina a vislumbrar quien es el último. «Somos muchos y entre todos la cuidamos”, es la práctica cotidiana. Cuando queremos asegurar ciertas costumbres y responsabilidades (asistencia escolar, cuidados básicos de atención e higiene, refuerzo y estimulación personal y educativa, etc, etc…) nunca se sabe bien a quién recurrir. Al fin y al cabo, la niña es feliz en un mar de caos.

La institución protectora no puede (ni debe) mirar a otro lado. Se proponen programas de ayuda y asesoramiento familiar, de seguimiento individualizado con la niña reportándole ciertos hábitos cotidianos y acercamiento de aquellos recursos que puedan servir de utilidad. Tantos que incluso los propios educadores sociales, tendemos a criticar en ocasiones como una sobreexposición a multitud de recursos. Lo que en algunas ocasiones, parece ser una ausencia de recursos o ayudas, en otras se convierte en un sobredimensionamiento. Lo resumía muy acertadamente, nuestro lector y compañero Bidezabal, con aquel escueto eslogan: “Ponga un educador en su vida: se sentirá mejor”. Que el niñ@ hace cosas raras en casa o se porta mal en el colegio: al psicólogo, no vaya a ser demasiado tarde. Y de paso, que le vea también el orientador y hable con él un rato.

Aquel educador del que hablábamos al inicio, que a partir de aquella presentación se sentía un viejo en la profesión, venía a refrendar que los ciclos y los bucles, son una realidad y suceden en nuestras vidas y en la ciudadanía. Esa nueva visita y ese nuevo caso, constataba que Janire no surgía de la nada, ni de unos malos hábitos en su cuidado: apareció, recurrente en el tiempo, como consecuencia de su progenitor. Un joven inconsciente y negligente, que tampoco supo ser padre, evitando el proceso o institucionalización que él mismo había vivido una década antes. ¿Y donde queda entonces el trabajo de los profesionales y las instituciones, que no logran evitar este ciclo circular?

Adolfo Muñoz, coordinador general de un sindicato laboral, hablaba la semana pasada de los políticos y la metáfora de la puerta giratoria: “Siempre acaban siendo las mismas personas y grupos, las que dirigen los intereses socio-económicos y políticos de nuestros estados. Se inician en la empresa y pasan a la política. De ahí vuelven a la empresa y pasan posteriormente a la banca. Volviendo al cabo de un tiempo a la política, de nuevo. Siempre girando en la misma puerta de entrada, sin llegar a salir de ella».

Si nuestr@s hij@s, nuestros educandos, o nuestras familias, siguen recreando esta indeseable tendencia, ejemplarizando que es imposible salir de ese círculo marcado por el destino, no nos quedará mas remedio que trabajar mucho más y esperar a no acabar como están acabando algunos de los estados a los que se refería el señor sindicalista.

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Asier

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  1. La puerta giratoria…quizás debiera tener un preacceso de entrada, para evitar un tropezón o traspiés, un escalón de subida paulatina y progresiva , algo así como una alfombrita de ONGI ETORRI pero a medida. Me pregunto ,si la puerta debería ser la que se ajustase al pie (usuario), el pie a la puerta giratoria pero bueno ya estamos los profesionales de la educación para formatear pies y puertas…pero
    que si los pies son más pequeñitos(en el caso concreto de educación de menores), seguramente los obstáculos al traspasar la puerta fueran menores y en la acomodación puerta-pié…podríamos entonces ofrecer puertas giratorias con una salida bastante garantizada, tanto, tanto…como para que esa puerta no necesite ser cruzada nuevamente repitiendo el tan temido círculo…yendo al grano…detección más precoz de los casos y atención más temprana=mayor garantía de éxito y esto lo llevamos diciendo desde que la educación social no sabía que se denominaba así…a ver si en una de estas nos hacen caso. Un saludito.

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