Autor Asier

abril 19, 2021

Corría el año 1994 y un joven púber, más listo e intuitivo que estudioso, transitaba sus primeros años por el Instituto “viejo” de Basauri, una ciudad obrera vizcaína. Aún recuerdo nítidamente, como el profesor de Ética, José Antonio Binaburo, articulista ocasional de El Correo (Grupo Vocento), abrió una de sus clases con un reto interesante: “miren a su alrededor, busquen una buena historia y cuéntennosla monográficamente. Si necesitan mi ayuda u orientación, se la daré”. 

Era mi primera incursión en dicha materia, dado que la asignatura de Religión había sido obligatoria hasta entonces durante toda la EGB. Semanas antes, el mismo profesor, había entregado un folio con diversos recortes de artículos periodísticos que hablaban sobre la eutanasia y el derecho a una muerte digna. 

Se empezaba a oír por aquel entonces, que legislativamente, un país avanzado como Holanda, con un claro reconocimiento de libertades y derechos fundamentales, podría aprobarla en breve. Cosa que ocurrió finalmente en 2002. Ese mismo fin de semana, en Informe Semanal, emitió el reportaje que como una bomba, hizo que tambaleasen los pocos criterios metafísicos que por aquel entonces pudiera tener, moldeando pensamiento y juicio sobre la moral y el existencialismo. Un clarividente señor, postrado en una cama y que escribía notas por ordenador o a bolígrafo, a través de un puntero. Más que notas, escribió incluso un libro. Y además de Galicia. Me tenía ganado desde el mismo momento en que empezaba a explicar sus razones y motivos, para dejar de sufrir. No era otro que Ramón Sampedro. 

Luego vino el famoso juicio, su desenlace vital y la aclamada película de Amenabar. Lo que heredamos ahora, es su mejor versión, su testamento vital. El reconocimiento al ser humano de ser poseedor de su propia vida y por tanto, su propia muerte. En innumerables ocasiones no deseada, pero si justificada. Con la aprobación de la ley recientemente en las Cortes Generales, se acaba con el vacío legal y la ignonimia institucional de todos estos años. Se acoge y sostiene a las familias sufrientes, que en la clandestinidad, temían ayudar a sus seres queridos. Se da cobertura jurídica a los profesionales de la medicina y a las familias, para acompañar sin dolor en ese duro trance a las personas cuya enfermedad irremediablemente no les permite vivir con dignidad. 

Invito a que las educadoras y educadores sociales de este país, incorporemos a nuestra mirada profesional, la perspectiva en derechos humanos. Incluyamos en nuestras planificaciones y proyectos educativos individualizados, conceptos y valores cercanos que reconozcan la dignidad de las personas, sus capacidades, sus particularidades y sus defectos. Que avancemos más en las capacitaciones de autonomía y desarrollos en la relación de ayuda, antes que en el control y la homogenización. 

Hoy, gracias a esta ley de la eutanasia y otras como la Ley de Infancia, los ciudadanos de este país, somos un poco mejores. 

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Asier

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