Autor Asier

febrero 22, 2021

Tanto el refranero español tradicional como el imaginario profesional colectivo, se encargan a diario de recordar a las educadoras sociales en activo, los axiomas y directrices motoras del ámbito que nos ocupa: “de bien nacido es ser agradecido”, “no muerdas la mano que te da de comer”, “peor lo malo conocido que lo bueno por conocer” “en todos los sitios cuecen habas” o “virgencita, virgencita que me quede como estoy” son algunos de ellos. Permítanme, que tras diecinueve años trabajando casi exclusivamente en la materia, pueda diferir y defender lo que entiendo como necesario dentro de nuestra ética profesional: “Querido sistema: a mi me pagan por hacer bien mi trabajo. Promover posibilidades de cambio en las personas, en aras de su propio desarrollo y autonomía. No me pagan para proteger una institución o corporación y si lo harían, están ustedes equivocándose”. 

No es cuestión de venir a derribar todo lo realizado hasta el momento ni ir contra el sistema, del que formas parte.  Una revisión crítica, constructiva y directa a las líneas generales de flotación, además de necesario se antoja imprescindible dentro de una praxis que no se permite la pausa, el respiro, la reflexión y rara vez la interjección.  

Paradoja num. 1: “La asunción de una guarda o una tutela judicial es el último recurso de un marco de posibilidades que inevitablemente no pueden garantizar el bienestar de la Infancia o Juventud dentro de su ámbito familiar natural”. Que hay cada vez más familias disfuncionales es tan viejo y sabido como que la institución protectora no protege o aporta el bienestar necesario a gran cantidad de niños y niñas por el mero hecho de separarles de su entorno familiar. “Si queremos ayudar a un niño, debemos sanear sus vínculos, no amputárselos”, ¿recuerdan? Pasadas ya de largo las diez mil horas de experiencia reflexiva y analítica de práctica profesional, que bien postula mi amigo Roberto Vidal Failde, la duda que más me asola en los últimos tiempos es la siguiente: ¿podemos garantizar o estar plenamente seguros, que el ingreso en una institución, por parte de un niño o niña, proveerá de mayor protección y beneficios personales y emocionales, que el deficitario sistema familiar de origen? Y si no fuera así, ¿tiene el sistema de protección y los técnicos garantes del mismo, la capacidad inmediata de revisar la medida y retraerla en caso de que esta premisa no se cumpla?

Paradoja num. 2: “El hiper-garantismo institucional y legalista por encima del interés de las personas menores de edad: Infancia y Juventud” Quien mejor ha descrito esta realidad y dicotomía ha sido el maestro Enrique Martinez Reguera. En un mundo de la protección, de la relación interpersonal y desarrollos pedagógicos, un plan de caso personal o familiar no puede verse constreñido o inferido por un paradigma dentro de un marco jurídico. Ni con el protocolo más excelso y pulcro del mundo, si no se atiende a la particularidad del sujeto (léase cada niño o joven en situación de desprotección, cada familia disfuncional, etc…) el servicio público dispensado no pasará de ser, el mismo que te pueda otorgar una máquina de recetarios a gusto del profesional de turno. 

En cierta ocasión, al hilo de un informe realizado con motivo de una situación delicada de posible sexting hacía una joven de 16 años, el director de la Unidad de Acogimiento Residencial solo reparó en los más de tres folios allí planteados, con pruebas fehacientes y contrastadas, en una cuestión: “¿Dónde queda el Servicio de Infancia aquí retratado? Y cómo sale parado?  Recordad que luego esto va a parar a Fiscalía”. Tras arduos tiras y afloja, ante lo que se me antoja como una interferencia impresentable, ponderando más el continente (institución) y dejando cuando no menoscabando, el contenido (persona participante del programa en cuestión), el profesional cierra su informe tal y como procede, anteponiendo la deontología e intereses de la joven institucionalizada involucrada. En caso de ampliaciones, rectificaciones o maquillajes, la transferencia se hace necesaria hacía el responsable de la Unidad, con su nominalización y firma correspondiente, excluyendo la autoria del profesional de dicho panfleto. Que nadie dude, que estos posicionamientos no salen gratis. Acarrean presiones y consecuencias escritas y ambientales. 

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Asier

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  1. "No me pagan para proteger una institución o corporación y si lo harían, están ustedes equivocándose”.

    Me quedo con esta frase Asier.
    No debiéramos olvidar la función de denuncia, de visibilización de las realidades y de las necesidades de las "personas" con las que trabajamos, que son el centro y la razón de la Educación Social.

    Nos queda mucho por hacer, pero hace falta valentía y seguir avanzando en la fuerza colectiva.
    ¿De qué tenemos miedo?

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