Autor Asier

November 30, 2020

Allá por los 80 en la Argentina, corría una leyenda que hablaba de las aficiones y quehaceres infantiles en los barrios más populares. Mientras las madres laboriosas se afanaban en inculcar a sus hijos la afición y necesidad del bagaje cultural y educativo como modo de progresión social (“lean libros, pibes”), los párvulos peloteaban y gambeteaban por las calles hasta bien entrado el anochecer. Con la llegada de la televisión a los hogares más humildes y el consiguiente proceso de idiotización, esas mismas madres reclamaban justo lo contrario: “Andá y dejad de ver eso y agarrad la pelota¡”. La metáfora no era baladí. En aquellos tiempos, un niño de Villa Fiorito se había elevado a los altares, con el solo manejo de un balón.

Barrio de la Boca y La Bombonera (año 2008)
Viajar a Buenos Aires, justo el verano en el que el niño Torres hizo a España campeona de Europa 44 años después, es un motivo más que definitivo para acercarse al barrio de la Boca y palpar sociológicamente lo que allí significa este deporte. Impresiona ver los aledaños de la Bombonera. La pasión desaforada por esta práctica, se huele y se palpa nada más llegar. Incluso no habiendo competencia en esas fechas. Un bajo de una vivienda, abierta sus ventanas a cal y canto, con unos altavoces atronadores colgando de una de sus paredes y cientos de productos azuloro de merchandising, nos indican fehacientemente, de que estamos en el universo xeneize.

Mi prejuicio: la idea de que todo estaría asociado/endiosado al Pelusa.
La realidad: un estadio vetusto y degradado, que pasaría por ser de segunda o tercera división en Europa y cuyos referentes más auténticos/autóctonos eran el Loco Gatti y Juan Román Riquelme, mega retratos incluidos. Diego compartía galones, cuadro y reconocimientos, no muchos más que los mencionados, pero esta razón no le hace desmerecer sus méritos deportivos. El niño prodigio provenía de Argentinos Juniors y eso queramos o no, condicionaba.

Nápoles (año 2010)
El fenómeno sociológico, casi litúrgico, está perfectamente identificado e instaurado en la conciencia colectiva napolitana. La ciudad italiana de extrarradio, más allá de los Apeninos centrales (nuestro Despeñaperros particular), rezuma maradonismo por sus cuatro costados. Murales, escaparates, balcones, pequeñas vitrinas religiosas… reminiscencias de aquel despertar humilde y estigmatizado, ofrecen al viajero un apacible y sentimiento de pertenencia digno de elogio. Te sientes de la famiglia, uno más de la comunidad, de ese territorio señalado y analfabetizado por la historia.

El estadio Sao Paolo, ahora rebautizado Diego Armando Maradona, se encuentra como una nave espacial plantada a las afueras. Majestuosa y esférica como su mejor seña de identidad. Tardes y noches de gloria, parecen resonar entre sus gradas, recordando a un joven rechoncho que partía cinturas a doquier y dibujaba arcos imposibles en cada uno de sus lanzamientos. Es aquí, donde la religión (y posterior beatificación balompédica) empezó a formar parte del personaje.

Con la muerte del astro, resucita el debate de la disociación: por un lado el deportista, el hombre, el mito. Por el otro, sus devaneos con las drogas y comportamientos de cuestionable moralidad circunscritos al ámbito más privado. Con el prejuicio en boca de todos (empezando por un servidor) y el ruido de las RRSS, adherido a su tribuna de probidad (policías, jueces y fiscales, mediante), las opiniones de uno y otro bando se tornan legitimas y hasta cierto punto, coherentes

¿Es motivo suficiente la muerte de una persona para poner de relieve sus facetas más notables en la vida, obviando las menos? ¿ es necesario ensañarse con alguien por sus errores cometidos, resaltando nuestros prejuicios por el mero hecho de ser un personaje público? ¿A quién despedimos o tributamos: al futbolista, a la persona, al padre que fue, al niño pobre de barriada, al bondadoso capitán de ingentes grupos de rémoras que se alimentaban de su áurea, al compañero ,al competidor desafiante y travieso o a todos juntos a la vez?

La correlación con la educación social y muchos/as de los sujetos de intervención que la transitan, se hace necesaria. Tomemos por un momento, el ejemplo de las evaluaciones diagnósticas o detección de necesidades: ¿somos los profesionales de la educación social conscientes de nuestra inclinación natural o intrínseca al sistema, a los contenidos y sistematizaciones subjetivas y deficitarias que legitimen la necesidad de nuestra praxis? ¿se imaginan poniendo de relieve todas y cada una de las virtudes y potencialidades de las familias en dificultad social, diluyendo así las disfunciones inherentes a su esfera privada? ¿Qué es el término “riesgo de exclusión” sino un prejuicio más?

Con el fin, llega el tributo. Y con él, el duelo. La despedida de hoy Jueves en la Casa Rosada cierra el círculo de todo ese periplo vital del astro argentino, cargada de tanta emotividad y simbolismo, como caos e hipérboles. En definitiva, una situación muy berlanguiana.

Anexo de Arantza Rodriguez (educadora social):
El argentino es un italiano que habla español, piensa en francés y querría ser inglés. Ese exceso, lo histriónico, el drama italiano…solo se puede entender siendo argentino. De ahí esa necesidad de Dioses, de barro, pero dioses al fin y al cabo. Un fenómenos sociológico comparable al de Evita

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Asier

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